Capítulo 91
La furia emanaba del grupo como un aura tóxica. Aurora y los demás habían buscado a Anaís sin éxito, y la frustración se manifestaba en cada uno de sus gestos. El ambiente vibraba con una energía densa y amenazante.
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Víctor, desconcertado por la audaz huida de Anaís, descargó su rabia contra uno de los guardaespaldas. El sonido de la bofetada resonó como un latigazo en el aire.
-¡No sirven para nada! -bramo, su voz destilando veneno-. ¡Una simple mujer y no pueden encontrarla! A ver, ¿qué datos tienen de esa camioneta?
El guardaespaldas, conteniendo la humillación que le quemaba la garganta, respondió con voz
tensa:
-Ya tenemos la matrícula, señor. Y había algo más: una bandera pequeña en el frente, aunque no alcanzamos a distinguirla bien.
Roberto sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
“No puede ser… ¿Efraín? Pero es imposible…”
Sus pensamientos giraban como un torbellino. En todo San Fernando del Sol, únicamente el auto de su primo portaba ese distintivo, pero hacía años que no pisaba estas tierras. La idea era absurda: Efraín había perdido las piernas por culpa de Anaís; el rencor debería consumirlo. ¿Por qué querría ayudarla?
-Mamá–se quejó Roberto, su voz traicionando su inquietud-, ¿te das cuenta de las teorías tan descabelladas que están surgiendo?
Aurora posó su mano sobre el hombro de su hijo, sus dedos ejerciendo una presión significativa.
-Roberto, ¿qué pasa contigo? ¿Por qué cada vez que alguien menciona a Anaís reaccionas así?
-No es eso se defendió Roberto, como si las palabras le arañaran la garganta al salir-. Solo quiero que se arrepienta de lo que hizo y me pida una disculpa.
Aurora tomó la mano de Bárbara y la entrelazó con la de su hijo en un gesto deliberado.
-Perfecto, entonces está decidido. Tú y Bárbara estarán juntos de ahora en adelante. Me encargaré personalmente de hablar con los Villagra sobre el compromiso. Como a tu tío le interesa Anaís, haremos una celebración doble.
El mensaje era inequívoco: Roberto se uniría con Bárbara, mientras Víctor tomaría a Anaís. La voluntad de esta última era irrelevante; la familia Villagra no tendría objeción alguna.
Roberto sintió que el aire se espesaba en sus pulmones. Las palabras se le atoraban en la garganta como brasas ardientes.
Bárbara, por su parte, esbozó una sonrisa complacida mientras estrechaba la mano de Aurora.
14:22
Capitulo 91
-Aurora, mis padres están disponibles en este momento. ¿Por qué no vamos a verlos? -sugirió con dulzura calculada-. Mi hermana ha estado fuera de control últimamente. Si se casa con el tío Víctor, tal vez por fin siente cabeza y mis padres dejen de angustiarse por su futuro.
-Me parece excelente idea. Hace tiempo que no visito a tus padres.
La decisión se tomó con la velocidad de un parpadeo. Roberto, convertido en un cascarón vacío, se encontró de pronto en la residencia de los Villagra sin recordar cómo había llegado
ahí.
Victoria y Héctor recibieron la propuesta de Aurora como agua en el desierto. El rostro de Victoria se iluminó con una sonrisa radiante.
-Querida, tu idea es perfecta -exclamó Victoria, rebosante de alivio-. No podía ni probar bocado de la preocupación por el comportamiento de Anaís. Me aterraba la idea de que no encontrara un buen partido, pero saber que tu hermano está interesado… esto nos convierte prácticamente en familia.
El vínculo entre Victoria y Aurora era profundo y antiguo. En aquellos tiempos oscuros cuando Aurora era la amante y todos la despreciaban, Victoria había sido su único apoyo. Aurora sabía que podía contar con la aprobación de los Villagra. Su mirada se dirigió expectante hacia
Héctor.
Este parecía dubitativo. El compromiso entre Anaís y Roberto ya era del dominio público en su círculo social; un cambio tan repentino desataría inevitablemente una ola de murmuraciones.
Raúl, que observaba la escena en silencio, decidió intervenir:
-Papá, si te preocupan los comentarios, podrías compensar a Anaís con algunas acciones. Después de todo, es la única de la familia que no tiene participación en la empresa.
Las palabras de Raúl cayeron como un rayo en medio de la sala, electrificando el ambiente. Bárbara sintió que la sangre se le congelaba en las venas mientras su rostro se ensombrecía. Jamás había imaginado que su propio hermano pudiera proponer semejante cosa.
“La familia Villagra es mía“, pensó con amargura. Para ella, incluso Raúl representaba una amenaza a su dominio. La idea de compartir el patrimonio familiar con Anais le resultaba intolerable. ¿Con qué derecho pretendían darle acciones a esa advenediza?