Capítulo 118
Valerio observó las marcas de la pelea en el rostro de aquel hombre, evidencia clara del enfrentamiento reciente. Un pensamiento cruzó su mente mientras procesaba la escena frente
a él.
“¿Ya se fue?” La pregunta quedó flotando en el aire, mezclándose con los gemidos lastimeros de Iris que resonaban por todo el pasillo del hospital. A su lado, Carmen intentaba consolarla sin éxito, sus palabras de consuelo perdiéndose entre los quejidos de su hija.
Valerio frunció el ceño, incapaz de comprender la situación. “¿Sebastián ni siquiera va a entrar a verla?”
El auto de Lorenzo se detuvo frente a Torre Orion. Isabel descendió con elegancia, ajustándose el blazer mientras escuchaba las palabras de su guardaespaldas.
-Tengo algunos pendientes que atender hoy -Lorenzo tamborileó suavemente sobre el volante. Solo podré acompañarte a la hora de la cena.
Isabel asintió levemente.
-No hay problema.
Lorenzo observó la figura de Isabel alejarse con pasos firmes hacia el edificio. Sacó su teléfono y marcó un número que conocía de memoria.
-Jefe.
La voz profunda de Esteban resonó al otro lado de la línea.
-¿Viste a Montserrat?
-Si–Lorenzo apretó ligeramente el teléfono. Pero nos encontramos con la familia Galindo y con Sebastián.
El silencio que siguió fue abrumador. Lorenzo casi podía sentir la tensión emanando a través
de la línea telefónica.
-¿Así que Sebastián tiene mucho tiempo libre últimamente? -el tono mordaz de Esteban cortaba como una navaja.
-Toda la familia Galindo parece tener demasiado tiempo libre -Lorenzo continuó-. Se la pasan revoloteando alrededor de esa mujer. Han contratado equipos completos de especialistas, y algunos hasta hacen guardia personal. Sebastián en particular, no se despega del hospital.
-¿Cómo reaccionó Isa? -la voz de Esteban se tornó aún más fría, si eso era posible.
-La señorita ni se inmutó. Parece que esa gente ya no significa nada para ella.
La tensión en la línea se disipó notablemente. Esteban emitió un suave “hm” de satisfacción que, aunque breve, no pasó desapercibido para Lorenzo.
-Pero… Lorenzo dudó por un momento- Sebastián y los Galindo están planeando un secuestro.
El aire volvió a congelarse instantáneamente.
Isabel levantó la vista de sus documentos cuando la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Sebastián entró como una tormenta, su rostro contraído en una mueca de disgusto. Isabel sintió cómo su propia irritación comenzaba a burbujear.
-¿Ahora qué? -sus dedos tamborilearon sobre el escritorio. ¿Ya ni siquiera sabes que hay que avisar antes de venir? El tiempo de los demás vale, ¿sabes?
La mandíbula de Sebastián se tensó visiblemente, la vena de su sien palpitando con cada palabra.
-¿Y cuánta gente puede contactarte por teléfono estos días? -escupió las palabras como
veneno.
Isabel tomó con deliberada lentitud un sorbo de agua de su vaso, dejando que el silencio se estirara.
-Si no pueden contactarme, pues que no lo hagan -su voz sonaba despreocupada-. Al final, hay relaciones que no vale la pena mantener a fuerzas.
-¿Relaciones que no valen la pena? -Sebastián dio un paso al frente, sus puños cerrados-. ¿Entonces con quién si valen la pena? ¿Con esos tipos?
Su rostro se oscureció aún más mientras las palabras brotaban como un torrente incontrolable. -¿Qué es eso de que te llamen “señorita“? -su voz destilaba desprecio-. ¿Qué clase de señorita eres? ¿De algún table dance? ¿Acabas de conocer a ese tipo? ¿Ni siquiera sabe tu apellido?
Isabel sintió cómo la rabia subía por su garganta mientras Sebastián continuaba su diatriba.
-¿Con qué dinero abriste este estudio? ¿De dónde lo sacaste?
Sin pensarlo dos veces, Isabel levantó el vaso de agua helada y lo arrojó directamente al rostro de Sebastián. El impacto del líquido frío pareció sacarlo de su frenesí, como si lo hubieran despertado de una pesadilla. El agua goteaba por su rostro mientras la razón regresaba lentamente a sus ojos.