Capítulo 98
El fuego del pánico corría por sus venas mientras se precipitaba hacia el otro elevador. Los latidos de su corazón resonaban como tambores de guerra en sus oídos. Roberto sentía que cada segundo que pasaba era una eternidad, temiendo que su primo, en un arranque de ira, pudiera hacerle daño a Anaís.
En el descenso, Anaís percibía la tensión que emanaba de Efraín como un manto pesado. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su blusa mientras buscaba las palabras adecuadas para romper aquella barrera invisible.
Un violento espasmo sacudió el elevador, arrancándolo de su suave descenso. El metal crujió y protestó, como una bestia herida. El instinto de protección se disparó en Anaís, quien en un movimiento reflejo se aferró a la silla de ruedas.
-¡Presidente Lobos!
La oscuridad los envolvió cuando las luces sucumbieron con un último parpadeo. Anaís, con dedos temblorosos pero decididos, extrajo su celular para iluminar el reducido espacio. La tenue luz reveló a Efraín con la cabeza inclinada, su rostro convertido en una máscara impenetrable que ocultaba cualquier emoción.
-¿Presidente Lobos, se encuentra bien? -susurró Anaís, posando suavemente su mano sobre la rodilla de él mientras estudiaba su expresión con preocupación.
En la penumbra, los ojos de Efraín parecían pozos sin fondo. Con un movimiento repentino, su mano se disparó para sujetar la barbilla de Anaís. La sorpresa la paralizó, robándole el aliento y la capacidad de reaccionar.
“Es como estar al borde de un precipicio“, pensó Anaís, sintiendo que la presencia de Efraín la arrastraba hacia un abismo desconocido.
Las palabras murieron en su garganta cuando la presión en su mandíbula aumentó. Un destello de dolor atravesó su rostro, pero tan rápido como apareció, la presión se desvaneció. El dolor persistente en su barbilla era el único testigo de que aquellos segundos no habían sido producto de su imaginación.
Al mirarlo nuevamente, aquella presencia amenazante se había desvanecido como la niebla bajo el sol matinal, dejando solo al Efraín de siempre, con su semblante sereno y amable. Anaís se frotó la barbilla, aún sintiendo el fantasma de su tacto.
-¿Presidente Lobos?
-Todo está bien -respondió él con voz ronca, como si cada palabra fuera una batalla contra algo que luchaba por escapar de su control.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Anaís mientras mantenía su mano firmemente en la silla de ruedas.
-Me alegro de que esté bien. El elevador debería estar estable ahora.
Capitulo 98
-Sí -respondió con un tono distante que cerró cualquier intento de conversación.
El silencio se extendió entre ellos como una sábana pesada. Cuando Efraín intentó incorporarse, Anaís reaccionó instintivamente, sujetando su brazo para ayudarlo. El elevador eligió ese preciso momento para sacudirse nuevamente, arrebatándole el equilibrio.
La mano de Efraín la atrapó en el aire, pero el movimiento lo desequilibró también, haciéndolo caer de vuelta en la silla. Anais aterrizó sobre sus piernas, y sus labios se encontraron en un roce fugaz pero innegable. El calor de aquel contacto accidental se grabó en su memoria con la precisión de un hierro al rojo vivo.
Sus ojos se dilataron por la sorpresa, y antes de poder procesar lo sucedido, Efraín la apartó con un movimiento brusco. Anaís cayó al suelo, sus dedos temblorosos buscando sus labios, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. El celular rodó hacia un rincón, sumiendo el espacio en una atmósfera densa y extraña.
“Que se abra el piso y me trague de una vez“, pensó Anaís, mortificada. La forma en que Efraín la había rechazado confirmaba los rumores: su aversión hacia las mujeres era real. Se decía que jamás se le había visto en compañía femenina, y nadie recordaba haberlo relacionado sentimentalmente con alguien. Con la reputación que ella cargaba, era comprensible que quisiera mantener su distancia.
Se puso de pie con la dignidad que pudo reunir y recuperó el celular del suelo.
-Discúlpeme, presidente Lobos, fue un accidente.
él
El silencio de Efraín fue su única respuesta, pero el ambiente se había tornado tan denso que Anaís sentía que el aire mismo se resistía a entrar en sus pulmones.