Capítulo 92
Victoria extendió su mano con delicadeza y apartó a Raúl del centro de atención, como quien aparta una cortina para dejar entrar la luz. Sus ojos, cargados de reproche maternal, se
clavaron en su hijo.
-Por Dios, Raúl, ¿qué disparates estás diciendo? -su voz vibraba con indignación contenida-. Después de todo lo que ha hecho tu hermana, ¿todavía piensas que podemos confiarle las acciones de la empresa? Conociendo a Anaís, en cuanto aparezca cualquier hombre con palabras bonitas, terminará cediendo todo. ¡Esa niña no tiene dos dedos de frente!
Raúl permaneció en silencio por un momento. A pesar del ardor que aún sentía en su mejilla por aquellas bofetadas que Anaís le había propinado, una punzada de justicia lo impulsaba a defender lo evidente: ella también era una Villagra, después de todo.
-Mamá, Anaís…
Bárbara, percibiendo el rumbo peligroso que tomaba la conversación, se apresuró a interrumpir. Sus labios se curvaron en una sonrisa radiante mientras sus dedos jugueteaban con el borde de su blusa.
-Mamá, Aurora, tengo algo maravilloso que compartir -su voz se suavizó hasta convertirse en un murmullo cómplice-. La boda de mi hermana con el tío Víctor no será solo una doble celebración… ¡será triple!
Sus manos se deslizaron con ternura sobre su vientre, mientras su rostro resplandecía con un brillo especial.
-Estoy esperando un bebé de Rober.
La revelación cayó como un rayo sobre Roberto, arrancándolo brutalmente de su estado de aturdimiento.
-Barbi, ¿qué estás…? -las palabras se atoraron en su garganta.
Los ojos de Bárbara se empañaron instantáneamente. Con un gesto estudiado, secó una lágrima que rodaba por su mejilla.
-Me enteré hace unos días, mi amor -su voz temblaba con vulnerabilidad calculada-. No me atrevía a decirtelo. Temía que aún tuvieras sentimientos por mi hermana. Necesitaba estar segura de que me elegías a mí antes de revelarte lo del bebé.
Roberto permanecía paralizado. Debería estar experimentando alegría, pero mientras observaba los rostros rebosantes de felicidad a su alrededor, todo le parecía parte de una obra de teatro surreal donde él era el único espectador.
Aurora y Victoria rodearon a Bárbara con expresiones de júbilo maternal. Una sonrisa de triunfo iluminaba el rostro de la futura madre.
Mamá -continuó Bárbara con voz melosa-, comprenderás que ahora no podemos postergar mi boda con Rober. Si esperamos a que el embarazo sea evidente, seremos el centro de los
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chismes. Pero está el asunto de mi hermana… según nuestras tradiciones, ella debería casarse primero. De lo contrario, las señoras de sociedad no dejarán de murmurar.
Victoria, con la determinación brillando en sus ojos, tomó las riendas de la situación.
-Mi niña, organizaremos la boda de Anaís para finales de este mes. Haremos el anuncio cuanto antes, y después podremos concentrarnos en tu boda.
Aurora resplandecía de felicidad mientras sostenía la mano de Bárbara entre las suyas.
-¡Esta preciosura! ¿Cómo pudiste guardarte una noticia tan importante?
Bárbara bajó la mirada con fingida timidez.
-No quería preocuparlos. La situación entre Rober y yo ha sido… delicada.
-¿Delicada? ¡Si Rober siempre ha estado loco por ti! ¡Son el uno para el otro! -Aurora se volvió hacia su hijo con entusiasmo-. ¡Hay que comenzar los preparativos inmediatamente!
Con un empujón maternal, instó a Roberto a reaccionar.
-¿Qué haces ahí parado como estatua? ¿No tienes nada que decirle a Barbi? El vestido de novia, el anillo… ¡todo debe ser excepcional! ¡Vas a ser padre!
Roberto intentó hablar, pero un nudo invisible le oprimía la garganta. Su mente trabajaba frenéticamente, recordando cada encuentro con Bárbara. Siempre habían sido cuidadosos, extremadamente cuidadosos. ¿Cómo era posible…?
“Esto no es alegría“, pensó con amargura. “Es pánico“.
Los ojos de Bárbara se tornaron más rojos, mientras su labio inferior temblaba sutilmente.
-Rober… ¿no te hace feliz la noticia? Si no quieres al bebé, yo… yo podría…
Roberto la envolvió en sus brazos por instinto, pero las palabras que pronunció sonaban huecas incluso para él mismo.
-Barbi, los voy a proteger. A ti y al bebé.
Una sonrisa de satisfacción iluminó el rostro de Bárbara, mientras un destello de victoria
atravesaba su mirada.
-Gracias, mi amor -susurró con dulzura-. Aunque es gracioso pensar que mi hermana se convertirá en tu tía política, ¿no crees?
La mano de Roberto se congeló sobre la espalda de Bárbara. En sus ojos, la confusión dio paso a una conclusión devastadora.
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