Capítulo 61
Un destello de satisfacción iluminó el rostro de Anaís mientras sus labios se curvaban en una sonrisa apenas perceptible.
Mientras tanto, bajo el inclemente sol de mediodía, Bárbara permanecía refugiada en la seguridad de su Mercedes–Benz. A través de los cristales polarizados, observaba con desprecio cómo los fruticultores rodeaban su vehículo, sus rostros curtidos por el sol reflejando una determinación que comenzaba a inquietarla. Su expresión, habitualmente radiante para las cámaras, se ensombreció gradualmente.
“¿Por qué tengo que hacerme responsable de unas manzanas que se echaron a perder durante el transporte?“, pensaba con amargura. “Ya les di un millón de pesos a estos campesinos, ¿y todavía quieren que pague la multa de la plataforma?”
La situación se había complicado exponencialmente. Miles de comentarios negativos inundaban la plataforma de ventas, y los directivos, en un intento desesperado por aplacar la ira de los usuarios, habían impuesto una sanción extraordinaria. La alternativa era clara: o los agricultores asumían la multa, o las manzanas de Campo Alegre quedarían vetadas permanentemente del sitio.
A pesar de su considerable fortuna, Bárbara se resistía a ser manipulada. Sus transmisiones en vivo habían atraído una audiencia considerable y, en lugar de gratitud, estos campesinos tenían la osadía de mantenerla cautiva en su propio automóvil.
Permaneció inmóvil en el asiento de piel, evaluando sus opciones. Los agricultores, que inicialmente habían depositado su confianza en ella -después de todo, les había entregado una suma considerable-, ahora mostraban un lado más oscuro de la naturaleza humana. La perspectiva de pagar una multa después de un año de trabajo sin ganancias había despertado su indignación. La belleza de Bárbara, que antes les había cautivado, ahora resultaba
irrelevante ante su frustración.
-Señorita Villagra -la voz ronca de uno de los agricultores atravesó el aire-, usted ocasionó este problema. Tiene que darnos una explicación.
-Mandamos toneladas de manzanas y no vimos ni un peso -protestó otro, su voz quebrada por la impotencia-. ¿Y ahora quieren que paguemos una multa? ¿Dónde está la justicia en
eso?
-Si no nos responde, aquí se va a quedar.
Desde la seguridad del vehículo, Bárbara se reclinó hacia Roberto, sus ojos verdes brillando con lágrimas estratégicamente contenidas.
-Rober–murmuró con voz temblorosa-, me he esforzado tanto transmitiendo aquí por días, y mira cómo me tratan. Me siento tan… decepcionada.
Roberto observó sus ojos enrojecidos y la indignación se apoderó de él.
-Son solo unos millones en multas. Yo me hago cargo.
19:31
Capítulo 61
-No es el dinero lo que me preocupa. No voy a permitir que esta gente ignorante me amenace. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar.
Roberto extendió su mano y la posó sobre su hombro con delicadeza.
-Tranquila, no tiene caso ponerse al nivel de esta gente.
El tintineo del celular interrumpió el momento. Era Héctor, su padre.
-Barbi, ¿qué está sucediendo en Las Colinas? Me acaba de llamar un amigo diciendo que hay problemas. No te estoy culpando, solo quiero saber exactamente qué pasa para ver cómo podemos solucionarlo.
La mirada de Bárbara se endureció, la rabia bullendo bajo su superficie.
-Papá, los agricultores están a punto de destrozar mi auto. Están molestos por algo que hizo mi hermana y ahora se desquitan conmigo. No importa lo que haga, nada los satisface. Pero no te preocupes, volveré pronto.
“¡Anaís otra vez!“, la furia se apoderó de Héctor. Inicialmente había pensado que era un problema de inexperiencia de Bárbara, pero ahora resultaba que Anaís estaba involucrada
nuevamente.
Recordó que Anaís también había visitado Las Colinas. Seguramente, al ver el éxito de Bárbara, había sembrado la discordia, dejando a los agricultores descontentos que ahora buscaban venganza con su hija.
“Bárbara está pagando por los errores de Anaís“, concluyó con amargura.
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