Capítulo 60
La respiración de Efraín se fue sosegando gradualmente, sus pestañas proyectando sombras delicadas sobre sus mejillas mientras buscaba recobrar el control. El vapor del agua termal ascendía en espirales tenues, envolviendo el momento en una bruma casi onírica.
Anaís permanecía inmóvil, apenas inclinando su cabeza para observar el perfil de Efraín recostado en su hombro. La proximidad le permitía apreciar cada detalle de su rostro: la curva perfecta de su mandíbula, la armonía de sus rasgos, la textura aterciopelada de su piel. Era como contemplar una obra maestra esculpida en mármol vivo, dotada de una belleza que trascendía lo mundano.
“¿Cómo puede existir alguien así?“, se preguntaba Anaís, perdida en la contemplación de aquella perfección que parecía desafiar las leyes naturales.
Momentos después, Efraín liberó su cintura con un movimiento fluido y elegante.
-Presidente Lobos -se apresuró Anaís a aclarar-, comprendo que es una reacción completamente natural. No tiene por qué preocuparse. En estas circunstancias, cualquier caballero habría respondido igual. El ambiente… bueno, se presta para ello.
Las palabras apenas abandonaron sus labios cuando la mirada de Efraín se transformó. El ambiente acogedor se disipó como la neblina ante el sol, dejando tras de sí una atmósfera densa y opresiva.
-Permítame ayudarlo a levantarse–ofreció Anaís, cambiando ágilmente de tema.
La pierna lesionada de Efraín aún requería cuidados, y aunque los baños termales eran
beneficiosos para su recuperación, la situación había sido demasiado intensa. Con
movimientos precisos y delicados, Anaís lo guio hasta el vestuario cercano, su bata empapada marcando un sendero húmedo tras ellos.
Una vez que él terminó de vestirse, ella acercó la silla de ruedas.
-Presidente Lobos, por favor, tome asiento.
-Regresa a tu habitación -ordenó él, ya instalado en la silla, observando las gotas que escurrían de la bata prestada.
Anaís sintió que un peso invisible se desvanecía de sus hombros.
-Como usted diga.
De vuelta en la privacidad de su habitación, se cambió la ropa mojada y se detuvo frente al espejo, sorprendida por el brillo peculiar en sus ojos. Los acontecimientos recientes danzaban en su memoria: la firmeza de sus músculos bajo sus dedos, el calor que emanaba de su piel, la intensidad del momento.
“Sin mis recuerdos, no puedo saber qué tan lejos llegué con Roberto. Pero por su actitud hacia mí, supongo que nunca hubo intimidad entre nosotros“, reflexionaba mientras examinaba su palma. “¿Será Efraín el primer hombre que he tocado así?” Una sonrisa tímida se dibujó en sus
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Capítulo 60
labios ante ese pensamiento.
Unos golpes urgentes en la puerta interrumpieron sus cavilaciones.
-¡Anaís! ¿Viste mi mensaje? El asunto de Las Colinas explotó. La gente está exigiendo reembolsos, pero la plataforma no puede cubrirlos. Están bajando precios y regalando cosas a lo loco. Dicen que van a tener que compensar casi diez mil pedidos, y los agricultores están furiosos buscando al responsable local.
Anaís abrió la puerta para encontrarse con el rostro radiante de Inés.
-Todo salió exactamente como dijiste -continuó Inés, sin disimular su satisfacción-. Bárbara debía regresar hoy a San Fernando del Sol, pero este problema la tiene retenida. ¿No es cierto que les ofreció un millón por sus terrenos? Dividido entre todos, a cada agricultor le tocarían unos cuantos miles, y con la multa de la plataforma, acabarían perdiendo.
Los agricultores de Las Colinas, conocidos por su carácter recio, se negaban a aceptar pérdidas. Ahora mantenían a Bárbara virtualmente cautiva, exigiéndole que cubriera la multa impuesta por la plataforma.
-Esos agricultores siempre han vivido en una burbuja -resopló Inés con desprecio-. Las autoridades los consentían en todo, y ellos nos miraban por encima del hombro a los de Río Claro. Pero ahora Bárbara se encontró con la horma de su zapato. A ver cuánto está dispuesta a desembolsar para salir de este embrollo.
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