Capítulo 105
El deseo de ver a Isabel fuera de Puerto San Rafael le quemaba las entrañas a Iris. La sola presencia de esa mujer era una amenaza constante, especialmente ahora que él había regresado. Entre más tiempo se quedara Isabel, más complicado se volvería todo. Y ese millón… Iris se mordió el labio inferior, inquieta. No, ese millón solo sería el principio si no lograba alejarla de una vez por todas.
Isabel observó el nerviosismo mal disimulado de Iris, la forma en que sus dedos se entrelazaban sobre la sábana blanca del hospital.
-No solo quieres que me vaya -su voz destilaba un sarcasmo cruel-. Por lo que veo, tienes bastante prisa, ¿no?
El corazón de Iris dio un vuelco. Un sudor frío le recorrió la espalda mientras intentaba mantener su fachada de fragilidad.
-¿Prisa? Para nada -sus dedos jugaron con un mechón de cabello, gesto que Isabel reconocić como señal de que mentía-. Solo me da tristeza verte así, pasando penurias sin tener nada. ¿Por qué no mejor tomas el dinero que ganaste el año pasado, vendes la casa de
Apartamentos Petit y te vas a vivir tu vida?
—Ah, ¿así que ahora te preocupas por mi bienestar? Qué conmovedora.
Iris se acomodó en la cama del hospital, fingiendo una debilidad que Isabel sabía era parcialmente actuada.
-Con todo ese dinero podrías vivir sin preocupaciones el resto de tu vida en cualquier ciudad
pequeña.
No mentía. Isabel lo sabía. Vendiendo la casa de Apartamentos Petit y sumando sus ganancias, tendría poco más de diez millones. En una ciudad pequeña, eso significaría una vida tranquila y acomodada.
La comisura de los labios de Isabel se curvó en una sonrisa cruel.
-¿Y qué crees? Simplemente no quiero irme -se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos brillando con malicia-. ¿Tanto quieres que me vaya? Pues me quedaré aquí, esperando a ver cómo te mueres. A ver, ¿cuándo piensas morirte?
¿Quieres jugar con la frialdad típica de los Galindo? Perfecto, veamos quién se quiebra primero, pensó Isabel, observando cómo su última frase hacía mella en Iris.
El rostro de Iris perdió todo color. Para alguien lidiando con tres enfermedades graves, la palabra ‘muerte‘ era como un puñal directo al corazón.
-Tú. -sus labios temblaron.
-¿Mudarte al Chalet Eco del Bosque? ¿Cerrar mi estudio? -Isabel soltó una risa seca- Adelante, inténtenlo. Esperaré a que cierren mi estudio, brindaré por tu mudanza al Chalet y después… ya veremos quién se va.
Capítulo 105
La palidez en el rostro de Iris se intensificó, mientras un destello de ira atravesaba sus ojos.
-¿Lo dices en serio?
-¡Échale ganas! Dile a Sebastián y a Valerio que se apuren -Isabel sonrió con falsa dulzura-. Tú también, jánimo!
“Ánimo para cerrar mi estudio, ánimo para mudarte al Chalet… aunque ambas sabemos que nunca pondrás un pie en ese lugar“, pensó Isabel mientras se ponía de pie.
Observó a Iris, quien yacía en la cama con una expresión de fragilidad estudiada.
-¿Algo más que quieras decirme? Si no, me voy.
“Si tienes un plan, suéltalo de una vez. No tengo tiempo para tus juegos“, reflexionó Isabel,
impaciente.
-Tú… -fue lo único que logró articular Iris.
La provocación había surtido efecto. El pecho de Iris subía y bajaba agitadamente mientras miraba a Isabel, incapaz de formar palabras coherentes por la ira que la consumía.
Isabel observó el dedo tembloroso que la señalaba.
-¿Qué clase de juego es este? -preguntó con fingida inocencia.
“¡Maldita!“, fue lo único que Iris pudo pensar, mientras el dolor real se mezclaba con su rabia.
Al ver que Iris no respondía, Isabel se dio la vuelta.
-Si ya terminamos con este teatro, me voy.
Esteban la esperaba para comer, y ya había perdido demasiado tiempo en este teatro.
De pronto, un sonido sordo la detuvo. Al volverse, vio algo que la dejó pasmada: Iris había escupido un bocado de sangre fresca que ahora manchaba las sábanas blancas con un rojo alarmante.
Un escalofrío recorrió la espalda de Isabel. Después de tantas actuaciones, le costaba distinguir qué era real y qué era otro de los trucos de Iris. Pero esto… esto parecía demasiado cruel incluso para ser una actuación.
Antes de que pudiera procesar lo que veía, una ráfaga de movimiento la empujó a un lado. Sebastián ya estaba junto a la cama, inclinado sobre Iris.
-¡lris! ¡lris! -su voz temblaba de pánico.
Carmen Ruiz irrumpió en la habitación. Al ver la sangre en la boca de Iris y las sábanas manchadas, soltó un grito desgarrador.
-¡lris! ¡Mi niña! -sus ojos se clavaron en Isabel con odio-. ¿Qué le hiciste? ¿La envenenaste?
212