Despertar del Olvido 90

Despertar del Olvido 90

Capítulo 90 

Una risa amarga se dibujó en los labios de Anaís al escuchar aquella suposición. El cansancio pesaba sobre sus hombros como una capa de plomo, mientras sentía el ardor de las heridas en su mejilla, donde pequeñas gotas de sangre aún brotaban de los rasgüños. En San Fernando del Sol, todos parecían convencidos de que ella era incapaz de existir sin Roberto, y ahora hasta Efraín compartía esa idea. ¿Cuántas locuras había cometido en el pasado para crear esa imagen tan patética de misma

Exhausta, se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Momentos después, percibió una presencia envolvente y el roce delicado de algo contra su mejilla. Entreabrió los párpados para encontrarse con el rostro de Efraín a escasos centímetros del suyo. Sus dedos sostenían con precisión un cotonete de algodón, desinfectando meticulosamente cada herida

Un escalofrío recorrió su espina dorsal y, por instinto, intentó incorporarse. El movimiento solo logró acercarla más a él. A tan corta distancia, su rostro era una obra de perfección: ni un solo poro visible, pestañas largas que caían con estudiada naturalidad, otorgándole un aire de misteriosa reserva

Permaneció inmóvil, hipnotizada, mientras él continuaba su tarea sin inmutarse. Descartó el cotonete usado y tomó uno nuevo, humedeciéndolo con desinfectante para atender otra 

herida

El calor subió repentinamente a las mejillas de Anaís, quien intentó retroceder. Pero Efraín fue más rápido; su mano se posó con firmeza en su nuca, un toque suave pero inequívoco

-No te muevas

La orden, pronunciada en voz baja pero autoritaria, la mantuvo quieta hasta que terminó de desinfectar cada rasguño. Con movimientos precisos, cubrió las heridas con pequeñas tiritas adhesivas

Anaís observó, aliviada, cómo guardaba el desinfectante. La proximidad entre ambos había sido abrumadora, imposible de ignorar, al igual que la imponente presencia de Efraín. Justo cuando pensaba que el momento había terminado, los dedos largos y elegantes de él se deslizaron hasta su tobillo, elevando su pie para colocarlo sobre su rodilla

-¡Presidente Lobos! -exclamó Anaís, sorprendida. Sus manos se aferraron instintivamente al reposabrazos del asiento

Efraín inclinó la cabeza, concentrado en su tarea, mientras sus dedos palpaban con delicadeza el área inflamada

-¿Duele

Más que el dolor, a Anaís le preocupaba la intimidad de aquella posición. ¿Por qué su pierna merecía tal atención por parte de alguien como él

-Presidente Lobos, por favor, baje mi pierna. Puedo aplicarme pomada cuando llegue a casa

Capítulo 90 

Sin responder, Efraín buscó en el botiquín y extrajo un frasco de alcohol medicinal

-Aguanta -murmuró, vertiendo el líquido en su palma antes de aplicarlo sobre el tobillo lastimado

El dolor era lo de menos; el rubor en sus mejillas se intensificó mientras evitaba su mirada. La incomodidad persistía, mezclada con la confusión por el incidente del cambio de ropa. No se atrevía a imaginar que Efraín pudiera albergar sentimientos hacia ella; después de todo, los rumores sobre la gravedad de sus lesiones parecían exagerados. Él pertenecía a la cúspide de la sociedad, mientras que ella, con su reputación manchada, apenas rozaba los escalones más bajos

Cuando por fin bajó su pie, la hinchazón había disminuido considerablemente. Una fina capa de sudor cubría su espalda. El auto se detuvo frente a su casa, y Lucas abrió la puerta con un discreto gesto de invitación

Anaís descendió rápidamente. Antes de alejarse, se giró hacia Efraín, quien permanecía 

sentado

-Gracias, presidente Lobos

Lo observó tomar una toallita húmeda para limpiarse las manos, sus movimientos pausados y elegantes, como una ceremonia privada. Aquellos dedos distinguidos, que momentos antes habían masajeado su tobillo, se movían con gracia estudiada

Sin levantar la mirada, respondió con un escueto

-Ajá

A pesar de la intimidad del momento compartido, su respuesta destilaba frialdad. La puerta del auto se cerró con un golpe seco

Anaís permaneció inmóvil en la acera, observando cómo el vehículo se alejaba, reflexionando sobre la naturaleza ambigua de Efraín, que oscilaba constantemente entre la cercanía y el 

distanciamiento

Tras un profundo suspiro, se encaminó hacia su apartamento cuando divisó a Fabiana bajo un árbol, cargada de paquetes

-¿Fabiana

La aludida, descubierta en su escondite, entrelazó las manos con visible nerviosismo

-Anaís, subí a buscarte y al ver que no estabas, pensaba irme

Algo en el comportamiento de Fabiana despertó las sospechas de Anaís

-¿Me buscabas por algo en particular

-Sí, en La Luna nos dieron una tarjeta de beneficios para empleados. Podíamos comprar hasta cinco mil pesos en mercancía. Conseguí algunos víveres y pensé en compartirlos contigo

Una sonrisa fugaz iluminó el rostro de Anaís al recordar que Fabiana había sido la primera en 

14-22 

Capítulo 90 

tenderle una mano cuando perdió la memoria

-Vamos, subamos juntas

Fabiana lanzó una mirada furtiva hacia un automóvil distante antes de seguirla

-¿El que te trajo era el primo de Roberto, verdad? -preguntó mientras caminaban

-Sí, ¿lo conoces

-Llevo tres años trabajando en La Luna. Cuando el señor Lobos aún caminaba sin dificultad, lo vi algunas veces

Alguien como Efraín deja una huella imborrable, pensó Anaís

-¿De verdad piensas ir tras él? -continuó Fabiana-. He notado que ya no mencionas a Roberto. ¿Superaste lo que sentías por él

Anaís abrió la puerta de su apartamento y tomó los paquetes que Fabiana cargaba

-Lo de perseguir al presidente Lobos fue una tontería que dije sin pensar. Trabajo en el Grupo Lobos, así que es normal que coincidamos. Y en cuanto a Roberto-suspiró-. Mejor ni mencionarlo. Definitivamente estaba ciega

El rostro de Fabiana perdió súbitamente el color, sus dedos temblaron ligeramente antes de cambiar de tema

-Anaís, veo que te lastimaste la pierna. Descansa, yo prepararé algo de comer

-¡Gracias, Fabiana

La inquietud de su amiga era palpable; al levantar una de las bolsas, varios bocadillos cayeron al suelo. Anaís se apresuró a ayudar, pero Fabiana se interpuso rápidamente

-Yo me encargo, descansa

Anaís notó algo extraño en su comportamiento, pero prefirió guardar silencio

14:22 

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