Capítulo 167
Esteban consultó su reloj de muñeca con un movimiento elegante antes de dirigir su mirada hacia el restaurante. La luz matinal se filtraba por los ventanales, iluminando la figura de Isabel, que comía con aparente tranquilidad.
Un destello de ternura suavizó sus facciones al observarla. Los años de criar a Isabel habían dejado en él una marca indeleble que solo ella podía percibir.
-¿Sebastián sigue con lo del Chalet Eco del Bosque?
Las palabras flotaron en el aire como una amenaza velada. El Chalet, ese lugar que Sebastián había intentado comprar para la recuperación de Iris, la hija adoptiva de los Galindo. Isabel contuvo un escalofrío al recordar cómo Marcelo Bernard, el padre de Sebastián, había sido en su juventud una figura tan imponente como su hijo pretendía ser ahora. “Un lobo que engendra a un cachorro débil“, pensó Isabel con amarga satisfacción. “Eso debe destrozarle el orgullo“.
Lorenzo asintió con su característica sobriedad.
-Sí.
Esteban entrecerró los ojos, sus palabras formándose con deliberada lentitud.
-Llama a Marcelo y dile…
Se interrumpió abruptamente. Isabel acababa de escupir el tamal que apenas había probado, su rostro contorsionado en una mueca de disgusto. La vio tomar agua repetidamente, enjuagándose la boca como si hubiera probado algo repugnante.
La mirada de Esteban se oscureció, su voz adquiriendo un filo cortante.
-Dile que los asuntos de su hijo son lo más importante.
Lorenzo permaneció en silencio, procesando el verdadero significado tras esas palabras. “Si Marcelo escuchara esto“, reflexionó, “probablemente querría matar a Sebastián él mismo“. La imagen de Sebastián, ocupado únicamente en complacer a Iris y obsesionado con el Chalet, le provocó un suspiro de resignación.
-¿Cómo es que el señor Bernard tuvo un hijo así? -murmuró Lorenzo, rompiendo su habitual reserva-. Hasta para enamorarse debería tener mejor gusto. Esto parece un intento deliberado de hundir a la familia Bernard.
El carácter de Iris era bien conocido. Las investigaciones revelaban que las mujeres que Sebastián elegía dejaban mucho que desear.
Una risa baja y peligrosa escapó de los labios de Esteban.
-Por eso digo que el señor Bernard debería preocuparse primero por su hijo.
Lorenzo captó la implicación oculta. Esteban podría parecer desinteresado, pero no había olvidado cómo habían tratado a Isabel todos estos años.
-Me encargo de inmediato -respondió Lorenzo antes de retirarse.
En cuanto quedaron solos, Esteban hizo una señal al mayordomo que aguardaba discretamente en las sombras.
-Señor.
-Hoy mismo, despide a todo el personal de cocina.
El mayordomo sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
-Entendido.
Esteban se dirigió con pasos medidos hacia donde Isabel terminaba de comer. Sus ojos se posaron en la servilleta donde había escupido.
-¿No estaba bueno?
-Tenía una piedra.
El mayordomo, siguiendo a Esteban, sintió que el corazón se le encogía. El despido era más que merecido. ¿Quién no sabía que Esteban era extremadamente exigente con la comida, especialmente la de Isabel?
Isabel, ajena al efecto de sus palabras, acababa de sellar el destino de todo el personal de cocina con su honesta respuesta.
-¿Vas a salir?
Esteban asintió, una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios.
-La familia Galindo debe estar en caos a estas alturas.
No era sorpresa. Los Galindo habían pasado toda la noche anterior en reunión. Si fueran lo suficientemente astutos, ya habrían buscado a Isabel. Pero si su estupidez prevalecía, tendrían que enfrentar las consecuencias.
Isabel arqueó una ceja, un gesto que había aprendido de él.
-¿Qué les hiciste?
-Esos frutos en sus manos son un desperdicio.
Isabel guardó silencio, recordando la promesa de Esteban de entregarle toda la familia Galindo. En realidad, no le importaba en lo más mínimo, pero ver a Esteban marcharse le provocó una sensación extraña en el pecho que prefirió ignorar.
Tal como Esteban había previsto, la familia Galindo demostraba su incompetencia al no comprender aún lo que estaba sucediendo.
Apenas se había marchado Esteban cuando el teléfono de Isabel sonó. Era Marina, informándole que Ander había ido a buscarla a la oficina.
El nombre de Ander hizo que Isabel se tensara instantáneamente. Solo podía estar relacionado
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con aquel anillo.
-Dile que lo esperaré una hora.
-Está bien.
Isabel colgó y se dirigió a su habitación para cambiarse. Justo cuando estaba por salir, su celular vibró con un mensaje de un número desconocido:
“Parece que ya han cambiado las cortinas en el Chalet Eco del Bosque.”
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. El juego apenas comenzaba.