Capítulo 102
Los dedos de Ins jugueteaban nerviosamente con la sabana del hospital mientras sus ojos, llenos de una súplica estudiada, se fijaban en Sebastián.
-No me importa si no quiere hablar bien conmigo. Solo… solo déjame intentarlo, ¿si?
Sebastián guardó silencio. La imagen de Iris, tan frágil y suplicante en esa cama de hospital, hizo que las palabras de negación se le atoraran en la garganta.
—Está bien —suspiró finalmente, masajeándose las sienes.
‘Si no dejo que la vea, no va a dejar de insistir“, pensó. “Aunque Isabel ahora es más dura que el acero. ¿De qué sirve intentar hablar con alguien así?”
Isabel no había planeado ir al estudio esa tarde, pero una llamada urgente de Marina García había cambiado sus planes. La reunión de emergencia se había extendido más de lo esperado, y al ver que casi daban las seis, recordó la promesa de cenar con Esteban. Un cosquilleo de ansiedad le recorrió el estómago.
Se acercó al escritorio de Marina, que tecleaba furiosamente en su computadora.
-Encárgate de todo aquí. Si se quedan trabajando hasta tarde, pídeles algo de Cangrejo Sofisticado.
Marina levantó la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.
-¿De dónde dijiste?
-De Cangrejo Sofisticado -repitió Isabel con una pequeña sonrisa.
-Pero jefa… -Marina se retorció nerviosamente las manos-. Con tanta gente va a salir carísimo. No es necesario pedir algo tan…
-Solo diles que lo carguen a mi cuenta.
Una sonrisa radiante iluminó el rostro de Marina.
-¡Gracias, jefa! –“Los tamales de ahí son una delicia“, pensó mientras ya planeaba pedir dos canastas para ella sola.
Apenas las puertas del elevador se cerraron tras Isabel, Marina se giró hacia la oficina con los ojos brillantes.
-¡Órale, muchachos! ¡A darle con todo que la jefa va a pedir Cangrejo Sofisticado!
La noticia corrió como pólvora. Los ojos de todos se iluminaron ante la mención del lujoso restaurante, uno de esos lugares donde la mayoría solo podía soñar con cenar. Primero los bonos generosos, y ahora esto…
El ambiente en la oficina se electrificó al instante. Los dedos volaban sobre los teclados con
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renovada energía.
El aire se congeló en los pulmones de Isabel cuando las puertas del elevador se abrieron y se encontró cara a cara con Sebastián. Su cuerpo se tensó instintivamente, como un animal acorralado, pero se obligó a mantener la compostura mientras intentaba rodearlo.
La furia destelló en los ojos de Sebastián al ver cómo ella pretendía ignorarlo. Su mano se disparó como una serpiente y atrapó la muñeca de Isabel.
-¡Espera!
“¿Otra vez con esto?“, pensó Isabel mientras el asco le revolvía el estómago. Sus ojos, fríos como el hielo, se clavaron en Sebastián. Sin mediar palabra, su pierna se disparó en una patada precisa.
El impacto alcanzó a Sebastián justo detrás de la rodilla. Solo sus reflejos entrenados le impidieron caer de bruces al suelo.
-Isabel -su voz era un gruñido bajo y amenazante, pero sus dedos no aflojaron su agarre.
La furia transformó sus facciones mientras la miraba como si quisiera hacerla desaparecer. Sus ojos ardían con una mezcla de deseo y rabia que ni él mismo comprendía.
-¿No me vas a soltar? -el tono de Isabel destilaba veneno.
-¿Así te comporta una mujer? -escupió Sebastián.
“Maldita sea“, pensó mientras una imagen no deseada de Mathieu Lambert junto a ella invadía su mente. “¿Qué clase de hombres prefieren a una fiera en lugar de una mujer dulce?”
El pensamiento de ella con Mathieu, o con el misterioso hombre de Apartamentos Petit, le revolvió las entrañas.
Una sonrisa sarcástica curvó los labios de Isabel.
-Si soy mujer o no, igual nunca lo vas a averiguar. ¿Para qué te preocupas?
—Tú… —las palabras se le atoraron en la garganta mientras el golpe a su ego masculino lo dejaba aturdido.
Apretando los dientes para ignorar el dolor en su rodilla, se irguió en toda su estatura.
-Ven conmigo al hospital.
-¿Y yo para qué querría ir al hospital? —una ceja perfectamente delineada se arqueó con desprecio.
-Iris quiere verte.
-Ah si? ¿Conque quiere verme? -el sarcasmo goteaba de cada palabra.
-Dice que tiene algo importante que decirte.
Capítulo 102
Una risa irónica y tajante escapó de los labios de Isabel.
-¿Y tú de verdad crees que esa víbora tiene algo importante que decirme? -sus ojos brillaron con malicia-. Si es tan importante lo que tiene que decir, que se prepare, porque no pienso
contenerme.
Los últimos rayos del sol poniente se filtraban por los ventanales del lobby, proyectando sombras alargadas que parecían danzar alrededor de ambos, como testigos silenciosos de su
enfrentamiento.
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