Capítulo 72
El resplandor matutino se derramaba por el cuarto cuando Anaís abrió los ojos, parpadeando ante la intensidad de la luz. Sus sentidos, aún adormecidos, fueron despertando gradualmente mientras su mirada recorría la habitación desconocida. La estancia desplegaba una elegancia sobria, con muebles de líneas depuradas y tonos neutros que susurraban opulencia sin necesidad de ostentación.
Al incorporarse sobre las sábanas de algodón egipcio, un dolor punzante la hizo llevar la mano a su frente, donde sus dedos encontraron el roce áspero de una venda. Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a tomar forma en su mente como piezas de un rompecabezas, hasta que una imagen se cristalizó con nitidez: Efraín.
Como si lo hubiera convocado con el pensamiento, su figura apareció en el umbral de la puerta. Sentado en su silla de ruedas, sostenía un tazón humeante de avena que depositó con
delicadeza en la mesa de noche.
-¿Te sientes mejor? -preguntó con voz grave.
“¿Cómo podría no conmoverme?“, pensó Anaís. “Anoche verdaderamente creí que todo había terminado para mí…”
-Sí, me siento mejor, presidente Lobos -respondió en voz alta. ¿Y su pierna? ¿No se lastimó? A pesar de su mente nebulosa, recordaba vívidamente cómo había derribado a su atacante. Si su pierna en rehabilitación hubiera sufrido daño por defenderla, el peso de la culpa la perseguiría eternamente.
-Está bien respondió simplemente, acercándole el tazón.
Anaís lo tomó entre sus manos, agradeciendo el calor que emanaba de la porcelana.
-Descansa bien añadió él con serenidad-. Hoy no necesitas presentarte en la oficina.
La luz del sol revelaba que ya era el día siguiente. Los eventos de la noche anterior, orquestados por Fátima, hicieron que su mandíbula se tensara imperceptiblemente. No era alguien que permitiera que la pisotearan sin consecuencias.
-Gracias, presidente Lobos.
Mientras tomaba pequeños sorbos de avena, observó de reojo cómo se dirigía hacia el sofá. En lugar de su habitual traje ejecutivo, vestía ropa casual en tonos claros que suavizaban su presencia imponente, revelando una faceta inesperadamente accesible.
Tras terminar su desayuno, Anaís se levantó con determinación.
-Presidente Lobos, recuerdo haber aprendido técnicas de masaje. ¿Me permitiría ayudarlo con
su pierna?
La noche anterior él había arriesgado su propia recuperación para protegerla. Aunque su
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presencia aún la intimidaba, la gratitud superaba cualquier temor.
Efraín, que sostenía un libro entre sus manos, alzó la mirada para observarla. Era fascinante cómo su personalidad parecía transformarse según su vestimenta: impenetrable en traje de ejecutivo, cautivadoramente accesible en ropa casual. No era sorprendente que las damas de la alta sociedad de San Fernando del Sol suspiraran por él en secreto.
-Está bien concedió.
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Con su autorización, Anaís acercó un pequeño taburete y se sentó junto a él, comenzando el masaje terapéutico. No mentía sobre sus conocimientos; aunque los detalles se perdían en la bruma de su memoria, sabía que había estudiado la técnica con dedicación. El destinatario de ese aprendizaje permanecía en las sombras de su pasado.
El masaje, aunque profesional, podía interpretarse de manera ambigua cuando sus dedos se deslizaban hacia la parte superior del músculo. Tras varios movimientos, Efraín apartó su
libro.
Anaís sintió el suave pero firme agarre en su muñeca y alzó la mirada, desconcertada. Los ojos de él la estudiaban con calma mientras sus dedos acariciaban sutilmente su pulso.
Un rubor intenso se apoderó de sus mejillas mientras intentaba liberar su mano.
-¿Es necesario que el masaje sea tan profundo? -preguntó él con un matiz de diversión en su
VOZ.
-El problema está en toda el área -se apresuró a explicar, consciente de cómo podría malinterpretarse su técnica-. Un masaje completo tendrá mejores resultados.
Él liberó su muñeca y se reclinó con elegancia natural, apoyando su rostro sobre una mano mientras la observaba con atención sostenida. Anaís nunca lo había visto así: era la antítesis del ejecutivo severo que conocía. En esta pose relajada, cada línea de su cuerpo emanaba un magnetismo sutil pero innegable.
El calor en sus mejillas se intensificó. Con la mirada fija en su trabajo, continuó el masaje, ahora manteniéndose prudentemente en las zonas más neutrales.
Una risa suave escapó de los labios de él.
“Debo verme ridícula“, pensó Anaís, deseando poder fundirse con el suelo, consciente del color escarlata que teñía su rostro.
-No te masajearé más -declaró con un leve tono de indignación, retirando sus manos.
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