Capítulo 66
-Gracias, papá.
El revoloteo de flashes y el murmullo de voces emocionadas llenaron el ambiente cuando los periodistas, al ver el estandarte de reconocimiento en manos de Bárbara, comenzaron su frenética captura de imágenes. Los halagos sobre su belleza se entremezclaban con el sonido de las cámaras, creando una atmósfera de adulación que parecía complacerla enormemente.
La indignación estalló como un trueno entre los agricultores. Uno de ellos, con el rostro enrojecido por la furia, arrancó el estandarte de las manos de Bárbara con un movimiento brusco y decidido.
-¿Pero quién te crees que eres? -su voz vibraba con una mezcla de indignación y desprecio-. Este reconocimiento es para Anaís, ¡solo para ella!
-¡Qué descaro el tuyo! -intervino otro agricultor, su voz temblando de rabia-. ¿Con qué derecho intentas robarte el mérito de Anaís?
La honestidad era el estandarte de la gente de Río Claro, y la aversión por quienes intentaban apropiarse de logros ajenos corría profunda en sus venas. Los funcionarios gubernamentales, elegantemente vestidos, intercambiaron miradas de desconcierto antes de volverse hacia
Bárbara.
-Disculpe, pero… ¿no es usted la señorita Anaís? -preguntó uno de ellos, con visible confusión
en su rostro.
La sonrisa de Bárbara se desvaneció como pintura bajo la lluvia. Héctor, percibiendo el desastre inminente, intentó salvaguardar la situación con premura.
-¿Anaís? ¿De qué hablan? -su voz destilaba desprecio-. Todo esto fue gracias a Bárbara. Anaís no ha hecho más que estorbar. Seguramente hubo un error al escribir el nombre.
Sus palabras fueron la chispa que encendió la pólvora. Los agricultores, como una marea embravecida, alzaron sus voces en protesta.
-¡Cierra la boca! -rugió uno de ellos-. Hemos sido testigos del esfuerzo de la señorita Anaís. ¿Error en el nombre? ¡Lo que quieren es robarle el reconocimiento!
La multitud se cerró protectoramente alrededor de Anaís, como un muro humano que la resguardaba, mientras sus miradas acusadoras se clavaban en Héctor y Bárbara.
Un funcionario se acercó discretamente a Héctor, susurrando con tono inquisitivo:
-Oye, Héctor, ¿trajiste a dos hijas para ayudar a los agricultores?
Héctor estaba confundido, aferrándose a.su convicción de que todo era un malentendido.
-Así es -respondió secamente.
-Pero nosotros invitamos a Anaís, y el reconocimiento es para ella -precisó el funcionario-. Y sobre Bárbara… nos han llegado noticias de que Las Colinas está sumido en el caos por su
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culpa.
La revelación golpeó a Héctor como una bofetada. En su afán por que Bárbara brillara, descubría que la hija que había menospreciado era quien realmente merecía los elogios. Su rostro osciló entre la palidez y el rubor mientras observaba a Anaís, rodeada por sus admiradores.
Ella, sin embargo, ni siquiera le dedicó una mirada, como si fuera un completo desconocido.
Los periodistas, al percatarse de su error, se precipitaron hacia Anaís como una bandada de aves que cambia súbitamente de dirección. Ella respondió a sus preguntas con una sonrisa serena, mientras los funcionarios gubernamentales se agrupaban a su alrededor para las fotografías.
El suave deslizar de una silla de ruedas sobre el pavimento anunció la llegada de Efraín, escoltado por su séquito. Los reporteros, conocedores del protocolo, guardaron sus cámaras
con premura.
Ambos grupos comenzaron a entrelazarse en conversaciones sobre el desarrollo de Río Claro y el proyecto gubernamental secreto, ahora bajo la tutela del Grupo Lobos.
-La señorita Anaís ha realizado una labor extraordinaria -comentó uno de los presentes con genuina admiración-. Muchos han pasado por Río Claro a lo largo de los años, pero nadie había logrado conquistar los corazones de la gente como ella. Presidente Lobos, tiene usted una empleada excepcional.
El proyecto que originalmente iba a ser distribuido entre varias empresas había sido adjudicadc en su totalidad al Grupo Lobos, gracias a la impresionante demostración de capacidad de Anaís en tan solo una semana.
La multitud celebraba alrededor de Anaís, manteniendo una respetuosa distancia de Efraín. En medio del júbilo, uno de los agricultores retrocedió inadvertidamente, pisando los zapatos de
diseñador de Bárbara.
El rostro de Bárbara se encendió de humillación e ira. Para aumentar su mortificación, los agricultores ni siquiera se molestaron en mostrar la más mínima cortesía hacia ella.
-¿Podrías hacerte a un lado? -le espetó uno de ellos con desprecio-. Estás estorbando mientras fotografiamos a Anaís.
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