Capítulo 67
La respiración agitada de Bárbara delataba la furia que bullía en su interior mientras observaba a la multitud congregada alrededor de Anaís. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos, y una amargura metálica inundaba su boca al morderse el interior de la mejilla.
A unos pasos, Efraín dominaba la escena con su presencia magnética. La gente mantenía una distancia prudente, como si un campo invisible los mantuviera alejados, dejando solo a Anaís junto a él. La imagen de ambos irradiaba una armonía natural, como si el destino mismo los hubiera colocado uno al lado del otro.
“Me juré que le arrebataría toda su felicidad“, pensó Bárbara mientras su puño se cerraba con más fuerza. “Y ahora mírenla, siendo alabada por todos, mientras yo me convierto en el
hazmerreír“.
Héctor permanecía inmóvil, con la mirada fija en Anaís, esperando un gesto, una señal, el más mínimo reconocimiento. Pero conforme los fotógrafos guardaban sus cámaras y la multitud comenzaba a dispersarse, quedó claro que su hija no tenía intención alguna de acercarse.
-Oye, Héctor -murmuró una voz a su lado-. ¿No piensas felicitar a tu hija? Mira que representar al Grupo Lobos… Si estuviera con el Grupo Villagra, esta licitación sería suya. Fuiste un necio al no valorar su talento y dejar que se fuera con la competencia.
La mandíbula de Héctor se tensó. Era inconcebible que aquella hija que había considerado incompetente se hubiera transformado de esta manera, mientras que Bárbara, en quien había depositado todas sus esperanzas, solo acumulaba fracasos.
Dio un paso al frente, calculando cómo aprovechar la situación. Los negocios y la política eran como hilos entretejidos; una conexión adecuada podría catapultar a la empresa. Aunque Campo Alegre fuera pequeño, había producido figuras influyentes que ahora ocupaban puestos cruciales.
-Papá… -la voz quebrada de Bárbara lo detuvo-. ¿Soy solo un escalón para el éxito de mi hermana?
Héctor se giró hacia ella.
-¿Por qué dices eso?
-¿No es obvio? La iniciativa de ayudar a los agricultores fue mía. Ella solo me siguió. Yo pasé noches sin dormir haciendo la transmisión en vivo, yo encontré la solución para conservar las manzanas. Y ahora… ahora todo el mérito es suyo. Pero qué más da, nunca podré competir con
ella.
Se dio la vuelta, aparentando una profunda herida emocional.
-¿Me estás diciendo que Anaís se robó tu trabajo? -Héctor la siguió, indignado.
-¿Y qué si lo hizo? -respondió Bárbara con amargura-. Mi hermana compró a estos agricultores. Le di varios millones hace poco, seguramente ya los gastó todos. Pero por favor
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Capitulo
no lo comentes, ahora que todos la admiran… si se descubre que todo fue comprado, la familia Villagra también quedará manchada.
Una oleada de indignación recorrió a Héctor. ¡Por supuesto! ¡Los agricultores la adoraban porque los había comprado! ¡Usar el dinero de los Villagra para comprar lealtades y después trabajar para el Grupo Lobos! ¡Una traición imperdonable!
-¿No vas a hablar con tu hija? -insistió el hombre que lo había interpelado antes, al verlo alejarse.
-No tengo una hija así -respondió Héctor con desprecio-. Es una vergüenza para la familia.
El interlocutor permaneció perplejo. ¿Una vergüenza? ¿Después de su impecable desempeño? Observó en silencio mientras padre e hija subían al automóvil.
Mientras tanto, Anaís permanecía imperturbable. Una vez confirmado que la licitación sería para el Grupo Lobos, se dirigió a Efraín con naturalidad..
-Presidente Lobos, felicidades.
Los ojos de Efraín se iluminaron con una sonrisa sutil, como un destello fugaz pero memorable. -Cuando regreses, te aumentaré el sueldo.