Capítulo 97
Anaís retrocedió la silla de ruedas con un movimiento brusco y se inclinó sobre Efraín, sus manos posándose instintivamente sobre sus piernas. La cercanía repentina la envolvió en su aroma, una mezcla sutil de sándalo y cuero.
-¿Presidente Lobos, no lo lastimé? -preguntó con la voz temblorosa.
Al levantar la mirada, quedó atrapada en aquellos ojos oscuros que parecían contener universos de secretos. Sus dedos se crisparon involuntariamente sobre la tela del pantalón.
Las manos de Efraín descansaban inmóviles sobre los reposabrazos. Le dirigió una mirada fugaz, casi imperceptible, antes de desviar el rostro con estudiada indiferencia. El gesto, tan sutil como devastador, provocó en Anaís una punzada de desconcierto.
“¿Qué hice mal? ¿Por qué me mira así?“, su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta. Antes de que pudiera articular una disculpa, Efraín ya había maniobrado su silla hacia la puerta del salón, dejándola atrás sin más explicación que el eco sordo de las ruedas sobre el piso.
Anaís permaneció inmóvil, su cerebro procesando lentamente la revelación que acababa de escuchar. Las palabras resonaban en su mente como campanadas distantes: Bárbara estaba embarazada. Una parte de ella, aquella que había perdido junto con sus recuerdos, debería estar destrozada, ahogándose en lágrimas hasta perder el sentido.
Tomó una respiración profunda, obligándose a mantener la compostura, y se apresuró tras los pasos de Efraín. Sus tacones marcaban un ritmo acelerado contra el suelo, pero fue demasiado tarde. Él ya había abordado uno de los ascensores, dejándola varada en el pasillo con una sensación de vértigo.
-¿Anaís?
La voz de Roberto la sobresaltó. Acababa de terminar una llamada y, al verla, ocultó el celular tras su espalda en un gesto casi infantil.
Anaís lo ignoró deliberadamente, concentrándose en presionar el botón del ascensor. La flecha descendente se iluminó bajo su dedo, burlándose de su impaciencia.
Roberto se acercó con pasos medidos, su habitual arrogancia sustituida por una cautela inusual.
-¿Viniste a buscarme?
Contemplaba la espalda tensa de Anaís mientras una melancolía desconocida se apoderaba de él. El embarazo de Bárbara pesaba en su consciencia, era imposible de ignorar.
Levantó una mano, sus dedos a centímetros de la espalda de Anaís, pero se detuvo en el aire, como si una barrera invisible le impidiera tocarla.
El ascensor se tomaba su tiempo en llegar, atrapándolos en un momento de incómoda
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proximidad. Roberto inspiró profundamente, reuniendo valor.
-Ahora, no importa lo que hagas para retenerme, entre nosotros ya no puede haber nada. Cuando te cases con mi tío, procura escucharlo bien.
Su voz se quebró momentáneamente, como si las palabras se hubieran convertido en astillas. en su garganta. Una sombra de tristeza nublaba sus ojos, pero Anaís, que solo veía en él al patán que la había lastimado, permanecía de espaldas, inmune a su dolor.
Las palabras de Roberto le resultaron tan absurdas que se giró para responder con una réplica mordaz, justo cuando las puertas del ascensor se abrieron, revelando a Efraín aún en su
interior.
Un escalofrío recorrió la espalda de Anaís, quien instintivamente se irguió, tensando cada músculo de su cuerpo.
Roberto, igualmente sorprendido por la presencia de su primo, bajó la mirada en un gesto de
respeto.
-Primo–murmuró.
Efraín mantenía un dedo sobre el botón del ascensor, su voz tan neutra como la superficie de un lago en calma.
-¿No van a entrar?
La ambigüedad de la invitación flotó en el aire como una pregunta sin destinatario.
Roberto retrocedió un paso, levantando la vista justo a tiempo para ver a Anaís deslizarse dentro del ascensor. Su rostro se transformó en una máscara de asombro y preocupación. Para él, que conocía la naturaleza implacable de su primo, era inconcebible que Anaís se atreviera a quedarse a solas con él. ¿Acaso no temía por su vida?
Avanzó precipitadamente, su voz teñida de urgencia.
-Anaís, tú…
El sonido de preocupación de su propia voz lo sorprendió, pero las puertas del ascensor ya se habían cerrado, sellando el destino de ambos.
Roberto golpeó repetidamente el botón de llamada, pero el ascensor continuó su descenso inexorable, llevándose consigo a Anaís y las palabras que no alcanzó a decir.
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