Capítulo 78
El ocaso teñía el cielo de tonos cobrizos cuando Anaís salió media hora antes de su horario habitual. Sus tacones resonaban contra el pavimento mientras recorría los pasillos del supermercado, seleccionando cuidadosamente cada ingrediente que necesitaría. El aire fresco de la tarde acariciaba su rostro mientras regresaba a casa, sus brazos cargados con bolsas repletas de promesas culinarias.
Las dos horas que faltaban para la llegada de Efraín eran suficientes para preparar los seis platillos planeados. La cocina pronto se llenó de aromas tentadores mientras Anaís se movía con destreza entre ollas y sartenes, sus manos danzando al compás de una melodía silenciosa
de sabores y texturas.
Cuando apenas faltaban veinte minutos para la hora acordada, el timbre interrumpió su concentración. Sus labios se curvaron en una sonrisa anticipada mientras se dirigía a la puerta, imaginando que sería Efraín, pero esta se congeló al encontrarse con Victoria en el
umbral.
-Efr…
La expresión de Anaís se endureció al instante. Victoria, aprovechando su vacilación, empujó la puerta con brusquedad. El aroma de los platillos recién preparados inundaba cada rincón del apartamento.
-Anaís, ¿qué haces aquí cocinando tan tranquila? ¿Ya sabes que Barbi y Raúl están esperando probar tus platillos? Barbi está enferma y no deja de pedir tu comida. Ya regresa con la familia Villagra de una vez.
Anaís levantó la mano para cerrar la puerta sin dignarse a responder, pero Victoria, presa de la frustración, la empujó con más fuerza.
-¿Esta casa no la compraste con el dinero que te dio Barbi? ¿Y ahora que está enferma y quiere tu comida te haces la desentendida? ¡No tienes corazón!
Victoria irrumpió en el comedor, donde seis platillos aguardaban dispuestos sobre la mesa. En un arrebato de ira, tiró del mantel con violencia. La vajilla se estrelló contra el suelo en una cacofonía de porcelana rota, mientras salsas y guisos se derramaban formando un mosaico grotesco sobre el piso inmaculado.
-Lo que Barbi y Raúl no pueden probar, te lo comes tú sola aquí.
Anaís permaneció inmóvil por un momento antes de tomar el teléfono y contactar al servicio de seguridad del edificio.
El encargado se mostró visiblemente apenado:
-Señorita Villagra, disculpe el inconveniente. La dejamos pasar porque aseguró ser su madre y mencionó que recientemente había comprado una casa para otra de sus hijas. Uno de los guardias la reconoció y por eso le permitimos el acceso.
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-No tengo ninguna relación con ella -interrumpió Anaís con voz firme-. Está perturbando la tranquilidad de mi hogar. Por favor, escóltenla fuera.
Victoria jamás imaginó que un día sería expulsada por guardias de seguridad. Se quedó en la acera, temblando de rabia mientras pateaba el suelo con frustración. Era la segunda vez en poco tiempo que buscaba a Anaís, y su paciencia se había agotado. Si no fuera porque a Barbi le encantaba la comida de Anaís, ni siquiera se hubiera molestado en venir.
“Perfecto, de ahora en adelante será como si no tuviera hija“, pensó mientras se alejaba.
Anaís se encontraba recogiendo los fragmentos de porcelana cuando el suave deslizar de una silla de ruedas llamó su atención. Efraín apareció en el umbral, impecable en su traje nuevo.
“¿Por qué siempre tiene que encontrarme en situaciones tan lamentables?“, se preguntó mientras apretaba un trozo de cerámica entre sus dedos.
-Lo siento, presidente Lobos -su voz sonaba quebradiza-. Será mejor que salgamos a cenar.
A pesar de haber perdido la memoria sobre la familia Villagra, una punzada de dolor atravesó su pecho, como si cada fragmento roto en el suelo fuera un eco de su pasado. Bajó la mirada para continuar recogiendo los trozos, pero un corte repentino la hizo respingar.
El sonido de la silla acercándose precedió al suave roce de su mano tomando la suya.
-No te muevas. Lucas se encargará de limpiar.
Lucas, quien permanecía discretamente en la entrada, asintió ante la orden implícita. Anaís no pudo evitar sonreír ante su expresión sorprendida.
-No es necesario, puedo hacerlo yo.
Intentó agacharse nuevamente, pero la presión en su muñeca aumentó.
-Lucas la voz de Efraín no admitía réplica.
-Por favor, señorita Villagra, permítame ocuparme de esto -respondió Lucas, quien ya estaba acostumbrado a buscar el trapeador en situaciones imprevistas.
Efraín guio a Anaís hasta el sofá y le tendió un pañuelo para que limpiara el aceite de sus dedos. Una sensación peculiar la invadió mientras encogía los dedos, como si el contacto con su piel hubiera dejado una marca invisible.
El ambiente se volvió denso, cargado de un silencio expectante. Sus dedos ya estaban limpios, pero la pequeña herida en su palma apenas sangraba. Al observar el sofá, notó manchas que no correspondían con el corte.
Su rostro se encendió al comprender la situación. Su periodo había llegado sin aviso, y las manchas en el sofá eran evidencia irrefutable. A juzgar por la cantidad, sus pantalones debían estar manchados. ¿Lo habría notado él cuando se levantó?
Ahora entendía por qué se había sentido tan incómoda mientras cocinaba. La vergüenza la consumía, deseando que la tierra la tragara. ¿Por qué siempre le sucedían cosas tan
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embarazosas?
Sus mejillas ardían y su cuerpo se mantenía rígido como una estatua cuando escuchó su
pregunta:
-¿Te duele el vientre?
La vergüenza le impedía articular palabra hasta que sintió una sensación refrescante en su
frente: era su mano.
-¿Los cólicos son muy fuertes? -insistió con voz suave.
Sus labios temblaron antes de poder responder:
-Un poco.
El aroma de la comida se había disipado. Lucas, después de abrir una ventana discretamente, se retiró en silencio, dejándolos solos.
Efraín se dirigió a la cocina y puso agua a calentar. Sacó una bolsa de agua caliente de algún lugar, la llenó y, después de comprobar la temperatura, se la entregó.
-Colócala sobre el vientre -sugirió con tono profesional.
Antes de que pudiera agradecerle, una oleada de dolor la hizo palidecer. Sus dedos comenzaron
a temblar incontrolablemente.
Efraín extrajo un ibuprofeno del botiquín, pero Anaís, doblegada por el dolor, apenas registraba lo que sucedía a su alrededor. Él le acercó un vaso con agua tibia y, con delicadeza, sostuvo su barbilla mientras colocaba la pastilla en sus labios.
Por instinto, ella intentó rechazarla, pero él mantuvo firme su barbilla y la ayudó a beber el
agua.
-Pásatela -ordenó con suavidad.
Quizás fue su tono autoritario, o tal vez la firmeza de su tacto, pero Anaís obedeció sin pensar.
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