Capítulo 93
La noticia se extendió como pólvora por la mansión Villagra. Los preparativos avanzaban con una velocidad vertiginosa, como si una fuerza invisible moviera los hilos detrás de cada decisión. El ajetreo inundaba cada rincón mientras la servidumbre se apresuraba a cumplir órdenes que nadie cuestionaba.
La tranquilidad de la convalecencia de Anaís se vio interrumpida por el timbre insistente de su celular. Era Fabiana, su voz teñida de una mezcla de preocupación y curiosidad.
-Anaís, ¿es verdad que tú y Víctor se van a casar?
Una sensación de desconcierto se apoderó de Anaís mientras sus dedos se tensaban alrededor
del teléfono.
-¿De dónde sacaste eso?
-Es que Víctor está en el club, en La Luna, completamente ebrio, proclamando a los cuatro vientos que ya eres su esposa. Dice que la familia Villagra lo confirmó y que la boda será a fin de mes. Y no está solo delirando; varios de los presentes aseguran que recibieron la
notificación oficial de tu familia.
El peso de aquellas palabras cayó sobre Anaís como una losa. Sus manos buscaron instintivamente el contacto de Roberto en su celular, pero solo encontró el eco del silencio en
la línea.
“Algo no está bien“, pensó mientras marcaba el número de Raúl, quien respondió con un entusiasmo que contrastaba dolorosamente con su creciente inquietud.
-¿Qué pasó, futura novia? ¿No quedaste con tu prometido en ir a probarte el vestido? La ama de llaves ya apartó el hotel y todo. Vi cuando llegó el vestido al mediodía, pensé que ya te lo
habías medido.
La realidad golpeó a Anaís con brutal claridad. Todo el mundo parecía estar al tanto de su supuesta boda, excepto ella misma. Una risa amarga brotó de sus labios mientras contemplaba el absurdo de la situación.
El aire se volvió denso en sus pulmones. Aun después de colgar, sentía una opresión en el pecho que se negaba a desaparecer. Desde el principio, nadie se había molestado en considerar su opinión. La trataban como una pieza más en su elaborado juego de ajedrez, destinada a moverse según los designios de otros.
“Como una muñeca sin voluntad propia“, reflexionó con amargura. La indignación se encendió en su interior como una llama voraz, consumiendo cada rastro de pasividad.
Sus ojos se posaron en los documentos que Efraín le había entregado tiempo atrás. Hojeó meticulosamente cada página hasta encontrar el nombre de Aurora. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios mientras un plan tomaba forma en su mente. Si querían verla caer, primero se aseguraría de que Aurora, la arquitecta de su desgracia, probara el amargo sabor de la humillación pública.
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Capítulo 93
El rostro de Jimena apareció en sus pensamientos. Aquella mujer, consumida por la envidia hacia su hermana menor Aurora, quien había logrado asegurar un matrimonio ventajoso, sería la herramienta perfecta. La envidia femenina podía ser un arma devastadora cuando se sabía manipular.
Con determinación renovada, Anaís marcó el número de Jimena. La respuesta fue inmediata; después de todo, cada llamada de Anaís representaba una jugosa oportunidad de lucro para ella. Para Jimena, Anaís no era más que un boleto dorado a la abundancia.
A pesar del incidente previo con el bolso, Jimena asumió que Roberto habría intercedido a su favor. Esta vez se contentaría con una suma modesta: trescientos mil pesos bastarían para satisfacer su codicia. Para alguien del estatus de Anaís, razonaba Jimena, esa cantidad no representaba más que un gasto trivial.
La anticipación embriagó a Jimena hasta tal punto que abandonó su partida de dominó sin contemplaciones. Sus compañeras de juego protestaron ante su precipitada partida.
-Oye, Jimena, ¿así nomás te vas? Todavía nos debes cinco mil pesos a cada una.
Jimena respondió con un gesto despectivo, haciendo brillar ostentosamente el brazalete en su
muñeca.
-¿Cinco mil pesos? Por favor, no sean ridículas. Este brazalete vale cien mil, pero ni lo pienso vender. En un rato más tendré trescientos mil, y les liquido su miseria.
Las tres mujeres intercambiaron miradas escépticas. De no ser por el vínculo de Jimena con Anaís, jamás se habrían rebajado a compartir mesa con alguien de su calaña.
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