Capítulo 84
Roberto esbozó una sonrisa presumida mientras rodeaba la cintura de Bárbara con un gesto posesivo.
-Anda, súbete primero -le indicó con voz melosa.
Bárbara ocupó el asiento del copiloto con aire triunfal. Roberto, haciendo alarde de caballerosidad, se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad. Al cerrar la puerta, se volvió hacia Anaís con expresión altanera.
-Tú atrás. Apúrate, que mi mamá está esperando.
Anaís, ignorando por completo sus indicaciones, marcó el número del servicio de asistencia vial para solicitar el cambio de llanta. Mientras esperaba que respondieran, se encaminó hacia la avenida principal en busca de un taxi.
Al ver que se alejaba, Roberto dio un par de pasos en su dirección, pero la voz de Bárbara lo
detuvo.
-Rober… -murmuró ella desde la ventanilla entreabierta.‘
Ese simple llamado bastó para que Roberto se quedara clavado en su lugar. En ese momento, una revelación lo golpeó: quizás Anaís estaba molesta porque Bárbara ocupaba el asiento que antes le pertenecía. Recordaba con claridad aquella ocasión en que Anaís había declarado que ese lugar era exclusivamente suyo.
“Ya nada es como antes“, pensó mientras subía al auto, la frustración bullendo en su interior. Pisó el acelerador con más fuerza de la necesaria, pero sus ojos seguían fijos en el retrovisor, donde podía ver a Anaís intentando detener un taxi en la acera.
Bárbara, con el rostro contraído por la rabia contenida, se mordisqueaba los labios una y otra
vez.
-Rober, deberíamos llevarla, ¿no crees? Aurora se va a molestar si no llega.
Roberto buscaba desesperadamente un pretexto para volver, pero su orgullo se lo impedía. La sugerencia de Bárbara le daba la excusa perfecta, y ya estaba a punto de bajar la ventanilla cuando ella añadió:
-Aunque… ¿sabes? Hoy mi hermana me mandó un mensaje. No sé si lo hizo a propósito para que los viera así…
La furia se apoderó de Roberto, quien presionó el acelerador hasta el fondo. En su mente resonaba una certeza: Anaís no podía simplemente dejar de amarlo. Era imposible que la misma mujer que había estado dispuesta a todo por mantener su compromiso, incluso a arriesgar su propia vida, ahora actuara cón tal indiferencia.
“No me va a engañar tan fácilmente“, se dijo.
Bárbara observaba el reflejo cada vez más diminuto de Anaís en el espejo, la insatisfacción
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grabada en cada línea de su rostro. Con manos temblorosas, sacó su celular y tecleó un mensaje para Leopoldo.
[Leopoldo, creo que Rober sigue enamorado de mi hermana. ¿Qué puedo hacer?]
Ese mensaje, cargado de una vulnerabilidad calculada, despertó los instintos protectores de Leopoldo. La imagen de Bárbara como una damisela en apuros lo impulsó a tomar acción inmediata. Sin perder tiempo, contactó a Víctor.
-Víctor, Anaís va a cenar en casa de tu hermana. ¿Qué estás esperando?
La noticia fue suficiente para que Víctor, quien ya rumiaba su molestia, se pusiera en marcha hacia la casa de Aurora. Sus hermanas siempre lo habían protegido, sin importar los problemas que causara. Esta vez, estaba decidido a cobrarle a Anaís la humillación que le había hecho pasar.
Al llegar a su destino, Anaís contempló la elegante fachada de la residencia. El lugar le resultaba extrañamente familiar. Tras tocar el timbre, una empleada doméstica la recibió con gesto adusto.
Desde el interior se filtraba la voz melosa de Bárbara adulando a Aurora:
-Aurora, cada vez que te veo después de un tiempo te encuentro más rejuvenecida. Te traje estas infusiones especiales, Rober me contó que son tus favoritas.
-Ay, Barbi, qué detallista eres.
La conversación fluía entre ellas con la familiaridad de una verdadera relación suegra–nuera.
Anaís, detenida en el recibidor, extendió su regalo hacia la empleada. Esta lo tomó con evidente desprecio y procedió a inspeccionar el contenido de la caja.
-Señorita Anaís, ¿y mi aromatizante? La última vez me lo prometió.
Anaís arqueó una ceja, momentáneamente desconcertada.
La empleada continuó hurgando en la caja por unos minutos más. Al no encontrar lo que buscaba, su rostro se endureció.
-Siempre me lo traía. Hace meses que no viene y mi aromatizante se acabó. ¿Se le olvidó? Ese aromatizante hay que encargarlo con tiempo, no puede ser tan descuidada.
Su tono rezumaba reproche y disgusto, provocando que los labios de Anaís se curvaran en una
sonrisa sarcástica.
-¿Me está hablando a mí?
La empleada frunció el ceño y dejó la caja a un lado con brusquedad.
-Pues claro, ¿a quién más? Ya ni modo, mejor me callo. Con algo tan simple y ya se le olvida.
Pase, pase.
Anaís avanzó con paso mesurado y, dirigiéndose a Aurora, comentó con fingida inocencia:
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Capitulo 84
-Aurora, ¿es cierto que yo le traía regalos a la señora? Con el accidente de auto he estado muy olvidadiza, y al parecer apenas llego y ya me están reclamando.
Aurora, quien apenas entonces reparaba en su presencia, respondió apresuradamente:
-Antes eras muy considerada, siempre lo hacías. ¿Qué tan grave fue el accidente? A ver, déjame verte.
La mirada de Anaís se tornó distante. Había lanzado ese comentario esperando que Aurora reprendiera a la empleada por su impertinencia al exigir regalos. Sin embargo, ella había esquivado el tema con una ligereza que rayaba en la indiferencia.
Anaís tomó asiento con deliberada lentitud, eligiendo una posición estratégica: ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Aurora notó el cambio, recordando cómo antes Anaís siempre buscaba sentarse a su lado, ansiosa por ganar su aprobación.
Con la espalda perfectamente erguida y una expresión indescifrable, Anaís ya no mostraba interés en continuar la conversación.
Aurora, visiblemente incómoda con el silencio que se había instalado, se dirigió a la empleada:
-¿Qué haces ahí parada? Ve a preparar algo de beber.
Para sorpresa de todos, la empleada se acercó a Anaís y la tomó suavemente del brazo.
-Señorita Anaís, acompáñeme. Usted sabe exactamente cómo le gusta el té al señor Roberto, y la señora siempre dice que nadie lo prepara como usted.
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