Capítulo 124
La comprensión golpeó a Sebastián como un rayo, sus ojos abriéndose con furia repentina.
-¡lsabel!
La rabia le nublaba el pensamiento. “¿No era esto lo que ella quería? ¿No eran todas sus acciones para doblegarme?” Pero la verdad lo golpeó con fuerza: Isabel no estaba jugando, nunca había estado jugando.
Sus nudillos se tornaron blancos mientras apretaba los puños.
-Piénsalo bien. Ninguno de esos hombres se va a casar contigo. ¿Quieres vivir así toda tu vida, rebajándote?
Isabel arqueó una ceja, un gesto cargado de desprecio.
-Prefiero estar “rebajada” pero viva. Mejor preocupate por tu adorada Iris, a ver si la pobrecita
enferma sobrevive.
El silencio que siguió fue denso, pesado. Isabel soltó una risa seca antes de continuar.
-¡Nomás a ti se te ocurre! Tienes la cabeza tan dura que ni con agua hirviendo se te afloja.
Giró sobre sus talones para marcharse, pero se detuvo. Sin voltear, dejó caer las palabras como dagas.
-Ah, y ni creas que me voy a casar contigo. Tú no eres lo que busco.
“¿Quedó lo suficientemente claro?“, pensó mientras se alejaba. “Si con esto no entiende, entonces su cabeza está más dura que una piedra.”
Sebastián temblaba de ira mientras la veía alejarse, su figura recortándose contra la luz del pasillo.
José Alejandro se acercó con cautela.
-Señor…
La respiración de Sebastián era pesada, entrecortada.
-¿Crees que quiere casarse con el dueño del Chalet Eco del Bosque?
José Alejandro guardó silencio. Después de todo, ella ya vivía allí. Si quisiera casarse, ¿qué se lo impediría? Isabel había dado un paso que muchas mujeres no se atreverían a dar.
Ante el silencio de su asistente, Sebastián soltó una risa amarga.
-¿El dueño del Chalet Eco del Bosque se fijaría en alguien como ella?
A pesar de que Isabel era la verdadera heredera de los Galindo, había algo en el dueño del
Chalet que no cuadraba. Su identidad… ¿Quién podría ser? ¿Tal vez el hombre que estaba en la
oficina de Isabel? Los pensamientos se arremolinaban en su mente como hojas en una
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tormenta.
José Alejandro carraspeó suavemente.
-Mejor lo llevo a que se cambie, señor.
El hedor del agua sucia seguía emanando de su traje empapado. “Esta señorita Allende“, pensó José Alejandro, “es de armas tomar, ni Dios lo aguanta.”
Isabel regresó a su oficina con paso firme. Marina se apresuró a recibirla.
-Jefa, le preparé un café.
-Gracias.
Isabel entró directamente, consciente de las miradas curiosas de sus empleados que se asomaban por la puerta. No les pasó desapercibido que el hombre dentro de la oficina era aún más apuesto que Sebastián Bernard, con un aire de autoridad que llenaba la habitación.
Esteban sostenía la taza de café con un ligero gesto de disgusto. El sabor no era lo suficientemente puro para su gusto refinado. Alzó la vista al escuchar sus pasos, y esos ojos profundos como pozos oscuros la atraparon, amenazando con absorberla por completo.
Isabel se acercó, su voz transformándose en un tono dulce y juguetón.
-Hermanito.
En un movimiento fluido, Esteban dejó la taza y la atrajo hacia sí. Desde las rendijas de la ventana, Marina y los demás contuvieron el aliento al ver a su jefa caer en los brazos de aquel
hombre misterioso.
“Con razón dejó al señor Bernard“, pensaban. “¡Este hombre es otra cosa!” Les alegraba ver que su jefa había encontrado algo mejor que Sebastián y su obsesión con la “enfermiza” de Iris.
Dentro de la oficina, Isabel se aferraba al cuello de Esteban, una mezcla de sorpresa y tristeza
en sus ojos.
-¿Por qué hiciste eso?
¿Cuántas veces tenía que recordarle que ya no era una niña? Además, el hecho de que él no recordara nada de aquella noche la enfurecía más que cualquier otra cosa.
-¿Así que quiere casarse contigo? -la voz de Esteban era suave pero penetrante.
Isabel soltó un suspiro exasperado.
-A ese le pueden vender cualquier cosa. Es más terco que una mula.
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