Capítulo 12
Iris permanecía inmóvil en lo alto de la escalera, su tobillo visiblemente inflamado bajo la tela de sus medias de seda. El eco de los elogios de Patricio hacia Isabel resonaba en sus oídos, y por un momento, un destello cruzó su mirada, transformando sus delicadas facciones. Sus dedos se crisparon ligeramente sobre el pasamanos mientras digería la amarga ironía:
después de todo, Isabel era la hija biológica…
El reloj marcaba las once de la noche cuando Patricio atravesó el vestíbulo de los Apartamentos Petit. La tensión se acumulaba en sus hombros mientras el elevador ascendía en silencio. Al llegar al apartamento de Isabel, se hundió en el sofá de cuero, observando a su hija biológica con una mezcla de frustración y desconcierto. No había reproche en su mirada por las llamadas sin contestar, solo una inquietud mal disimulada.
Isabel se movía por la sala con movimientos precisos y controlados, la jarra de agua tintineando suavemente contra el cristal mientras servía. Su rostro permanecía impasible, una máscara perfecta de indiferencia que había perfeccionado durante años.
Se pasó la mano por el cabello, un gesto de impaciencia apenas contenida.
-Ya deja eso y siéntate de una vez -murmuró Patricio, su voz traicionando su incomodidad.
El peso de los años perdidos se hacía presente en cada silencio. ¿Cómo tratar con una hija que era prácticamente una extraña? Las palabras se atoraban en su garganta mientras Isabel tomaba asiento frente a él, su postura erguida y defensiva.
Patricio entrelazó los dedos sobre sus rodillas, buscando las palabras correctas.
-¿Otra vez problemas con Iris?
Isabel esbozó una sonrisa sin humor, sus ojos brillando con un destello de desafío.
-¿También vienes a sermonearme?
La amargura en su voz era palpable. Desde su llegada a la familia Galindo, los reproches se habían convertido en el pan de cada día.
Patricio exhaló pesadamente.
-¿Por ella terminaste con Sebastián?
El silencio de Isabel fue su única respuesta mientras llevaba el vaso a sus labios. Sus años en la familia Galindo le habían enseñado a mantener sus secretos cerca del pecho. La confianza era un lujo que no podía permitirse con ellos.
La impotencia se reflejaba en el rostro de Patricio. No era de extrañar que Carmen perdiera la paciencia tan fácilmente; esta muchacha había construido murallas impenetrables alrededor de su corazón.
-No te alteres por ella -intentó conciliar-. Solo vino a una consulta médica. Sebastián la
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acompañó al hospital, ya hablé con tu madre. Esto no se repetirá.
Isabel dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco, sus ojos encontrándose con los de Patricio.
-Lo que hagan después no es asunto mío. No tenías que venir a esta hora a darme explicaciones.
-¿Cómo que no es tu asunto? -La frustración teñía su voz-. Isa, el matrimonio no es un juego. Tú y Sebastián ya habían dado todos los pasos, no hay marcha atrás.
“El hazmerreír de toda la familia Galindo“, las palabras no dichas flotaban en el aire entre ellos.
-Precisamente porque no es un juego -respondió Isabel con voz firme-, ahora que veo las cosas con claridad, no tengo por qué seguir con esta farsa.
-Pero tú y Sebastián…
-Te preocupa el ridículo, ¿verdad? -Lo interrumpió Isabel, sus palabras afiladas como cuchillos-. Eso tiene fácil solución.
El color abandonó el rostro de Patricio.
-¿Qué solución?
Isabel lo miró directamente, sus ojos brillando con determinación.
-Simple: anuncien que se equivocaron, que no soy su hija, y asunto arreglado.
-¡Estás loca! -La voz de Patricio se elevó, el pánico evidentemente en su tono.
Un escándalo así no solo no resolvería el problema del ridículo; lo magnificaría exponencialmente. La idea de que su hija quisiera no solo cancelar la boda sino también renegar de la familia Galindo lo dejó momentáneamente sin palabras.
Isabel mantuvo su postura, imperturbable.
-De cualquier forma, lo mío con Sebastián es imposible.
-¿Y sin él qué? ¿Con quién te vas a casar? -La desesperación se filtraba en su voz-. La boda es en una semana. Con este escándalo con los Bernard, nadie en Puerto San Rafael se atrevería a pretenderte. Además, están tus sentimientos por Sebastián…
Una sonrisa cargada de ironía curvó los labios de Isabel.
-Veo que no estás enterado -Su voz destilaba sarcasmo-. Esta mañana Sebastián me informó que, debido al regreso de Iris, nuestra boda tendría que posponerse.
-¿Qué? -La sorpresa genuina en el rostro de Patricio confirmaba su ignorancia sobre el
asunto.
Isabel se inclinó hacia adelante, sus palabras cargadas de veneno.
-¿Así que por la dependencia de los Galindo hacia los Bernard, ustedes renuncian a su
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dignidad y esperan que yo haga lo mismo?
El silencio que siguió fue ensordecedor. La palabra “dignidad” flotaba en el aire como una acusación, tiñendo el rostro de Patricio de un gris enfermizo. La verdad tras las palabras de Isabel era innegable: en los últimos años, el imperio Galindo se había convertido en poco más que un satélite de los Bernard.
-Ese muchacho… -comenzó Patricio, pero Isabel lo cortó de inmediato.
-Ya lo dije: lo de Sebastián y yo se acabó. No hay vuelta atrás.
La firmeza en su voz era inquebrantable.
La furia finalmente estalló en Patricio.
-¿Cómo que no hay vuelta atrás? ¡No acepto la cancelación del compromiso! -La desesperación teñía cada palabra. Si enfurecían a los Bernard, los días de gloria de los Galindo
estaban contados.
A pesar del interés de Sebastián por Iris, la familia Bernard se oponía firmemente. Patricio había experimentado de primera mano sus tácticas hace dos años… Incluso si lograban sacar ventaja momentánea de Sebastián, los ancianos Bernard terminarían destruyéndolos.
-Voy a negociar esto con los Bernard -declaró con firmeza-. Deja de comportarte como una niña caprichosa.
Isabel se levantó en silencio y se dirigió a la puerta, abriéndola de golpe. El mensaje era claro: la conversación había terminado.
La sangre de Patricio hervía ante tal desplante.
-Ya te desquitaste, ya humillaste a Sebastián. ¿Qué más quieres? -Su voz temblaba de rabia-. Por cierto, ya le dije a tu madre que reactive tu tarjeta. Llamará al banco mañana.
-¡Te digo que lo de Sebastián no va a pasar! -La voz de Isabel resonó con finalidad.
La misma respuesta obstinada. Patricio sentía la ira ascender por su garganta como bilis.
-Isa… -Las palabras se le atoraron en la garganta mientras la furia lo consumía.
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