Capítulo 81
El ambiente en el piso superior de la empresa respiraba eficiencia. Durante la última semana, Anaís había encontrado cierto consuelo en la atmósfera profesional que la rodeaba. Sus nuevos compañeros, absortos en sus responsabilidades, mantenían una actitud discreta y profesional, sin mostrar el menor interés por los rumores que la perseguían.
La rutina establecida le había devuelto cierta estabilidad a su vida. Mientras organizaba unos documentos, tomó una decisión: era momento de completar su independencia. Ya había dado el primer paso al comprar una casa; ahora necesitaba un medio de transporte propio.
Al atardecer, sus pasos la llevaron hasta una prestigiosa agencia automotriz. Un joven vendedor, apenas rozando los veinte años, la recibió con una mezcla de timidez y profesionalismo. Sus explicaciones sobre los diferentes modelos eran meticulosas y apasionadas, aunque su voz delataba cierta inseguridad. A su alrededor, otros vendedores de mayor edad lo observaban con desprecio, sus miradas cargadas de prejuicios.
Anaís percibía la hostilidad en el ambiente. Estaba a punto de solicitar una prueba de manejo cuando un grupo de jóvenes irrumpió en el establecimiento. Su corazón dio un vuelco al reconocer la figura que encabezaba el grupo: su hermano menor, Raúl.
Como siempre, Raúl exhibía ese aire de superioridad que había cultivado desde la infancia. Su vestimenta de diseñador y los audífonos de última generación que colgaban de su cuello eran un testimonio más de su vida privilegiada.
Los acompañantes de Raúl, al ver al joven vendedor, mostraron sus verdaderos colores.
-Pero miren quién está aquí, el becado favorito -se mofó uno de ellos, empujando al vendedor-. ¿Sigues trabajando como plebeyo?
-¿Te sientes muy especial porque le agradas a la chica que le gusta a Raúl? -añadió otro con malicia.
-La última vez te burlaste porque reprobamos. ¿El becadito se cree superior?
Raúl, con su característico aire de indiferencia estudiada y sus largas pestañas, sacaba su consola portátil cuando su mirada se cruzó con la de Anaís. Sus ojos se iluminaron con un brillo peculiar.
-¿Anaís? ¿Viniste a buscarme?
La escena se desarrollaba como una obra grotesca. El joven vendedor soportaba los empujones con una resignación que hablaba de una rutina dolorosa. Los otros empleados observaban con una indiferencia que sugería complicidad: probablemente la agencia
pertenecía a las familias de aquellos muchachos privilegiados.
-¿Vienes a disculparte, Anaís? Sabía que no aguantarías mucho tiempo sola.
Raúl guardó su consola y se acomodó el cabello con un gesto estudiado.
-Esta vez no será tan fácil. La única forma es que me cocines durante dos años y me lleves el
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Capitulo 81
almuerzo a la universidad todos los días.
Anaís lo observó con una mirada penetrante mientras él se pavoneaba, visiblemente complacido con su propia arrogancia.
El joven vendedor permanecía en silencio, su rostro una máscara de resignación ante el maltrato.
-¿Así que ahora te dedicas a acosar a tus compañeros? -la voz de Anaís cortó el aire.
El rostro de Raúl se transformó instantáneamente.
-¿Acoso? Él se lo buscó–espetó con amargura-. Sabía perfectamente que me gustaba esa
chica y aun así…
El sonido seco de una bofetada interrumpió sus palabras. La cabeza de Raúl se sacudió hacia un lado, sus ojos dilatados por la sorpresa.
No era la primera vez que Anaís lo corregía de esta manera.
“¿Me… me pegaste otra vez?” -balbuceó, llevándose la mano a la mejilla enrojecida.
-Raúl, tienes diecinueve años, estás en la universidad. ¿No te da vergüenza usar tu posición para intimidar a otros?
Los agresores del vendedor se detuvieron en seco, mirando la escena con asombro.
-¿Estás bien, Raúl?
-¿Quién se cree que es? ¡Vamos por ella!