Capítulo 17
Las palabras de José Alejandro resonaban en la mente de Sebastián mientras se apresuraba hacia los Apartamentos Petit al mediodía. La frustración le carcomía las entrañas: ni su teléfono ni el de José Alejandro lograban conectar con Isabel.
Sin más alternativas, terminó plantado frente a la puerta del apartamento, golpeando con insistencia creciente. Diez minutos después, solo el silencio respondía a sus llamados.
El semblante que había mejorado esa mañana se fue oscureciendo como un cielo antes de la tormenta. José Alejandro observó la tensión acumulándose en los hombros de su jefe.
-¿No será que la señorita Allende se adelantó a la villa?
La simple sugerencia hizo que la vena en la sien de Sebastián palpitara visiblemente.
-¿Se fue sin esperarme?
-Mejor llame a su madre -sugirió José Alejandro, manteniendo un tono conciliador.
Sebastián sacó el celular con dedos tensos y marcó. La voz de Daniela confirmó sus sospechas: Isabel ya iba en camino a la villa.
-¿Por qué me marcas a mí? ¿Por qué no le llamas directo a Isa?
Las venas del cuello de Sebastián se marcaron aún más. Como si pudiera llamarle directamente a Isabel. Si ese fuera el caso, no estaría recurriendo a su madre.
-Voy para allá.
Ni muerto mencionaría que Isabel lo había bloqueado. Había límites para la humillación que estaba dispuesto a soportar.
-Pues date prisa -La voz de Daniela se volvió severa-. Y más te vale que te disculpes como se debe y le prometas que no vas a volver a ver a esa tal Iris.
Las instrucciones de Daniela continuaron fluyendo por el teléfono. La villa entera estaba en estado de alarma, especialmente desde que se enteraron del diagnóstico de Iris. “¿Casarse con una mujer con cáncer de útero? ¿Quieren que la familia Bernard se quede sin descendencia?”
La ira de Sebastián, ya encendida por el desplante de Isabel, se intensificó ante las exigencias de su madre.
-Esto…
-Tu abuelo, tu abuela y tus bisabuelos ya lo dejaron claro: si esta boda no se realiza, de aquí en adelante harán como que no tienen un nieto.
El aire pareció abandonar los pulmones de Sebastián.
-¿Por qué están tan obsesionados con Isabel?
Capítulo 17
-Porque trae buena suerte y sus horóscopos son compatibles.
Sebastián se quedó sin palabras. ¿Buena suerte? ¿Y desde cuándo su familia tomaba decisiones basándose en horóscopos? ¿En qué siglo vivían?
-Ya deja de quejarte y apúrate cortó Daniela-. Y no olvides lo que te dije.
La llamada terminó abruptamente. Sebastián clavó su mirada en la puerta cerrada, la rabia bullendo en su interior. Esa mujer insoportable con su carácter imposible había logrado algo inaudito: ganarse el favor absoluto de los ancianos Bernard. Aunque pensándolo bien, con esa tontería de los horóscopos compatibles, no debió haber sido tan difícil.
Mientras tanto, Isabel llegaba a la villa Bernard antes del regreso de Sebastián. Daniela la recibió con un abrazo efusivo.
-Mi niña, has pasado por tanto.
Isabel extrajo una elegante caja de terciopelo de su bolso.
-Le traje un pequeño detalle, señora.
El gesto hizo que los ojos de Daniela brillaran con mayor afecto.
-Hijita, si fui yo la que insistió en que vinieras, ¿por qué me traes regalo?
La consideración de Isabel solo servía para aumentar el cariño de Daniela. “¿Cómo pueden estar tan ciegos los Galindo? Teniendo esta joya de muchacha y prefiriendo a esa… Iris.”
-Vi este broche y pensé en usted -Isabel mantuvo su tono suave y respetuoso.
-También tengo algo para ti.
Daniela tomó la mano de Isabel y la guio escaleras arriba. La modestia del broche que Isabel había traído contrastaba con el espléndido collar de diamantes que Daniela sacó para ella.
Los ojos de Isabel se abrieron con sorpresa ante el destello de las piedras.
-No puedo aceptar algo tan valioso.
-Lo compré especialmente para ti. El mes pasado, cuando fui a París con Mónica, adquirí dos: uno para ti y otro para ella.
El mensaje era cristalino, independientemente de la veracidad de la historia: Daniela la consideraba ya parte de la familia. Además, después del incidente con Iris, este gesto servía como un bálsamo para cualquier herida.
-De verdad, no puedo…
Isabel se resistió suavemente. Las cosas con Sebastián estaban demasiado turbias como para aceptar regalos de los Bernard.
Pero Daniela no aceptaría un no por respuesta. Con movimientos decididos, colocó ella misma
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el collar alrededor del cuello de Isabel. El vestido largo que llevaba esa tarde, con su elegante escote, parecía diseñado específicamente para lucir esas piedras.
-¿Ves? Te lo dije -Daniela sonrió con satisfacción-. En cuanto lo vi, supe que era para ti.
-Se lo agradezco mucho -cedió Isabel finalmente. Cuando la insistencia llegaba a cierto punto, la gratitud elegante era la mejor respuesta.
Bajaban las escaleras entre risas cuando Sebastián cruzó el umbral. Sus ojos se clavaron instantáneamente en el collar que adornaba el cuello de Isabel, y su expresión se congeló.
Recordaba perfectamente esa pieza. Su madre la había adquirido en una subasta en París el mes anterior, declarando que estaba destinada a su futura nuera.
El mensaje no podía ser más claro: los Bernard habían elegido su bando, y no era el de Iris.
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