Capítulo 158
Las palabras de Isabel estaban cargadas, de desesperación por convencerlo. La sola idea de que Esteban pudiera dudar de ella le provocaba un nudo en el estómago.
Los ojos penetrantes de su hermano la estudiaban con intensidad, buscando cualquier señal de engaño. Isabel sentía que le faltaba el aire bajo ese escrutinio. “¿Cómo puede dudar? Debería saber que jamás tendría algo que ver con Ander“, pensó, mientras su pie golpeaba nerviosamente contra el suelo.
El brazo de Esteban, que descansaba sobre su cintura, se tensó imperceptiblemente, apretando su agarre.
-¿No me crees? -La voz de Isabel se quebró ligeramente, revelando su vulnerabilidad.
-Te creo.
Por supuesto que creía en su Isa. Era Ander quien… La mirada de Esteban se desvió hacia el bote de basura, donde yacía la caja del anillo, y su mirada se volvió implacable.
Isabel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus hombros se relajaron visiblemente cuando Esteban aflojó su agarre.
-¿Qué haces aquí a esta hora? -preguntó, intentando cambiar de tema.
-Solo pasaba a ver cómo estabas.
-Ajá… -Isabel contuvo una sonrisa. El todopoderoso Esteban Allende, con miles de compromisos ‘diarios, “solo pasando a ver“. Sus pobres asistentes debían estar vueltos locos reorganizando su agenda.
Esteban guardó silencio, pero Isabel sabía que estaba al tanto del desmayo de Carmen y la llegada de Valerio. Los Galindo nunca la habían considerado parte de su familia, y probablemente hasta serían capaces de desearle la muerte a su hija adoptiva.
Por la tarde, Esteban permaneció en la oficina de Isabel mientras ella atendía dos reuniones. Todo el personal del estudio la trataba con un respeto reverencial que no pasó desapercibido para él.
Al regresar a su oficina, Isabel se encontró con la mirada intensa y cargada de adoración de su hermano. De inmediato, su máscara profesional se derritió como nieve al sol.
-¿Por qué me ves así? -Sus dedos jugueteaban nerviosamente entre sí mientras se acercaba.
Sin previo aviso, Esteban la atrajo hacia él, sentándola en sus piernas.
Isabel contuvo la respiración, cada músculo de su cuerpo tensándose al instante. “¿Es que no se da cuenta de que ya no soy una niña?“, pensó, su corazón latiendo desbocado.
Los dedos de Esteban jugaban con sus manos frías.
16.53
-Mi Isa por fin ha crecido–murmuró, recordando cómo minutos antes la había visto dirigir las reuniones con la misma determinación que mostraba de pequeña cuando insistía en ser la líder en los juegos infantiles. La ternura inundó sus ojos al recordar a esa niña feroz y adorable.
-Si ya crecí, ¿por qué sigues abrazándome así? -susurró Isabel.
-¿Mmm? ¿No te gusta? -El tono de Esteban era deliberadamente provocador.
Isabel se quedó sin palabras. ¿Cómo podía responder a eso? Si admitía que le gustaba, ¿significaría que podría quedarse así para siempre?
Al ver su silencio, Esteban apretó suavemente su mano.
-¿No te gusta? -insistió.
-¿Puedo decir que sí? -Isabel desvió la mirada, incapaz de enfrentar sus ojos. Su corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.
“Gustar“… ¿qué tipo de “gustar” era este? Isabel sabía que su afecto por Esteban había cruzado hace tiempo la línea de lo fraternal. Era un sentimiento que la asustaba, que la hacía sentir culpable. El cariño entre hermanos y el amor entre un hombre y una mujer eran mundos diferentes.
La palabra “amor” hizo que su mente se detuviera en seco. No se atrevía a explorar más allá, ni a intentar descifrar los sentimientos de Esteban. Si él solo la veía como una hermana, cruzar esa línea sería catastrófico.
Perdida en su tormento interno, Isabel no notó cómo la tensión abandonaba el cuerpo de Esteban ante su confesión, ni cómo sus ojos se suavizaban mientras la observaba.
Una risa grave y cálida escapó de sus labios mientras sus dedos jugaban con un mechón de su cabello.
-Le pedí a la cocina que preparara barbacoa para esta noche.
Los ojos de Isabel se iluminaron al instante.
-¿En serio?
-Por supuesto.
Antes de que Esteban regresara, ella y Paulina comían barbacoa al menos una vez por semana. Pero desde su llegada, él se había opuesto terminantemente. Verlo ceder por fin la llenó de una alegría incontenible.
Sin pensarlo, Isabel rodeó su cuello con los brazos, tan emocionada que casi lo besa. El casi imperceptible cambio en la respiración de Esteban ante su cercanía pasó desapercibido para
ella.
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