Despertar del Olvido 8

Despertar del Olvido 8

Capítulo

El pecho de Anaís ardía mientras sus manos temblorosas recogían documentos a toda prisa. La rabia y la decepción se entremezclaban en su interior como un torbellino embravecido. Al abrir el último cajón, sus dedos se detuvieron en seco

Ante sus ojos se desplegaba una colección de certificados profesionales: el codiciado CPA, el prestigioso CFA credenciales que abrían las puertas de Wall Street y representaban años de estudio y dedicación. Ahí yacían, olvidados en un rincón discreto como tesoros enterrados

La ironía de la situación le provocó una sonrisa amarga. ¿No era ella supuestamente una inútil cuyo único talento era perseguir hombres? Sus ojos recorrieron los documentos una última vez antes de apartar la mirada. No necesitaba quedarse ni un minuto más

Mientras metía algunas prendas en una mochila, Raúl irrumpió en la habitación con paso 

arrogante

-¿Otra vez con el teatro de irte de la casa? Ya párale, ¿no? Me estoy muriendo de hambre -le espetó, arrebatándole la mochila de las manos

-Si no te disculpas con papá, mamá y Bárbara, nadie te va a dirigir la palabra. ¿Cuánto tiempo piensas estar fuera esta vez? Ayer también amenazaste con irte y en la mañana ya estabas de regreso. De verdad que das pena. Por tu culpa esta casa siempre está patas arriba

Con un movimiento brusco, arrojó la mochila a un lado. La ropa que Anaís había doblado cuidadosamente se desparramó por el suelo como hojas marchitas

-¿Sabes por qué todos prefieren a Bárbara? Es dulce, educada y brillante en su trabajo. Te supera por mucho. Ni siquiera tienes acciones de la empresa familiar. ¿No crees que ya es hora de que recapacites

Anaís contempló sus pertenencias esparcidas por el suelo. Algo se quebró dentro de ella. Sin pensarlo, su mano cortó el aire y aterrizó con fuerza en la mejilla de Raúl

-¡Paf

La sorpresa se dibujó en el rostro de Raúl mientras se llevaba una mano al área enrojecida, que comenzaba a hincharse

-¿Meme pegaste

El asombro en su voz revelaba lo impensable de la situación: Anaís, la sumisa, la que siempre cedía ante él, lo había abofeteado. Por un instante, una punzada de dolor atravesó su pecho

-¿Tú, Anaís, me pegaste? Esta vez se acabó. No pienso volver a dirigirte la palabra a menos que cocines para mí durante un año entero. Tienes dos opciones: o lo arreglas, o te largas de una vez. Igual en unos días vas a regresar arrastrándote

Furioso, dio media vuelta y salió de la habitación

Cuando Anaís bajaba las escaleras con su mochila, la voz estridente de Lourdes Bazán resonó 

18:36 

Capítulo

por toda la casa

-¡Por Dios santo, Anaís! ¡Le pegaste a tu hermano! ¡Ereseres imposible! ¡O te arrodillas ahí afuera hasta que nos la gana, o en esta casa no hay lugar para ti

Desde el sofá, Bárbara atendía la mejilla de Raúl con un huevo, su rostro contraído en una mueca de preocupación. Raúl, conmovido por la atención, lanzó una mirada despectiva hacia Anaís, acompañada de un resoplido teatral

El dolor persistía en el pecho de Anaís, pero algo fundamental había cambiado en ella. Ya no mendigaría el amor de esa familia. Con la mochila al hombro, se dirigió a la puerta, su voz teñida de una serenidad que sorprendió a todos

-Perfecto, porque no quiero seguir aquí. Si esta casa no puede acogerme, que así sea. Sigan disfrutando de su felicidad de cuatro. Hasta nunca

Lourdes parecía al borde de un desmayo, su pecho agitándose con furia incontrolable

-¡Tú! ¿Cómo pude dar a luz a semejante calamidad? No has trabajado desde que te graduaste. Veamos cuánto aguantas allá afuera antes de venir llorando por ayuda

La única respuesta fue el sonido contundente de la puerta al cerrarse

Lourdes se desplomó en el sofá, sus manos temblando al sostener un vaso de agua

-¡Si hubiera sabido, jamás la habría tenido

Bárbara ocultó una sonrisa mientras su voz destilaba falsa preocupación

-Mamá, no te mortifiques. Ya conoces a Anaís: entre más duro habla, más pronto regresa

Raúl asintió, todavía acariciando su mejilla

-Sí, pero esta vez me pegó. Jamás se lo voy a perdonar

… 

Con la mochila al hombro, Anaís atravesó el portal principal. Su situación era precaria: solo contaba con los diez mil pesos que Fabiana le había transferido, y necesitaba resolver urgentemente el tema del alojamiento

A pesar del ofrecimiento de Fabiana para hospedarla, su orgullo le impedía aceptar. Buscó en internet opciones de renta cerca del Grupo Lobos, pero la ubicación céntrica de la oficina disparaba los precios. El alquiler más modesto rondaba los veinte mil mensuales, duplicando 

sus escasos recursos

La alternativa de mudarse a zonas más alejadas presentaba otro dilema: el costo diario en transporte consumiría sus ahorros rápidamente

Mientras consideraba sus opciones, su mirada se detuvo en una bicicleta arrumbada cerca del garaje. La bicicleta, aunque vieja y con signos de poco uso, parecía funcional. Una idea comenzó a tomar forma: podría buscar un departamento en un barrio residencial más antiguo, desde donde el trayecto al Grupo Lobos tomaría solo veinte minutos en bicicleta

18:36 

Capitulo

Tomó la vieja bicicleta decidida a probarla en la avenida principal. La ausencia de recuerdos sobre haber montado una antes la inquietaba, aunque el mecanismo parecía sencillo

La bicicleta avanzaba con timidez por el asfalto, su lento progreso provocando una sinfonía de cláxones impacientes. Gotas de sudor perlaban la frente de Anaís mientras se mantenía pegada al borde de la calle, su corazón latiendo al ritmo de cada sobresalto

En una camioneta de lujo que circulaba cerca, Efraín revisaba documentos sobre sus rodillas. El vehículo se detuvo ante un semáforo, y al alzar la vista, sus ojos se encontraron con la figura de Anaís

Llevaba el cabello recogido en una coleta, y su piel resplandecía bajo el sol con una luminosidad casi etérea, realzando sus rasgos juveniles. Se balanceaba precariamente sobre la bicicleta, esquivando por poco a un auto que giraba en la esquina

La mirada de Efraín se detuvo en ella, y sus dedos se tensaron imperceptiblemente al escuchar la voz de Lucas Martínez, quien conducía

-¿Esa no es la señorita Villagra? ¿Y ahora qué estará tramando? Si antes ni se subía a coches que costaran menos de tres millones

Lucas, el asistente de Efraín, recién regresado al país, encontró la mirada de su jefe en el espejo 

retrovisor

-Jefe, mejor mantengamos distancia con esa mala suerte, no vaya a ser que nos arrastre de 

nuevo

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