Capítulo 63
La satisfacción emanaba de cada palabra de Héctor mientras finalizaba la llamada. Sus ojos brillaban con el orgullo paterno que solo los éxitos de sus hijos podían despertar.
-Raúl, deberías seguir el ejemplo de tu hermana Bárbara -declaró, reclinándose en su silla-. No lleva ni una semana en Las Colinas y ya están llamando para elogiar su trabajo.
Raúl torció los labios en un gesto que delataba su incredulidad.
-No me sorprende. Bárbara siempre consigue lo que quiere, ¿no? Tiene un don natural para
eso.
Una risa suave escapó de los labios de Héctor. La perspectiva de un retiro tranquilo se dibujaba en su mente: con Bárbara y Raúl al mando, el futuro de la empresa estaba asegurado. Sin meditar demasiado, realizó una transferencia de ocho millones de pesos a la cuenta de Bárbara, agregando una nota para que se diera algún gusto.
El tintineo de la notificación bancaria sorprendió a Bárbara, pero la sorpresa pronto dio paso a una sonrisa de satisfacción. Era evidente que Anaís había cargado nuevamente con la culpa de algo, y en su opinión, lo tenía bien merecido.
Desde la ventana de su oficina, observaba con desprecio a la multitud de fruticultores congregados en el exterior. La ironía de la situación no escapaba a su comprensión: esos campesinos, que jamás verían ocho millones de pesos en toda su existencia, osaban obstruir
su camino. Les estaba haciendo un favor con tan solo reconocer su existencia.
Con un gesto displicente, tomó su teléfono y contactó al equipo de seguridad para que procedieran con el desalojo.
Pero los habitantes de Las Colinas, conocidos por su orgullo indómito y espíritu rebelde, no estaban dispuestos a tolerar semejante agravio. El enfrentamiento con los guardias escaló rápidamente, y en medio del caos, alguien empuñó un madero y arremetió contra el automóvil, haciendo añicos los cristales.
La realidad golpeó a Bárbara con la misma violencia que las astillas de vidrio que volaban por el aire: estaba a merced de una turba iracunda que no respondía a razones.
Un grito agudo escapó de su garganta mientras buscaba refugio tras Roberto, usándolo como escudo.
Los fragmentos de cristal dibujaron líneas carmesí en el rostro de Roberto. Mientras sostenía a Bárbara, un recuerdo asaltó su mente: otra noche, otro cristal roto, pero entonces había sido Anaís quien lo protegió con su propio cuerpo.
“Anaís siempre me protegió con sinceridad“, reflexionó Roberto. “Y ahora Bárbara me usa como escudó humano“.
El contraste entre ambas mujeres provocó una inquietud que se instaló en su pecho, pero los sollozos de Bárbara lo arrastraron de vuelta al presente.
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Capítulo 63
-Rober, me lastimé -gimoteó ella, mostrando un corte en su mano.
La llegada de las autoridades puso fin al caos, facilitando su evacuación. Ya en el hospital, el encargado de Las Colinas los observaba con expresión tensa.
-Señorita Bárbara, señor Lobos -comenzó con tono diplomático-, les sugiero que regresen a San Fernando del Sol. La gente está muy alterada, y si se quedan, podrían venir hasta acá.
Los disturbios masivos sobrepasan incluso la capacidad de control de la policía.
Roberto inhaló profundamente, luchando por mantener la compostura.
-¿Me estás diciendo que después de que Barbi se ha esforzado tanto estos días, ahora que hay dudas sobre la calidad de las manzanas, ella tiene la culpa?
El encargado reprimió su propia irritación. ¿Acaso olvidaban que fue Bárbara quien, con una suma exorbitante, manipuló a los fruticultores para sacar a Anaís del proyecto?
La situación se había deteriorado: mientras los bandos se enfrentaban, Anaís había partido hacia Río Claro, donde según los rumores, había logrado vender toda la producción de manzanas. Las redes sociales bullían con elogios hacia la calidad de las manzanas de Río Claro, mientras la reputación de La Huerta de Oro se desmoronaba.
Los clientes compartían indignados las fotografías de los pedidos que habían recibido: manzanas podridas, inservibles. El método de conservación prometido por Bárbara -simples
los costos de envío sino que había resultado completamente ineficaz. El resultado: pérdidas absolutas para todos los involucrados.
bolsas térmicas con hielo- no solo había in Ción prometido
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