Capítulo 166
Viste lo que no debías, ¡cuidado con que te callen para siempre!
La habitación se había quedado en silencio. Solo quedaban Isabel y Esteban.
El corazón de Isabel dio un vuelco cuando sus miradas se encontraron. Instintivamente, intentó liberarse de los brazos que la sostenían, pero fue inútil.
Los dedos de Esteban se deslizaron hacia su cuello con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada.
-¿Qué te pasó aquí? —su voz profunda envió un escalofrío por la espalda de Isabel.
El pulso se le aceleró. “Si supiera que fue él mismo quien dejó esas marcas anoche…”, pensó mientras buscaba una excusa creíble.
-Es que… anoche me picó un insecto -balbuceó, evitando su mirada penetrante.
Las imágenes de la noche anterior la asaltaron sin piedad: Esteban presionándola contra el sofá, sus labios reclamando los de ella con una mezcla de ternura y ferocidad que la había dejado sin aliento. Si no hubiera sido prácticamente imposible liberarse de su agarre, jamás habría terminado con semejantes marcas en el cuello.
Una ceja perfectamente arqueada fue la respuesta de Esteban.
-¿Otro insecto?
Isabel asintió frenéticamente, sus mejillas ardiendo.
-Sí, otro insecto –“¿Qué más podía decir?“, se preguntó. No iba a confesarle que había sido él quien, en su estado de ebriedad, la había besado con tal intensidad que hasta le había lastimado los labios.
Los dedos de Esteban rozaron sus labios lastimados, enviando una corriente eléctrica por todo
su cuerpo.
-Este insecto parece bastante agresivo. Incluso te mordió aquí -murmuró con un tono que Isabel no supo descifrar.
El rostro le ardía tanto que tuvo que bajar la mirada.
-Mmm… sí, muy agresivo. No pude quitármelo de encima.
La mano de Esteban se deslizó hasta su cintura, apretando suavemente.
-¿Y lo golpeäste?
-Lo hice -mintió Isabel con toda la seriedad que pudo reunir.
La verdad era que jamás se habría atrevido. Con la fuerza de Esteban, un solo golpe lo habría despertado, creando una situación imposible de explicar. Al final, el miedo a esa confrontación había sido más fuerte que su instinto de defenderse.
Una risa baja y profunda escapó de los labios de Esteban.
-Le diré al mayordomo que fumigue bien tu habitación.
Isabel aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.
-Sí, deberían fumigarla. Y tú… ¿podrías dejar de beber cuando sales? Tu estómago no está para esos excesos -hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior-. Además, ¿por qué rebajarte a beber con esa gente? Solo trae problemas, y si pasa algo malo, ni siquiera podrías recordarlo para reclamármelo después.
Esteban comenzó a jugar con un mechón de su cabello, enrollándolo entre sus dedos.
-¿Qué tiene que ver tu picadura de insecto con que yo beba?
Había algo en su tono, un matiz que Isabel no pudo descifrar pero que la inquietó profundamente. Frustrada, intentó apartar su cabello de aquellos dedos que la distraían y escapar de su abrazo, pero la presión en su cintura no cedió ni un milímetro.
-Hermano, déjame ir -suplicó con un sollozo contenido.
-Aún no me has dicho qué relación hay.
–
-Ninguna respondió Isabel, pensando amargamente que la única relación era que él, en su borrachera, no recordaba nada de lo sucedido. “Probablemente“, reflexionó con dolor, “aunque nos acostáramos y apareciera un bebé nueve meses después, tendría que preguntarle quién es el padre“.
Lo miró con reproche mal disimulado.
-Solo… deja de beber, ¿sí?
Esteban respondió pellizcando suavemente su mejilla, pero antes de que pudiera decir algo más, el sonido de pasos interrumpió el momento.
Lorenzo apareció en el umbral. Isabel intentó instintivamente liberarse una vez más, y esta vez Esteban la soltó sin resistencia.
-Come bien–murmuró con esa voz suave que reservaba solo para ella, como si estuviera consolando a una niña pequeña.
Lorenzo mantuvo su rostro impasible, como si estas escenas fueran tan comunes que ya no merecieran su atención. Esteban se incorporó con elegancia y se dirigió hacia la sala de estar, con Lorenzo siguiéndolo de cerca.
-Señor, Marcelo quiere verlo -informó Lorenzo con tono neutral.
Isabel se tensó al escuchar el nombre. Marcelo, el padre de Sebastián. No era sorprendente que viniera personalmente, dado que Sebastián no había logrado reunirse con Esteban. Los yacimientos mineros de la familia Galindo estaban agotados, y encontrar un reemplazo era crucial para los Bernard en este momento.
La visita de Marcelo solo podía significar que las cosas se estaban poniendo serias.
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