Capítulo 64
El responsable del proyecto dejó escapar un suspiro cargado de resignación. La tensión se reflejaba en cada línea de su rostro cansado, y su voz resonó con un timbre de autoridad apenas contenida.
-La señorita Anaís ya vendió toda la producción de Río Claro, más de cien mil manzanas -hizo una pausa significativa-. Y no solo eso, el presidente del Grupo Lobos ha puesto su atención en varios terrenos de la zona para desarrollar proyectos turísticos. Teníamos dos ubicaciones de Las Colinas en consideración, pero señorita Villagra sus ojos se clavaron en Bárbara-, sus diez millones despertaron la codicia de los agricultores. Ahora están convencidos de que el Grupo Lobos tiene recursos ilimitados y piden mil millones por esos terrenos. El Grupo, por supuesto, rechazó semejante propuesta, y ambas ubicaciones quedaron fuera del plan de desarrollo.
Bárbara percibió la acusación velada en sus palabras. Con estudiada fragilidad, apoyó su espalda contra la pared más cercana, adoptando una pose de vulnerabilidad calculada.
-Lo lamento tanto su voz destilaba una dulzura artificial-. Mi única intención era usar esos diez millones para minimizar las pérdidas de todos, jamás para que rompieran sus acuerdos con mi hermana. Nunca imaginé que esto alimentaría su ambición.
Sus palabras fluían con aparente inocencia, pero la realidad era otra. Cuando ofreció aquellos diez millones, nunca mencionó explícitamente que debían romper lazos con Anaís. Era una maestra en el arte de la manipulación sutil, siempre dejando un camino para deslindarse de las consecuencias.
El responsable se encontraba en una situación imposible. Con los problemas en La Huerta de Oro, el éxito de las manzanas de Río Claro y el interés del presidente en esa zona, no podían simplemente suplicar por un regreso a Las Colinas. Los agricultores no cederían por menos de mil millones.
-Señorita Bárbara, le sugiero que regrese a San Fernando. Su presencia está causando más inquietud entre los agricultores. Este humilde templo no es digno de una divinidad como
usted.
La rudeza de sus palabras cortó el aire comó un látigo.
El semblante de Bárbara experimentó sutiles transformaciones, pero en lugar de mostrar indignación, esbozó una sonrisa de disculpa. Roberto, conmovido por su aparente vulnerabilidad, la envolvió en un abrazo protector.
-No te preocupes, Barbi, nos vamos ahora mismo a San Fernando. ¡Que hagan lo que quieran en este pueblo olvidado!
Los pensamientos de Bárbara resonaban con la misma frecuencia. “Este fracaso será culpa de Anaís, y además conseguí ocho millones de mi familia para gastos personales. Roberto también me prometió un auto de lujo. He ganado millones en cuestión de días, ¿por qué me preocuparía por esta gente insignificante?”
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Las palabras de Roberto encendieron la furia del responsable, tiñendo su rostro de un intenso carmesí.
-Señor Lobos, sus palabras son completamente inapropiadas -su voz vibraba de indignación. ¿De verdad cree que Bárbara es una persona íntegra? Si no fuera por sus manipulaciones, por incitar a los agricultores a romper con Anaís y ocultar la verdad, Anaís no habría trabajado inútilmente día y noche, incapaz de cumplir con más de veinte mil pedidos. Ella no se habría visto forzada a retirarse. Usted sigue defendiéndola, pero se arrepentirá tanto
como yo.
“Ahora veo con claridad quién es Bárbara“, pensaba el responsable. “Una niña rica jugando a ser salvadora del pueblo desde su torre de marfil. Sus transmisiones en vivo desde cabañas lujosas, sin dignarse a pisar un solo huerto. Mientras tanto, Anaís trabajaba bajo la lluvia desde el primer día“.
El arrepentimiento lo consumía, pero ya era tarde. Había avalado las acciones de los agricultores y ahora solo podía observar el florecimiento de Río Claro desde la distancia.
Roberto, consumido por la rabia, se llevó a Bárbara de vuelta a San Fernando del Sol sin más
demora.
Al cruzar el umbral de la residencia Villagra, Bárbara se encontró con un ambiente festivo que contrastaba brutalmente con la tensión que acababan de dejar atrás.
-¿Papá, mamá, qué están celebrando? -preguntó, desconcertada.
Héctor, reclinado en el sofá, irradiaba satisfacción, mientras Victoria rebosaba de orgullo
maternal.
-¡Ay, mi niña! -exclamó Victoria-. Tu papá acaba de recibir una llamada. Los fruticultores se organizaron para entregarte una placa de reconocimiento. Seguramente pronto nos confirmarán que obtuvimos el contrato. Ven, siéntate, que estos días has perdido peso.
Bárbara no ocultó su sorpresa. Los mismos fruticultores que la habían despreciado con tanto vigor ahora querían homenajearla.
“¿Será que esos diez mil pesos compraron su lealtad tan fácilmente?“, pensó mientras un destello de desprecio brillaba en su mirada. Una placa cualquiera, que podría adquirirse por unos cuantos pesos en línea, no significaba nada para ella.
Sin embargo, ante el júbilo familiar, optó por seguir la corriente.
-La verdad es que cuando me fui todavía estaban muy molestos comentó con falsa modestia-. Pensé que estaban insatisfechos conmigo. Quizás se arrepintieron al saber de mi partida y ahora buscan reconciliarse. Papá, lo importante es que pude ayudar a la empresa. No estoy cansada en absoluto.
Victoria sonreía radiante.
-Anoche, durante una reunión con mis amigas del club, hablaron de ti, Barbi. ¿Sabes? Esta
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labor con los agricultores era más compleja de lo que parecía. Me enteré de que en Campo Alegre hay un proyecto muy importante. El desarrollo turístico es solo el comienzo. Hay varias empresas interesadas: los Lobos, los Moratalla, los Moreno… El apoyo a los agricultores está íntimamente ligado a este proyecto. Tu padre y yo apenas nos enteramos. Las señoras no podían ocultar su envidia.
Esta revelación tomó a Bárbara por sorpresa. Campo Alegre tenía conexiones más profundas de lo imaginado, lo que explicaba la presencia personal de Efraín.
“Si las felicitaciones vienen desde arriba, ¿significará que Efraín me verá con otros ojos?“, una sonrisa se dibujó en sus labios. Su confianza en poder conquistarlo crecía por momentos.
El teléfono de Héctor interrumpió sus pensamientos.
-¿Todavía no has ido a Campo Alegre, Héctor? -la voz al otro lado sonaba urgente-. Los peces gordos ya están allá. Tu hija aparece en la lista de invitados, junto con varios periodistas. Esta entrevista saldrá en el periódico local, seguro que tu empresa ganará peso político. ¿Qué haces sentado? ¡Vámonos ya!
La excitación de Héctor era palpable. Se levantó de un salto y miró a su hija.
-Vamos, regresemos a Campo Alegre para la entrevista. Barbi, todo esto es gracias a ti. Acompaña a tu padre.
Victoria abrazó a Bárbara con efusividad.
-¿Qué habré hecho en mi vida pasada para merecer una hija tan excepcional?
-Felicidades, Bárbara -añadió Raúl.
Bárbara se sentía abrumada. Apenas había regresado de Campo Alegre y ya debía volver. La impaciencia la carcomía, pero al recordar los elogios de aquellas damas de sociedad, decidió que el esfuerzo valdría la pena.
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