Capítulo 119
El agua goteaba por el rostro de Sebastián, mezclándose con el odio que destilaba su mirada. Isabel lo observaba con una calma gélida, sus ojos fijos en él como dagas. Sus labios se curvaron en una sonrisa despectiva.
-¿Ya se te bajó la borrachera? -arqueó una ceja-. Si no, puedo traer otro balde de agua.
La vena en la sien de Sebastián palpitaba visiblemente. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos.
-Tú… -la palabra salió como un gruñido entre sus dientes apretados.
Isabel se recargó en su silla, adoptando una postura deliberadamente relajada que contrastaba con la tensión en el ambiente.
-¿Una chica de table dance? -soltó una risa seca-. Sebastián, con ese cerebrito tuyo, ahora me pregunto si de verdad has estado manejando el Grupo Bernard, o solo le has estado maquillando las pérdidas a tus tíos.
-¿De qué diablos estás hablando? -Sebastián dio un paso al frente, amenazante.
-Con esa capacidad intelectual tan… limitada -Isabel hizo una pausa calculada-, ¿de verdad crees que podrías manejar una empresa? ¿O solo te dedicas a engañar a tus tíos?
La insinuación era clara como el cristal: Sebastián era un incompetente. Un títere en traje caro.
El rostro de Sebastián enrojeció de furia. La humillación le quemaba en las entrañas.
-¡Tú, maldita…!
-¿Tú? ¿Vienes a mi oficina sin derecho alguno, me insultas, y todavía crees que puedes reclamarme algo? -Isabel se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando peligrosamente-. ¿No te ha quedado claro cómo están las cosas?
El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión.
-¿Qué cosas? -la voz de Sebastián temblaba de rabia contenida.
-Primera -Isabel levantó un dedo con elegancia deliberada-, yo te dejé. Todo Puerto San Rafael lo sabe perfectamente.
Sebastián apretó la mandíbula hasta que le dolió.
-Segunda otro dedo se unió al primero-, Mathieu y Andrea siguen rogándome, ¿no?
La mención de esos nombres fue como echar gasolina al fuego. “Dos médicos prestigiosos… ¿cómo se atreven a poner la vida de alguien en manos de esta mujer?“, pensó Sebastián, la bilis subiéndole por la garganta.
-¿Entonces qué? -Isabel se levantó lentamente-. ¿Me ruegan por un lado, me insultan por otro y encima me amenazan?
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Capítulo 119
El recuerdo de Carmen y Valerio en el hospital, susurrando planes de secuestro, hizo que sus ojos brillaran con un destello peligroso.
La furia inicial de Sebastián se había transformado en una mezcla tóxica de miedo y dolor. La realidad lo golpeó como una bofetada: ella hablaba en serio sobre terminar su compromiso. Era real.
El nudo en su pecho se apretó hasta casi asfixiarlo.
-Entonces dime -su voz salió ronca, casi suplicante, ¿qué tienes que ver con ese tipo del hospital? ¿Por qué te llamó “señorita“? ¿Qué clase de “señorita” eres?
Los labios de Isabel se curvaron en una sonrisa cruel.
-¿Y por qué tendría que darte explicaciones?
El silencio que siguió fue punzante.
-¿No fui lo suficientemente clara antes? -ladeó la cabeza-. ¿O necesitas que te lo explique con dibujitos?
“Es increíble que alguien tan incompetente esté al frente del Grupo Bernard“, pensó Isabel. La duda se instaló en su mente: ¿cuántos desastres financieros estaría ocultando bajo esa fachada de éxito?
Sebastián la miraba con ojos furiosos, ignorando deliberadamente su sarcasmo.
-Te lo preguntaré de otra forma -su voz se volvió amenazante-. ¿Por qué vives en Chalet Eco del Bosque? ¿Quién es el dueño?
-¿Tanto te interesa saberlo? -Isabel se inclinó hacia adelante-. ¿O solo quieres comprarlo para el tratamiento de Iris?
Aunque lo dijo como una broma, un escalofrío le recorrió la espalda. La idea de que su casa fuera codiciada por alguien enfermo le provocaba una sensación de mal augurio.
-¿Es Mathieu? -Sebastián comenzó a enumerar, la voz cargada de veneno-. ¿O el tipo de los Apartamentos Petit? ¿O tal vez… el hombre del hospital?
Cada pregunta era una bofetada, cada insinuación una puñalada a su dignidad. Isabel sintió cómo su último vestigio de paciencia se desvanecía como humo en el aire.
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