Capítulo 139
Isabel apretó los labios, conteniendo la irritación que amenazaba con desbordarla. Las preguntas de Ander sobre su familia le provocaban un cosquilleo de rabia en la nuca. Un recuerdo amargo se deslizó por su mente: el día que tuvo que alejarse de los Allende, todo por las manipulaciones de los Méndez, que no dudaron en usar a su madre adoptiva y a Esteban como peones en su juego de poder.
“Yo me fui para proteger a Esteban“, pensó, mientras sus dedos tamborileaban sobre la mesa. “¿Cómo pueden siquiera compararme con Iris? Esa arpía que solo busca sangrar a los Galindo hasta la última gota.”
El dolor de recordar a Vanesa, su hermana del alma, le atravesó el pecho como una daga. Habían sido inseparables desde niñas, compartiendo secretos y sueños bajo el amparo del apellido Allende. Para Esteban, ella siempre había sido su mayor tesoro, y para Vanesa, la hermana que el destino les había regalado.
Ander se pasó la mano por el rostro, claramente incómodo. Sus sienes palpitaban por la tensión del momento.
Un suspiro exasperado escapó de los labios de Isabel.
-Señor Vázquez, en vez de perder el tiempo investigándome, debería preocuparse porque mi hermano realmente confíe en usted–su voz destilaba un dejo de ironía.
La inquietud de Ander era palpable.
-Pero investigué y… tu hermano… te adora… -balbuceó, tropezando con sus propias palabras. Los ojos de Isabel relampaguearon con furia contenida.
-¿Con qué derecho investigas a nuestra familia? -su tono era mordaz.
El rostro de Ander palideció al darse cuenta de su error.
-No, no… yo solo… -tragó saliva con dificultad. La colaboración con tu hermano es muy importante para nosotros, solo quería entender mejor…
Isabel lo interrumpió con un gesto cortante.
-Ya te lo dije, nuestra casa no tiene atajos.
Cada vez que Isabel pronunciaba “nuestra casa“, Ander sentía con más claridad el abismo que separaba a los Allende de los Galindo. Puerto San Rafael bullía estos días con los intentos desesperados de los Galindo y Sebastián por cerrar el estudio de Isabel. La idea le provocó una sonrisa torcida. Ya no soportaba a Sebastián.
-Sebastián también quiere colaborar con tu hermano -comentó, estudiando la reacción de
Isabel.
Ella arqueó una ceja, un gesto que Ander ya había aprendido a temer.
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-La mina de la familia Allende… tanto los Vázquez como los Bernard la están vigilando de cerca añadió con cautela.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Isabel.
-No podrán mantenerla vigilada.
La certeza en su voz era aplastante. Lo que estuviera bajo el control de Esteban solo respondería a su voluntad. Nadie más podría dominarlo.
-Pero si tu hermano colabora con Sebastián… ¿no te molestaría? -intentó un acercamiento
más sutil.
-Aunque colaboren, no me llegaría ni al talón -respondió Isabel con desprecio. En su fuero interno, sabía que esa colaboración jamás ocurriría.
La desesperación se filtró en la voz de Ander.
-¿Podrías mostrarme un camino más claro? Esteban me está evitando directamente.
Isabel lo miró con atención, como evaluando qué tanto podía revelar.
-Si no hay asuntos personales de por medio, el problema debe estar en el contrato que le ofreciste.
-¿El contrato? -los ojos de Ander se abrieron con sorpresa.
-A diferencia de Sebastián, contigo no hay nada personal -explicó ella con calma.
-¿En serio?
-¿Qué ganaría mintiéndote?
Un destello de comprensión iluminó el rostro de Ander. De pronto, una cláusula específica del contrato cobró sentido en su mente. Siempre habían usado el mismo formato, sin cambios ni adaptaciones.
Se levantó de un salto, como si le hubieran puesto un resorte en el asiento.
-¡Qué idiota he sido! -exclamó, golpeándose la frente con la palma de la mano.
Isabel lo observó en silencio, con una mezcla de diversión y resignación.
-Gracias, me encargo de arreglarlo -se detuvo un momento, como dudando-. Por cierto, lo de Iris y Sebastián… ella una vez le salvó la vida.
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Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Isabel.
-Ni te molestes con eso de salvadores convertidos en amantes. Es caso perdido.
Mientras Ander se alejaba, satisfecho de haber obtenido una pista sobre el rechazo de Esteban, no pudo evitar preguntarse cuántos más secretos guardaba la familia Allende bajo su impenetrable fachada de poder y dignidad.
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