Capítulo 82
La indignación transformó el rostro de Raúl en una máscara de furia desatada.
-¡Sí, lo estoy acosando! ¿Y qué? ¿A ti qué más te da? Te pedí que me cocinaras y ni eso pudiste hacer. Desapareciste como si nada, ni siquiera contestas mis llamadas. ¿De verdad quieres romper con la familia? Si ya no me consideras tu hermano, ¿con qué derecho vienes a darme sermones?
Su voz destilaba un rencor que iba más allá del simple enojo, mientras se colocaba los audífonos con un gesto brusco. Con un movimiento imperioso de la mano, señaló a su
séquito.
-¿Por qué se detuvieron? Síganle dando hasta que aprenda su lugar.
Anaís observó al muchacho maltratado. Su rostro, ya marcado por los golpes, permanecía impasible. Ni siquiera la miraba directamente, como si hubiera aprendido que pedir ayuda solo empeoraba las cosas. El silencio estoico con que soportaba la agresión resonaba más fuerte que cualquier súplica.
Sin dudarlo, Anaís se abrió paso entre los agresores, su determinación brillando en cada movimiento.
-¡Ya basta!
Los presentes, conscientes de la peculiar dinámica entre los hermanos, dirigieron miradas interrogantes hacia Raúl. A pesar de su juventud, él emanaba una autoridad perturbadora, como si el poder familiar que ostentaba lo hubiera corrompido prematuramente.
-Anaís, ¿estás defendiendo a un desconocido en mi contra?
Ella se plantó frente al joven vendedor, su postura firme como una muralla protectora.
-Raúl, ya bastante daño haces en casa como para que ahora andes formando pandillas en la universidad. ¿Qué tienes además del apellido Villagra? ¿En qué te estás convirtiendo?
La preocupación teñía sus palabras al notar cómo esos aduladores, cual buitres disfrazados de amigos, manipulaban a su hermano menor.
El rostro de Raúl enrojeció, consumido por una rabia que distorsionaba sus facciones juveniles. Ver a Anaís defender a alguien que él despreciaba encendió en su interior una llama de traición que lo cegaba. Sus ojos, clavados en el joven que se refugiaba tras su hermana, temblaban de resentimiento.
Con un gesto brusco, dio media vuelta.
-Anaís, ya no pienso escucharte más. Si tanto quieres protegerlo, que él sea tu hermano entonces. Yo solo soy un extraño para ti. No te atrevas a volver a la familia Villagra.
Tras su partida teatral, sus seguidores, cual sombras sin voluntad propia, se apresuraron a alcanzarlo.
19:35
Capítulo 82
Anaís se volvió hacia el joven, que permanecía en un silencio resignado. El contraste con su profesionalismo anterior, cuando le mostraba las características del auto, era doloroso. Ahora evitaba su mirada, probablemente incómodo al descubrir su conexión con Raúl.
-Cuando compre este auto, te corresponde una comisión, ¿verdad?
-Sí.
-No necesito probarlo. Voy a pagarlo ahora mismo.
Era su primera venta, y aunque el empleo ofrecía buenos beneficios, ambos sabían la verdadera razón: servir como saco de boxeo para los caprichos del joven señorito Villagra.
La familia Villagra pertenecía a la élite social. Los secuaces de Raúl, aunque incapaces de acceder a ese círculo privilegiado, provenían de familias de clase media con pequeños negocios. Adulaban a Raúl esperando que algunas migajas de influencia cayeran sobre ellos.
Raúl regresó a la mansión familiar con la marca de la bofetada aún ardiendo en su mejilla. La primera persona que encontró fue a la dulce Bárbara.
-Raúl, ¿qué te pasó en la cara? -preguntó ella, con fingida preocupación.
Se dejó caer pesadamente en un sillón cercano, elevando la voz para asegurarse de ser
escuchado.
-Fue Anaís.
Victoria, que regaba las plantas del jardín interior, dejó caer la regadera al escucharlo. La indignación se apoderó de su rostro.
-¿Pero qué le pasa? ¿Ya nadie puede controlarla?
Bárbara esbozó una sonrisa calculadora antes de sugerir:
-¿No era que Anaís siempre escuchaba a Aurora? Tal vez deberíamos pedirle que hable con
ella.
Aurora era la madre biológica de Roberto.
2/2