Capítulo 74
Todos esperaban que Roberto rompiera de inmediato su compromiso con Anaís, pues esa habría sido la reacción natural dado su carácter. Sin embargo, su primera acción fue intentar contactar a Felipe, y ante la falta de respuesta, decidió investigar personalmente su paradero.
Felipe había despertado en una habitación de hospital, su mente nublada por la rabia y la humillación. Recordaba vagamente el ataque de la noche anterior – tan veloz y preciso que ni siquiera alcanzó a ver el rostro de su atacante. En su delirio, atribuyó la agresión a algún justiciero anónimo.
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Entre las sábanas blancas del hospital, manipulaba con dedos temblorosos algunas fotografías comprometedoras de Anaís en su celular. Su respiración se volvía más pesada con cada imagen que alteraba.
“Esta mojigata se las da de santa conmigo“, masculló entre dientes. “Ya veremos qué dice la gente cuando vean lo que hice con ella.”
El sonido de la puerta al abrirse interrumpió sus maquinaciones. Roberto entró con paso firme, su figura proyectando una sombra amenazante sobre la cama.
-Sé que estuviste con Anaís anoche y le tomaste fotos–la voz de Roberto cortó el aire como un látigo.
Felipe parpadeó, confundido. Aunque el nombre de Anaís resonaba en los círculos sociales más exclusivos por su relación con Roberto, él jamás había coincidido con ella en persona. Sus mundos eran demasiado diferentes.
-¿Y qué con eso? -respondió con desprecio-. Esa mujer tiene su precio, ¿no? Las fotos son de anoche. Si le interesa, señor Lobos, puedo arreglar que lo acompañe esta noche.
Roberto sintió que la bilis le subía por la garganta. En cinco años de relación con Anaís, apenas se habían abrazado un par de veces. Desde que Bárbara apareció en su vida media década atrás, su corazón ya tenía dueña. Pero ver esas imágenes de Anaís, vulnerable y expuesta ante otro hombre, despertó en él una furia visceral que lo sorprendió.
La indignación le quemaba las entrañas. Con un movimiento brusco, arrancó el celular de las manos de Felipe.
-¿Cuánto quieres por borrar estas fotos? -su voz temblaba de rabia contenida-. Y no digas que no te lo advertí: Anaís es mi prometida.
Felipe se quedó paralizado. Esta información era nueva para él. No esperaba que Roberto viniera personalmente a confrontarlo. Había trabajado una vez con el Grupo Lobos, pero sus intentos posteriores de colaboración fueron rechazados. Esta podría ser su oportunidad dorada.
-Señor Lobos, quiero volver a trabajar con ustedes -se apresuró a decir-. Espero que esta vez el Grupo Lobos reconsidere mi propuesta. Si acepta, borraré las fotos de inmediato. Usted sabe que si estas imágenes se filtran, el escándalo de Anaís será imposible de contener.
19:33
Roberto apretó los puños, dividido entre la repugnancia por las acciones de Anaís y la osadía de Felipe. Ya habían cerrado los detalles del proyecto con otra empresa, y un cambio de socio generaría complicaciones, especialmente porque su primo lo notaría de inmediato.
“Anaís no vale tanto como para provocar un enfrentamiento con Efraín.”
A pesar de sus pensamientos, sus ojos seguían clavados en las fotografías mientras la rabia burbujeaba en su interior. La reciente distancia de Anaís había despertado en él un deseo inesperado de posesión.
“Si ella puede entregarse así a otros, ¿por qué no a mí?”
Dejó escapar una risa amarga y colocó el celular sobre la mesa con un golpe seco.
-Este proyecto no depende solo de mí -dijo con voz ronca-. Cambiar de socio requeriría la aprobación de mi primo. Efraín tiene cierta… simpatía por Anaís. Tal vez amenazarlo con estas fotos funcione -sus labios se curvaron en una mueca despectiva. Anaís, para mí, ya está fuera antes de haber entrado.
-¿Quiere que me enfrente a Efraín? -la voz de Felipe se quebró-. ¿Acaso busca mi muerte?
La reputación de Efraín era legendaria en San Fernando del Sol. Provocar su ira significaba no solo el exilio de la ciudad, sino la posibilidad de no ver el siguiente amanecer. Hasta el más necio sabía a quién no debía ofender.
-La fortuna favorece a los audaces -respondió Roberto-. Este proyecto vale treinta mil millones. Si te lo quedas, tu posición podría subir dos niveles. La decisión es tuya.
La codicia es una semilla que germina rápido en tierra fértil.
Antes de marcharse, Roberto añadió una última pieza de información, como quien deja caer una gota de veneno:
-Mi primo accedió a encargarse de esto por mí, así que no temas que las fotos de Anaís lo enfurezcan. Él nunca pierde la compostura por nimiedades.
Estas palabras tranquilizaron a Felipe. Por supuesto, pensó, una mujer no sería motivo suficiente para que alguien como Efraín perdiera el control.
Al enterarse de que Efraín estaría esa noche en La Luna, Felipe ignoró el dolor de sus heridas y se apresuró a ir. Durante el trayecto, su mente se llenó de visiones grandiosas: toda una vida de esfuerzo culminando en ese momento crucial. El éxito parecía tan cercano que casi podía
saborearlo.
Con una mezcla de audacia y nerviosismo, bloqueó el paso del auto de Efraín en la entrada. Al mostrarle las fotos en su celular, el rostro de Efraín permaneció impasible. Felipe apenas comenzaba a felicitarse por su jugada maestra cuando dos figuras emergieron de las sombras y lo arrastraron hacia un automóvil negro estacionado cerca.
La siguiente vez que abrió los ojos, el aroma metálico de la sangre saturaba el aire. Una venda negra le cubría la vista, y sus extremidades flotaban en el vacío, suspendidas. Un terror primitivo, como un veneno helado, se extendía por sus venas.
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Capítulo 74
“¿Quién…?” Su mente giraba en espirales de pánico. “¿Efraín? No, imposible… él vio las fotos y ni siquiera parpadeó…”
-¿Quiénes son ustedes? -su voz era apenas un susurro tembloroso en la oscuridad.
La respuesta llegó con la voz de Efraín, quien permanecía sentado cerca, sosteniendo una copa. Su tono era sorprendentemente amable, casi cordial:
-¿Tan pronto me olvidaste, López?
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