Capítulo 120
Isabel contempló el vaso vacío en su mano, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro. Sus nudillos se tornaron blancos mientras sus dedos se tensaban alrededor del cristal. No era suficiente. Un simple vaso de agua no bastaba para expresar la magnitud de su desprecio hacia Sebastián.
Con un golpe seco que resonó por toda la oficina, depositó el vaso sobre el escritorio. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no auguraba nada bueno.
-Espérame aquí.
Se incorporó con deliberada lentitud, cada movimiento destilando una calma que contradecía la tormenta que rugía en su interior. Sus tacones marcaron un ritmo amenazador contra el piso mientras se dirigía hacia la puerta.
Sebastián frunció el ceño, siguiendo con la mirada cada uno de sus movimientos. Una vena palpitaba en su sien, pero su arrogancia le impedía ver lo que estaba por venir. “Seguramente necesita tiempo para calmarse“, pensó, ajustándose la corbata con un gesto nervioso. “Volverá arrastrándose con una disculpa“. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro mientras se reclinaba en el sillón de cuero.
Marina levantó la vista de su escritorio al escuchar los pasos decididos de Isabel.
-Jefa -la llamó con preocupación al ver la expresión en su rostro.
Isabel no se detuvo. Se dirigió directamente al baño, donde el cubo de la limpieza esperaba, rebosante de agua turbia. Sus dedos se cerraron alrededor del asa con determinación.
Marina se apresuró hacia ella, reconociendo el brillo peligroso en sus ojos.
-Jefa, por favor, déjeme ayudarle con eso -suplicó, sabiendo perfectamente que esa agua sucia de trapear no debería usarse para lo que Isabel tenía en mente.
Isabel esbozó una sonrisa que heló la sangre de su asistente.
-No te preocupes, puedo manejarlo sola.
Marina se quedó paralizada, observando cómo su jefa regresaba a la oficina con paso firme y el cubo balanceándose peligrosamente en su mano.
…
Sebastián alzó la vista cuando la puerta se abrió de golpe. Su sonrisa condescendiente se congeló al ver el cubo en las manos de Isabel.
-¿Ya te calmas…? -Las palabras murieron en su garganta.
El agua sucia lo golpeó como una bofetada helada. El líquido se deslizó por su traje italiano de
diseñador, empapando cada centímetro de tela. Un hedor nauseabundo invadió sus fosas
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Capitulo 120
nasales mientras gotas turbias escurrían por su rostro contraído por la furia.
El cubo metálico impactó contra el suelo con un estruendo ensordecedor.
-¡ISABEL! -rugió Sebastián, su voz temblando de rabia mientras se limpiaba frenéticamente la
cara con movimientos bruscos.
Isabel se cruzó de brazos, una postura que irradiaba satisfacción y desafío. Sus ojos brillaban con un placer casi felino al ver a Sebastián reducido a ese estado patético.
-¿Ahora sí te quedó claro? ¿O necesitas que te lo explique con más detalle?
La mirada de Sebastián podría haber derretido acero. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos crujieron, mientras el agua sucia continuaba goteando de su cabello perfectamente peinado.
Isabel inclinó ligeramente la cabeza, su voz destilando veneno.
-¿Todavía hay algo que no entiendas? La próxima vez no será agua fría… será hirviendo.
Sebastián se levantó de golpe, su cuerpo temblando de furia. El poder y la autoridad que siempre lo habían definido parecían emanar de él en oleadas.
-¡Parece que no quieres seguir con tu estudio!
Una amenaza que habría hecho temblar a cualquiera. Pero Isabel permaneció impasible, sus labios curvándose en una sonrisa desdeñosa.
-Eso será después de que logres cerrar este lugar.
El choque de voluntades era casi palpable en el aire. La autoridad de Sebastián, construida sobre años de privilegio y poder familiar, se estrellaba contra el muro inquebrantable de la determinación de Isabel.
-¡Ya verás! -escupió Sebastián antes de dar media vuelta y salir como una tormenta de la oficina.
Isabel soltó un chasquido de desprecio que resonó en el silencio que siguió. Su desprecio era tan tangible que casi podía tocarse.
Sebastián sintió ese sonido como un latigazo en la espalda. La humillación y la rabia se mezclaban en su interior mientras se alejaba, jurándose que no descansaría hasta ver a Isabel destruida.
El eco de sus pasos furiosos se perdió en el pasillo, pero la satisfacción de Isabel permaneció, flotando en el aire como el aroma del triunfo.
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