Capítulo 159
Al salir de la oficina, Esteban entrelazó sus dedos con los de Isabel. Su presencia imponente, como la de un lobo alfa protegiendo a su manada, contrastaba dramáticamente con la delicada figura de Isabel. Ella, con su rostro suave y expresión dulce, parecía un corderito bajo su custodia, creando una imagen que derretía los corazones de quienes los observaban.
Apenas las puertas del elevador se cerraron tras ellos, uno de los empleados se acercó sigilosamente a Marina.
-¿Ese es el novio de la jefa?
-Se ve mucho mejor que el señor Bernard, y trata mil veces mejor a la jefa.
-Ya párenle, ¿no? Claramente es su hermano.
Marina recordaba haber escuchado a Isabel llamarlo “Esteban” con la familiaridad propia de los hermanos.
-Pues hermano o no, con alguien así respaldándola, el señor Bernard debería pensársela dos veces antes de meterse con la jefa, si no quiere que le den una probadita de su propia medicina.
Los ojos de Marina brillaron con satisfacción.
-¡Y vaya que ya se la dieron!
No podía creer que alguien en Puerto San Rafael tuviera las agallas para plantarle cara a Sebastián Bernard. ¿Cómo era posible que la familia Bernard hubiera dominado la ciudad durante tantos años sin que nadie los cuestionara? Nadie se había atrevido, hasta que apareció el hombre que ahora caminaba al lado de su jefa.
“Y ni qué decir de Valerio“, pensó Marina con desprecio. “Un tipejo sin principios que no distingue entre lo correcto y lo incorrecto. Mantiene una amante y todavía tiene el descaro de querer casarse con una mujer de dinero. Todo lo que define a un patán, concentrado en una sola persona“.
El aroma característico de la barbacoa inundó los sentidos de Isabel apenas cruzaron el umbral del Chalet Eco del Bosque. Sin pensarlo dos veces, soltó la mano de Esteban y corrió hacia el comedor como una niña emocionada.
La mano de Esteban quedó suspendida en el aire, pero al ver la figura de Isabel alejándose con tanta alegría, una sonrisa tierna se dibujó en sus labios.
-La señorita ha mejorado mucho su apetito estos días -comentó Lorenzo, quien caminaba
detrás de él.
Antes de su llegada, Lorenzo había investigado los hábitos alimenticios de Isabel. Normalmente apenas probaba bocado, excepto cuando Paulina la llevaba por barbacoa. El
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resto del tiempo, sus comidas eran un desastre de horarios y porciones inadecuadas.
La mirada de Esteban no se apartaba de Isabel mientras respondía:
-Poder alimentarse bien es una bendición.
Sus ojos reflejaban una ternura que Lorenzo jamás había visto en él.
“Si tanto le preocupa que coma bien, ¿por qué no la deja disfrutar más seguido?“, pensó Lorenzo, recordando cómo estos días, si no podían volver a casa, Esteban llamaba obsesivamente al mayordomo para asegurarse de que Isabel se alimentara correctamente. Y si se enteraba de que no obedecía, regresaba personalmente a supervisar.
Esteban se despojó de su abrigo y se lo entregó a Lorenzo.
-Comunícale a Ander que no tenemos intención de exportar nuestros minerales.
Lorenzo se quedó inmóvil por un momento, sosteniendo el abrigo. ¿No tenían planes de exportación? Habían discutido sobre diversificar al mercado internacional, y al principio, Lorenzo también había considerado a Ander como una opción viable.
-Como usted ordene, le informaré de inmediato -respondió Lorenzo, sabiendo que no debía cuestionar las decisiones de Esteban.
Mientras tanto, Isabel miraba con decepción el caldo transparente que burbujeaba suavemente en la olla.
Esteban se sentó a su lado y acarició con ternura su cabello.
-¿Qué pasa, princesa?
-¿A esto le llamas barbacoa? -El labio inferior de Isabel sobresalía en un puchero-. ¡No tiene ni un chile!
-Así es más saludable -murmuró Esteban.
-¡Pero comerla de vez en cuando no hace daño! No afecta la salud -protestó Isabel.
-¿No dijiste que la comías cada semana? -Esteban arqueó una ceja-. ¿Eso te parece “de vez en cuando“?
Isabel infló las mejillas, lanzándole una mirada acusadora que solo logró que Esteban sonriera
más.
Un empleado se acercó respetuosamente con una toalla caliente para que Esteban se limpiara
las manos.
Después de asearse, Esteban comenzó a preparar meticulosamente los ingredientes para Isabel, observando divertido su expresión de berrinche.
-¿Entonces no vas a comer? -preguntó con voz suave.
Isabel miró la olla humeante, luego los condimentos que Esteban había preparado con tanto cuidado, y finalmente asintió con determinación.
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-Sí voy a comer -declaró-. Ya preparaste todo y además… -su estómago gruñó
suavemente-… no comí mucho en el almuerzo.