Capítulo 68
La tarde comenzaba a teñir el cielo de tonos cobrizos cuando Anaís finalmente abordó el auto
de Efraín, tras dos extenuantes horas de gestiones. El motor ronroneaba suavemente, listo para emprender el regreso a San Fernando del Sol, pero los habitantes de Río Claro permanecían inmóviles frente al vehículo, sus rostros surcados por una profunda nostalgia.
-Anaís, tienes que venir a visitarnos cuando terminemos el desarrollo -la voz de uno de los aldeanos vibraba con genuino afecto.
-Con los millones que recibimos por el reasentamiento, pienso comprar una casa en San Fernando del Sol. Te buscaré cuando esté instalada -respondió otra voz desde la multitud.
-Mi niña, ¿cómo sigue tu espalda? Perdóname por haberte golpeado con el rastrillo, me dejé llevar ese día -las palabras de arrepentimiento flotaban en el aire, colándose por la ventanilla
del auto.
Las voces de los fruticultores se entrelazaban en una sinfonía de despedida. A pesar del breve tiempo compartido, el vínculo forjado con Anaís era profundo y genuino. No era para menos: nadie antes había logrado rescatar las manzanas de Río Claro del olvido, transformando el modesto poblado en un prometedor destino turístico. Décadas de conflictos con la gente de Las Colinas quedaban atrás, sepultadas bajo la promesa de un futuro próspero dedicado al cultivo de manzanas y al turismo. El anhelo del antiguo jefe de la aldea por fin tomaba forma tangible.
A través del espejo retrovisor, Anaís contempló a la muchedumbre que se resistía a dispersarse. Una oleada de emociones la invadió al reflexionar sobre lo poco que realmente había hecho. Desde los ancianos hasta los niños de Río Claro, todos poseían una autenticidad que contrastaba con la artificial atmósfera de Las Colinas.
Tras inhalar profundamente, esbozó una sonrisa.
-Presidente Lobos, el desarrollo turístico aquí promete ser muy rentable para la empresa. Los residentes son auténticos, sabrán tratar bien a los visitantes. En cambio, me preocupa que la gente de Las Colinas pueda intentar aprovecharse de ellos.
Sin apartar la mirada de los documentos que revisaba, Efraín respondió con un discreto “ajá“.
El viaje transcurrió en silencio. Para Anaís, este representaba su primer proyecto exitoso desde su salida del hospital, y la satisfacción le pesaba en los párpados. El suave movimiento del auto la arrulló hasta quedarse dormida.
Al abrir los ojos, las luces de San Fernando del Sol brillaban a su alrededor. El vehículo se detuvo frente a su complejo residencial y ella descendió con presteza, inclinándose en señal de gratitud.
-Gracias por traerme, presidente Lobos.
Esperaba que el auto arrancara de inmediato, pero Efraín apartó la vista de sus papeles para mirarla fijamente. Cuando Anaís comenzaba a preguntarse si tendría algo en el rostro, él
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Capitulo 68
desvió la mirada y subió la ventanilla.
Mientras permanecía de pie, procesando ese momento de incomodidad, distinguió la figura de Victoria en la entrada del complejo. Su rostro denotaba contrariedad mientras se aproximaba con paso decidido.
-Anaís, ¿ahora qué hiciste? Tu papá está furioso y Barbi está insoportable. Ven conmigo y disculpate con ellos el tono de Victoria era inusualmente medido, como si esperara que esta aparente calma persuadiera a su hija.
Anaís apenas le dedicó una mirada antes de desviar la vista. Victoria, acostumbrada a que sus deseos fueran órdenes para su hija, interpretó este gesto como una invitación al diálogo. Su error fue evidente cuando la respuesta no llegó.
La rabia estalló en su interior.
-¿Por qué insistes en ser tan terca? Toda la familia está asqueada de ti, ¿y aún no recapacitas? ¿Te has puesto a pensar por qué Rober no te quiere?
-Señora Larrain, ya lo he pensado bien -respondió Anaís con voz pausada-. Es porque en casa hay una hermana que no para de coquetearle. Un hombre, ante alguien que se le ofrece así, difícilmente se resiste. Por eso ya no me interesa. Pero qué curioso, cuando lo quería les molestaba, y ahora que ya no lo quiero, tampoco les parece.
Victoria temblaba visiblemente.
-¿Te volviste loca? ¿Cómo te atreves a hablar así de Barbi?
Anaís, que ya había cruzado el umbral del complejo, respondió sin volverse.
-No me busquen más. Ya les dije que corté toda relación con ustedes. Y sobre el compromiso con Roberto, yo misma iré a la familia Lobos a cancelarlo cuando tenga tiempo.
Victoria, desacostumbrada a este nuevo comportamiento de su hija, intentó un último recurso.
-No vayas a arrepentirte después. Siempre haces lo mismo, solo para llamar nuestra atención.