Capítulo 65
Un murmullo de voces se filtraba a través de las cortinas mientras Anaís emergía lentamente del sueño. Su cuerpo, debilitado por la fiebre persistente, se sentía como una hoja marchita – había perdido cinco kilos en los últimos días. La enfermedad había dejado su huella no solo en su peso, sino también en su semblante otrora radiante.
La puerta se abrió de golpe y una ráfaga de energía entró en forma de Inés, quien prácticamente voló hacia ella. Sus ojos brillaban con una emoción apenas contenida mientras tomaba la mano de Anaís entre las suyas.
-¡Ven, ven! ¡Tienes que ver esto! -exclamó Inés, prácticamente arrastrando a su amiga-. ¡Hay un montón de agricultores afuera esperándote! ¡Quieren darte un reconocimiento!
“¿Un reconocimiento? ¿Para mí?” La confusión se apoderó de Anaís mientras permitía que Inés la guiara.
Al cruzar las puertas del hotel, Anaís se encontró frente a una multitud vibrante de rostros sonrientes. Un grupo de jóvenes encabezaba la congregación, sus expresiones rebosantes de gratitud y alegría, como si estuvieran celebrando una victoria largamente esperada.
El cielo matutino se iluminó repentinamente con una cascada de luces multicolores, mientras los fuegos artificiales estallaban en el aire, pintando el firmamento con sus destellos efímeros. -Anaís, esto es un pequeño detalle de parte de todos nosotros -dijo uno de los jóvenes, extendiendo un reconocimiento hacia ella-. Tienes que aceptarlo, cada uno de nosotros ha puesto su firma.
-Nos acaban de informar que un empresario importante tiene planes para estas tierras -agregó otro agricultor, su voz vibrando de entusiasmo-. Muchas de nuestras parcelas están en su mira, ¡y cuando todo esté listo, serás nuestra invitada de honor en Campo Alegre, sin costo alguno!
-¡Así es! -intervino un tercero-. Esta mañana ya estábamos negociando precios. Los representantes del empresario dejaron muy claro que fue gracias a ti que pusieron sus ojos en Río Claro. ¡Eres nuestra salvadora!
“Todo esto… ¿por mí?” Anaís contemplaba la bandera roja entre sus manos, mientras una oleada de emociones cálidas inundaba su pecho. Los jóvenes le entregaron el reconocimiento con una solemnidad que contrastaba con la alegría general.
El rugido de un motor lujoso interrumpió el momento. Un automóvil de alta gama se detuvo tras la multitud, y de él descendió Héctor Villagra. Tras su llegada, una caravana de vehículos oficiales se sumó a la escena; todos venían en busca de Anaís y del inversionista Efraín.
Un
grupo de más de diez personas, todas en trajes impecables, se aproximó con paso decidido. Entre ellos, el funcionario que había alertado a Héctor sobre los acontecimientos en Campo Alegre se acercó con premura, su rostro iluminado por una sonrisa complaciente.
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Capítulo 65
-¡Qué velocidad, Héctor! -exclamó-. Debes estar que no cabes de orgullo por tu hija.
Héctor, igualmente elegante en su traje de diseñador, se volvió hacia Bárbara con aire satisfecho.
-Esta es mi hija -proclamó-. En realidad, solo quería que ganara un poco de experiencia. No esperaba grandes resultados, pero me ha sorprendido gratamente.
-No seas modesto -replicó el funcionario en voz baja-. Te cuento que de este rincón ha surgido algo extraordinario. Siempre quiso hacer algo por Río Claro, pero Las Colinas se interponía. La rivalidad era feroz, pero gracias a esto, Río Claro ha ganado un prestigio que ha alterado el equilibrio.
Bárbara no alcanzaba a escuchar la conversación, rodeada como estaba por funcionarios que la colmaban de halagos, alimentando su ya considerable vanidad.
-Por cierto intervino alguien-, ¿dónde está el reconocimiento?
Uno de los funcionarios divisó a Anaís sosteniendo la placa. Asumiendo que era la hija de algún agricultor designada para la entrega, aunque su porte y presencia sugerían una educación privilegiada, no dudó en tomar el reconocimiento de sus manos y entregárselo a
Bárbara.
-Aquí tiene, señorita Villagra -dijo con deferencia-. Este es el homenaje que los agricultores han preparado para usted. Solo esperemos al señor Lobos para la fotografía oficial.
Bárbara sonrió, embriagada por la admiración general, completamente ajena a la ironía de la
situación.
Héctor, rebosante de orgullo paternal, posó su mano sobre el hombro de su hija.
-Cuando volvamos a San Fernando del Sol -murmuró-, es probable que la familia Lobos quiera cancelar el compromiso entre Roberto y Anaís. Has hecho un trabajo excepcional.
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