Capítulo 123
El aire en la oficina se había vuelto tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Isabel permanecía inmóvil, sus ojos fijos en la espalda de Esteban, mientras un escalofrío le recorría la columna. La tensión entre los dos hombres era palpable, sus miradas cargadas de hostilidad apenas contenida.
Sebastián apretó la mandíbula antes de hablar, cada palabra destilando veneno.
-¿Tienes idea de cómo es ella en realidad? ¿Vas a hacerte de la vista gorda con todo lo que hace?
El comentario cayó como una piedra en aguas tranquilas. En cualquier otra ocasión, Isabel habría saltado a la defensiva, pero ahora solo podía observar la figura imponente de Esteban, conteniendo la respiración. Este momento, esta conversación que siempre había evitado, finalmente estaba sucediendo.
“También necesito saber“, pensó Isabel, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
Los músculos en la espalda de Esteban se tensaron visiblemente.
-¿A qué te refieres exactamente? -su voz era seca como la arena.
Sebastián esbozó una sonrisa torcida.
-No solo te tiene a ti. También está comprometida conmigo. ¿Eso no te quita el sueño?
-¿A ti sí?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sebastián apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. La rabia le quemaba por dentro, alimentada por cada segundo que pasaba viendo la familiaridad entre Isabel y Esteban.
La mirada de Esteban se tornó aún más gélida ante el silencio de Sebastián.
-¿Te molesta o no?
Los labios de Sebastián formaron una línea tensa. Esteban entrecerró los ojos, un gesto que hizo que Isabel contuviera el aliento.
-Un pretendiente en el hospital, otro obsesionado con el pasado… -Esteban dejó escapar una risa sin humor-. Sebastián, la avaricia no te sienta bien.
La respiración de Sebastián se volvió pesada, su rostro contorsionándose de furia. No esperaba que este hombre le devolviera el golpe con tanto sarcasmo. “¿Está diciendo que no le importa? ¿Que Isabel no significa nada para él?”
Antes de que Sebastián pudiera replicar, Isabel dio un paso al frente.
-¿Me esperas tantito? Luego podemos ir por una barbacoa.
Esteban arqueó una ceja, un gesto que Isabel conocía demasiado bien.
Capitulo
-¿Desde cuándo te permito comer barbacoa?
Isabel contuvo un suspiro de frustración. “Con este señor aquí, jamás volveré a probar una barbacoa en mi vida.”
-Entonces… ¿me esperas y me llevas a comer otra cosa?
Por toda respuesta, Esteban se dirigió al sofá más cercano y tomó asiento con elegancia estudiada.
Isabel se acercó a Sebastián, cuyo rostro se había oscurecido como un cielo antes de la
tormenta,
-Ven, te acompaño a la salida, señor Bernard.
La formalidad en su voz era como una bofetada. Sebastián la fulminó con la mirada antes de dirigir una última mirada cargada de significado hacia Esteban.
Isabel frunció el ceño.
-¿Qué pasa? ¿O prefieres seguir cojeando con esos brazos y piernas maltrechos?
La expresión de Sebastián se ensombreció aún más, pero su mirada se detuvo en el arma que asomaba del cinturón de Esteban. Con un gruñido de frustración, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la salida.
“¿Quién diablos es este tipo?“, la pregunta ardía en su mente mientras bajaban. “¿Por qué lleva un arma en Puerto San Rafael?”
Ya en la entrada del edificio, Sebastián se detuvo. Sus labios se movieron varias veces, tragándose las acusaciones que amenazaban con escapar. Finalmente, su voz sonó firme y decidida.
-Aléjate de todos ellos. Cásate conmigo.
Isabel alzó una ceja, genuinamente desconcertada por este nuevo giro.
-¿Casarnos? ¿Y eso por qué?
El rostro de Sebastián enrojeció de ira.
-¿Por qué preguntas tanto? Eres mi prometida. Casarme contigo es mi deber.
Isabel no pudo contener un chasquido de lengua despectivo.
-Ni creas que te voy a dar el gusto, estás soñando con los ojos abiertos, inútil.