Capítulo 109
Carmen golpeó el barandal de la cama del hospital, su rostro contorsionado por la furia mientras escuchaba el reporte de Valerio. Durante diez minutos, sus palabras resonaron por los pasillos del hospital.
-¡Qué vergüenza para nuestra familia! -sus nudillos se tornaron blancos por la fuerza con que se aferraba al metal-. ¿Cómo pude traer al mundo a alguien que solo mancha nuestro nombre?
Las luces fluorescentes del hospital acentuaban la palidez de su rostro mientras se paseaba por la habitación como una fiera enjaulada.
-Tenemos que mandarla lejos de aquí, cueste lo que cueste su voz temblaba de rabia contenida-. No podemos permitir que se quede en Puerto San Rafael.
El pensamiento la atormentaba: si las señoras de la alta sociedad se enteraban de que Isabel se había rebajado a exhibirse por unos cuantos proyectos… ¿Qué sería del prestigio de la familia Galindo?
Iris, recostada en la cama del hospital, jugaba distraídamente con un mechón de su cabello mientras procesaba la noticia de que Isabel hubiera salido tan rápido de la estación de policía. La sorpresa inicial dio paso a una sonrisa calculadora. “Así que te subestimamos, Isabel… Creímos que solo tenías a Sebastián, pero veo que guardabas un as bajo la manga.” Sus dedos se enredaron con más fuerza en su cabello mientras su mente trabajaba. No importaba quién fuera este nuevo protector; en Puerto San Rafael, Isabel no conservaría nada que ella deseara.
Carmen se llevó una mano al pecho, su respiración agitada.
-¡Estoy que me lleva el diablo! -el monitor cardíaco de Iris repiqueteaba como fondo a su furia.
Sebastián, de pie junto a la ventana, apretaba y aflojaba la mandíbula mientras su mente daba vueltas. ¿Quién había sido? ¿Mathieu? ¿O acaso ese tipo de los Apartamentos Petit?
…
Ajena a la tormenta que se desataba en el hospital, Isabel acababa de salir de la ducha cuando su celular vibró con una llamada de Paulina.
-Isa, tengo que contarte algo la voz de su amiga sonaba preocupada-. Me enteré de que Sebastián y Valerio están moviendo sus influencias para cerrar tu estudio. Hasta mi mamá recibió órdenes explícitas de no trabajar contigo. Me pidió que te avisara.
Isabel se sentó en el borde de la cama, una gota de agua resbalando por su cuello. “¿Así que ahora van a dar la cara? Antes operaban desde las sombras…” Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga. “¿Tanto poder tiene Iris sobre ellos?”
-Dale las gracias a tu mamá de mi parte su voz sonaba tranquila-. Dile que no se preocupe, tengo varios proyectos en puerta.
Capítulo 109
-Te consiguió un proyecto increíble.
Isabel sonrió, sabiendo que Paulina probablemente envidiaba esa relación con su madre.
-Entonces dile que se lo agradezco mucho.
-No hay de qué -Paulina hizo una pausa-. ¿Necesitas ayuda con algo? Aunque supongo que no, teniendo a tu hermano para ponerlos en su lugar.
En otro tiempo, Paulina se habría preocupado genuinamente por la capacidad de Isabel para enfrentar a la familia Galindo. Pero ahora, con un hermano tan poderoso, sabía que bastarían minutos para acabar con ellos.
-No necesito a mi hermano para esto -Isabel se recostó en la cama-. Ya tengo un plan.
-Si mi hermano interviniera, los destruiría en un segundo. ¿Dónde estaría la diversión en eso?
-Tienes razón -Paulina soltó una risita-. Para gente como Iris hay que ir poco a poco. Matarla del susto rápido sería demasiado piadoso.
La despreocupación en la voz de Isabel tranquilizó a Paulina. Siguieron platicando un rato más antes de colgar. Apenas había dejado el teléfono cuando este volvió a sonar, mostrando un
número desconocido.
Esta vez, Isabel decidió contestar.
-¿Bueno?
-¿Fue Mathieu quien te sacó, o ese otro tipo?
La furia en la voz de Sebastián era palpable. Isabel contuvo una sonrisa, entendiendo su frustración. Era lógico: él, Valerio y Carmen habían querido hacerla pagar por lo de Iris, y ahora sus planes se habían derrumbado como un castillo de naipes.
Una risa suave escapó de sus labios.
-¿De verdad importa quién fue? Lo único relevante es que no fuiste tú… cabrón.
Esas últimas palabras se clavaron como agujas en los oídos de Sebastián. Isabel pudo imaginar perfectamente cómo apretaba la mandíbula, como siempre hacía cuando perdía el control.
-¿Qué pasó contigo, Isabel? -su voz atravesó la línea cortante-. ¿Te hace sentir mejor caer tan bajo?
-¿Y qué tal sí me guardara pura y casta solo para ti? -el sarcasmo goteaba de cada palabra-, ¡Como si lo merecieras!
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