Capítulo 71
El dolor pulsaba en las sienes de Anaís mientras la sangre manaba de su frente, formando un delgado hilo carmesí que se deslizaba por su rostro. Sus fuerzas la abandonaban como agua entre los dedos, dejándola vulnerable ante su agresor.
Los jirones de su blusa blanca pendían lastimosamente mientras las manos del hombre se acercaban con intenciones depravadas. De pronto, una sombra cruzó el espacio como un relámpago y el atacante salió despedido por los aires. Su cuerpo se estrelló contra una esquina, provocando un sonido seco que precedió al esputo de sangre que manchó el suelo.
La pesada puerta del baño de caballeros se cerró con un golpe contundente. Fausto, imponente en su traje negro, montó guardia afuera. El humo de su cigarro se elevaba en espirales mientras su voz, cargada de autoridad natural, resonaba en el pasillo.
-Mejor busquen otro baño. Hay asuntos pendientes aquí.
Su presencia era magnética e intimidante, con esos ojos rasgados que parecían atravesar el alma de quien osara sostenerle la mirada. Un empleado lo reconoció al instante y, con un gesto de pánico mal disimulado, se apresuró a alejar a su grupo del lugar.
Fausto exhaló otra bocanada de humo, recargándose contra la pared con aire despreocupado. Sin embargo, su voz mantenía un tono de advertencia cuando habló hacia el interior.
-Cuidado con esa pierna que todavía está en rehabilitación.
Dentro, Efraín se había arrodillado junto a Anaís, examinando con delicadeza la herida en su frente. El agresor yacía inmóvil en el suelo, con los ojos vueltos hacia arriba en su inconsciencia.
Un dolor agudo atravesaba la cabeza de Anaís, quien instintivamente buscó refugio en aquella mano que la tocaba con tanta gentileza.
-¿Puedes ponerte de pie? -preguntó Efraín con suavidad.
Ella flotaba en una niebla de seminconsciencia, incapaz de reconocer a su salvador. Solo percibía una fragancia reconfortante que le recordaba a las alturas nevadas.
Cuando unos brazos fuertes la elevaron, otra voz masculina resonó en el espacio.
-Si descubren que tu pierna puede recuperarse, ¿te imaginas cuántos intentarán acabar contigo?
Su cabeza encontró apoyo contra un pecho cálido. En un último destello de lucidez, Anaís notó que seguía sangrando e intentó apartarse para no manchar la ropa de quien la sostenía.
Una mano firme pero delicada la detuvo, mientras una voz, serena como un lago en calma, susurró:
-Tranquila, descansa.
La oscuridad finalmente la envolvió, arrastrándola a un vacío donde ya no existía el dolor ni la
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Capítulo 71
consciencia de lo que sucedía a su alrededor.
Roberto y su séquito emergieron para encontrar el hotel en plena evacuación. Los pasillos estaban acordonados bajo el pretexto de la llegada de un huésped distinguido.
Una mueca de disgusto cruzó el rostro de Roberto. En un establecimiento de tal categoría, ¿quién no era considerado distinguido?
Fátima, siempre atenta a cualquier oportunidad para congraciarse, se apresuró a comentar:
-¿Será alguien de la familia Lobos, presidente?
Roberto consideró la posibilidad de que fuera su primo, pero descartó la idea casi de inmediato. Efraín era conocido por su naturaleza reservada y sus escasas apariciones
públicas.
Con una risa que destilaba desprecio, recorrió el lugar con la mirada.
-¿Y Anaís? -preguntó, intentando sonar casual.
Los ojos de Fátima brillaron con malicia contenida. La ausencia prolongada de Anaís alimentaba sus esperanzas de que el encuentro con aquel hombre hubiera tenido
consecuencias devastadoras. Si sus sospechas eran ciertas, la reputación de Anaís quedaría por los suelos.
-Ha de estar celebrando con los directivos -respondió con una sonrisa torcida-. Al fin y al cabo, consiguió un proyecto importante.
Las risas de los demás no se hicieron esperar.
Roberto guardó silencio. Se disponía a buscarla cuando Fátima lo interceptó.
-¿Te preocupa Anaís, presidente Lobos?
La pregunta lo paralizó. Estaba acostumbrado a ser el objeto de la atención de Anaís, y ahora que ella parecía ignorarlo, su orgullo le impedía mostrar el más mínimo interés. Después de todo, siempre había proclamado su indiferencia hacia ella.
Admitir lo contrario sería un golpe directo a su ego.
-Para nada -respondió con fingida indiferencia-. Ya me voy. Como esta zona está cerrada, tomaré el pasillo del fondo. Deberían hacer lo mismo.
Fátima respiró aliviada, regodeándose en sus pensamientos. “Esto es lo que se merece“, pensó. “Ni su prometido de toda la vida se preocupa por ella. ¡Qué patética!”
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