Capítulo 140
La tensión en el ambiente era casi palpable. Isabel mantenía una postura inflexible hacia Sebastián, y aunque había sido ella quien anunció la anulación de su compromiso por todo Puerto San Rafael, ¿quién podría realmente descifrar lo que ocultaba su corazón?
Ander se inclinó ligeramente sobre el escritorio, su rostro reflejando una seriedad poco común en él.
-No pierdas tu tiempo con Sebastián -sus palabras fueron tajantes-. Ese tipo de hombre… aunque al final consigas lo que quieres y termines casándote con él, la felicidad no te durará ni una vida entera.
Una arruga profunda se formó entre las cejas de Isabel mientras procesaba la revelación sobre Sebastián e Iris. Sus dedos tamborilearon inconscientemente sobre el escritorio.
-Gracias murmuró, su voz apenas audible.
Ander depositó con delicadeza una pequeña caja de terciopelo sobre el escritorio.
-Me voy. Quédate con esto -se incorporó con un movimiento fluido-. Ya que me tomé la molestia de traerlo personalmente, no tiene sentido llevármelo de vuelta.
Una sonrisa de autosuficiencia cruzó su rostro.
“Jamás en mi vida he recuperado un regalo que haya decidido dar“, pensó con orgullo mientras se dirigía a la puerta.
El destino tiene un sentido del humor peculiar. Al salir de la oficina de Isabel, Ander se encontró cara a cara con Sebastián, quien avanzaba por el pasillo con paso decidido a pesar de su cojera. El rostro de Sebastián se contrajo al ver a su rival emergiendo precisamente de aquella
oficina.
Los engranajes en la mente de Sebastián comenzaron a girar frenéticamente, alimentando sus peores sospechas.
Con un movimiento brusco, su mano se cerró como una garra alrededor de la muñeca de
Ander.
-¿Qué diablos haces aquí? -su voz destilaba veneno.
Los ojos de Ander brillaron con malicia mientras sus labios se curvaban en una sonrisa provocadora.
-¿Tú qué crees? -respondió, saboreando la confusión y la ira que se reflejaban en el rostro de
Sebastián.
La satisfacción de Ander creció al ver cómo Sebastián malinterpretaba por completo la situación. Con cualquier otra persona, quizás se habría tomado la molestia de aclarar el malentendido, pero con Sebastián… Ese hombre que siempre pensaba lo peor de Isabel no
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merecía ninguna explicación.
“No puedo esperar al día en que Esteban te haga pedazos“, pensó con deleite.
La actitud despreocupada de Ander solo sirvió para avivar la furia de Sebastián. Antes de que pudiera actuar, Ander lanzó su dardo envenenado:
-Tu mano todavía no está bien, y por lo que veo, tu pierna tampoco está en las mejores condiciones -sus ojos se posaron en el yeso que inmovilizaba la mano de Sebastián-. ¿Seguro que quieres provocarme? No quiero ser responsable si después no puedes ni caminar. La cara de Sebastián se contorsionó de rabia. El recordatorio de sus heridas solo aumentaba su frustración: la fractura que requeriría al menos un mes de yeso, la pierna que, aunque no gravemente herida, le causaba suficiente dolor como para alterar su andar.
-¿A qué viniste realmente? -las palabras salieron entre dientes apretados.
Los ojos de Ander brillaron con malicia.
-¿Y a ti qué te importa? -se encogió de hombros con estudiada indiferencia-. Ella ya le dijo a todo Puerto San Rafael que rompió el compromiso contigo. ¿O qué? ¿Necesito tu permiso para cortejarla?
Sebastián se quedó paralizado, la furia bullendo en su pecho como lava a punto de erupcionar.
Ander se liberó del agarre con un movimiento fluido y decidió no prolongar más la confrontación. Después de todo, estaban en territorio de Isabel, y si la situación escalaba… Bueno, si Esteban se enteraba de un altercado, el que terminaría en problemas sería él.
“Con la llegada de Esteban a Puerto San Rafael, los Bernard ya no pintan nada aquí“, reflexionó mientras se alejaba. “Mejor me concentro en asegurar ese contrato. Todavía hay esperanza. Una vez que tenga el favor de Esteban, Sebastián no será más que un mal recuerdo…”
Sebastián permaneció inmóvil en el pasillo, la cabeza dándole vueltas por la rabia y los celos.
“¿Qué demonios tiene que ver Isabel con Ander?“, la pregunta lo carcomía por dentro mientras recordaba cómo el Grupo Vázquez había florecido bajo el liderazgo de su rival.
Marina intentó interponerse en el camino de Sebastián con toda la determinación que pudo reunir, pero él la apartó como si fuera una molestia insignificante. Isabel había sido clara: no queria verlo. La impotencia de no poder cumplir con su deber enfureció tanto a Marina que consideró seriamente llamar a la policía.
La puerta de la oficina se abrió de golpe, el estruendo reverberando por toda la habitación.
Isabel acababa de abrir la caja de terciopelo que Ander había dejado. Un diamante deslumbrante capturó la luz, enviando destellos por toda la oficina. Antes de que pudiera procesar lo que significaba, Sebastián irrumpió como un huracán enfurecido.
Sus ojos se clavaron inmediatamente en el anillo, y por un momento, el tiempo pareció
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detenerse.
-¿Te lo dio Ander? -su voz temblaba de rabia contenida.
La idea se clavó en su mente como una astilla envenenada: ¿Ander había venido a proponerle
matrimonio?
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