Capítulo 106
El rostro de Carmen se contorsionó en una mueca de odio puro al ver a Isabel. Un rugido animal brotó de su garganta, haciendo eco en las paredes blancas del hospital. Isabel permaneció inmóvil, su mente todavía procesando la imagen de Iris vomitando sangre.
Sebastián, con los nudillos blancos por la tensión, se abalanzó sobre el timbre de emergencia. La mirada que le lanzó a Isabel era como un témpano de hielo, cortante y despiadada. Un escalofrio involuntario recorrió la espalda de Isabel mientras sus sentidos finalmente se agudizaban, trayéndola de vuelta a la brutal realidad del momento.
El caos estalló cuando el equipo médico irrumpió en la habitación. Las voces se mezclaban en una cacofonía de órdenes urgentes mientras trasladaban a Iris a la sala de emergencias. Los cinco minutos que siguieron parecieron una eternidad para los que quedaron fuera: Carmen, con el rostro desfigurado por la angustia, y Sebastián, quien no dejaba de pasarse la mano por el cabello en un gesto nervioso.
Valerio apareció por el pasillo con pasos pesados. Sus ojos se clavaron en Isabel como dagas envenenadas.
-¿Qué chingados le hiciste? -gruñó entre dientes.
El silencio de Isabel solo pareció enfurecerlo más.
-¡Contesta! ¿Qué le hiciste exactamente?
Carmen dio un paso al frente, temblando de rabia.
-¡Te lo dije! -escupió las palabras-. En estos momentos lo único que importa es su salud, ¿y tú vienes a armar un pinche drama?
La furia nubló el juicio de Carmen. Con un movimiento rápido, alzó la mano para abofetear a Isabel. Pero los reflejos de Isabel fueron más veloces. Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca de Carmen como un grillete de hierro, apartándola con un empujón que envió a la mujer tambaleándose hacia atrás. Valerio apenas logró atraparla antes de que cayera.
El rostro de Carmen enrojeció hasta la raíz del cabello, la vena de su sien palpitando visiblemente.
-¡Llamen a la policía, ahora mismo! -chilló-. ¡Esta desgraciada envenenó a ‘Iris!
“¿La policía?” El pensamiento resonó en la mente de Isabel como un eco distante. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Nunca había necesitado el amor maternal de Carmen, nunca lo había anhelado. Pero que quisiera llamar a la policía por Iris… eso era el colmo.
-Eres una maldita víbora -siseó Carmen-. Ni creas que te sigo considerando mi hija.
Se giró hacia Valerio como una furia desatada.
-¿Qué esperas, pendejo? ¡Te dije que llamaras a la policía!
Valerio dudó por un momento, sus ojos alternando entre Isabel y Carmen. La imagen de Iris
1/2
Capitulo 106
siendo llevada a emergencias hizo que su mandíbula se tensara. “Esta vez sí se pasó de la raya“, pensó mientras sacaba su celular y marcaba el número de la policía.
Una hora después, en el Chalet Eco del Bosque, Esteban apenas cruzaba el umbral cuando su
teléfono vibró.
-Hermano la voz de Isabel sonaba tensa-, necesito que Lorenzo Ramos me saque de aquí.
-¿Qué? -el desconcierto en la voz de Esteban duró solo un segundo.
-Me detuvieron.
Al colgar, el ambiente alrededor de Esteban se volvió tenso. Lorenzo, al volante, sintió un sobresalto recorrer su espalda.
-¿Dónde estás? -la voz de Esteban era tajante.
-En la comisaría del Distrito Central.
-Entendido.
Esteban se volvió hacia Lorenzo.
-Tienes diez minutos para llegar a la comisaría del Distrito Central.
Los ojos de Lorenzo se abrieron como platos. Media hora era el tiempo mínimo para llegar allí, especialmente durante la hora pico. Pero la orden de Esteban no admitía discusión.
Lorenzo tomó cada atajo que conocía, ignoró semáforos cuando pudo, y rebasó el límite de velocidad más veces de las que podía contar. Las maldiciones de otros conductores los siguieron todo el camino, pero cumplió la orden: diez minutos exactos.
En la sala de interrogatorios, el detective golpeaba rítmicamente su pluma contra el escritorio.
-Si envenenaste a alguien, más vale que confieses qué usaste.
Isabel mantenía su postura erguida, su rostro una máscara de indiferencia.
-Esperaré a mi hermano.
Llevaba veinte minutos repitiendo la misma frase, sin importar cómo la presionaran. El interrogador finalmente perdió la paciencia, arrojando la pluma contra el escritorio con un golpe seco.
-¡Me importa un carajo si viene el mismo diablo! Vas a hablar ahorita mismo. ¡A la chingada tu hermano!
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió de golpe.