Capítulo 176
Un extraño sentimiento de culpa se había instalado en el pecho de Isabel cada vez que interactuaba con el sexo opuesto. Lo más frustrante era que ni siquiera sentía atracción por ellos, pero ahí estaba esa sensación, como una sombra persistente.
Al ver que Esteban no se había enojado por el mensaje anterior, la tensión abandonó sus
hombros.
El teléfono vibró insistentemente sobre el escritorio. Isabel miró la pantalla: Daniela.
Sin dudarlo, rechazó la llamada y bloqueó el número. Los Galindo eran parte de su pasado, uno que prefería mantener enterrado.
“No tengo por qué aguantar interacciones sociales vacías“, pensó mientras sus dedos se movían sobre la pantalla. “Especialmente de gente que se cree superior“.
Minutos después, otra llamada, esta vez de un número fijo. “La familia Bernard, seguramente“. Con un movimiento rápido, colgó y bloqueó también ese número.
Cuando el teléfono volvió a sonar mostrando el nombre de Andrea, sus labios se curvaron en una sonrisa genuina.
-¡Hola, hola!
-Los Galindo están que salen de las alcantarillas.
-Pues que salgan. ¿Te han estado molestando mucho?
-No me dejan ni respirar–suspiró Andrea-. El caso de Iris ha pasado por todos los especialistas habidos y por haber. No sé ni por qué siguen insistiendo conmigo.
Isabel arqueó una ceja, intrigada.
-¿Tan complicado está? ¿No que tenía varios tipos de cáncer?
-Por lo que me dicen en el hospital, sigue empeorando. Ya casi no pueden controlarlo.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Isabel.
-¿Entonces Iris está cerca de estirar la pata?
“¿Y qué pasará con esa apuesta del millón?“, pensó con ironía. “¿Alcanzará a pagarme antes de que se le acabe el aire?”
–
-No sé si morirá respondió Andrea-, pero los Galindo y Sebastián están perdiendo la
cabeza.
-¿Te han amenazado?
La pregunta surgió naturalmente. Las amenazas eran el modus operandi favorito de los Galindo y Sebastián. En el pasado, habían intentado aplastarla como a un insecto.
Una risa despreocupada resonó al otro lado de la línea.
-¿Cómo se atreverían?
-¡Claro que no!
Isabel sonrió, recordando quién respaldaba a Andrea: Fabio Espinosa, una presencia silenciosa pero formidable. No era de extrañar que Sebastián y los Galindo la persiguieran a ella en su lugar. Con Andrea no se atrevían a meterse directamente.
-¿Cuándo vuelves?
-Fabio quiere que me quede con él un tiempo. No regresaré pronto.
-Entonces sí vas a volver locos a Sebastián y a los Galindo -Isabel soltó una risita-. Deben estar desesperados por tenerte cerca, como quien anhela la luna.
-Si no regreso, ¿los Galindo no te harán la vida imposible?
La preocupación en la voz de Andrea era evidente. Como no había hablado con Paulina, desconocía que Isabel ahora contaba con la protección de Esteban.
-Tranquila, con lo que pueden hacer, ni cosquillas me hacen.
-Cualquier cosa me avisas.
Andrea detestaba a los Galindo. Aún recordaba vívidamente cómo se había comportado Carmen cuando la familia Marín cayó en desgracia. La ironía no se le escapaba: ahora los Galindo tenían que rogarle por favores.
Después de charlar un rato más, colgaron.
Isabel marcó inmediatamente el número de Paulina.
Al escuchar la propuesta de ir a comer, su amiga no pudo evitar bromear:
-Si seguimos comiendo juntas, tu hermano va a empezar a tener bronca conmigo.
“Un hermano obsesionado con su hermana que tiene que competir por su atención… ¡eso definitivamente traería consecuencias!”
-No te preocupes, está ocupado durante el día.
-Ah bueno, entonces sí.
El alivio en la voz de Paulina era palpable. Solo sabiendo que Esteban estaría ocupado se atrevía a aceptar la invitación. De otro modo, ni siquiera lo consideraría por temor a represalias.
Del otro lado de la ciudad, Ander y David seguían esperando. Treinta minutos habían transcurrido antes de que Lorenzo finalmente apareciera.
En Puerto San Rafael, nadie había hecho esperar tanto a Ander antes. Sin embargo, esta vez ni
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él ni David se atrevieron a protestar.
Lorenzo los guio hacia un pequeño local de bebidas. Durante el trayecto, tanto Ander como David notaron la presencia de numerosos guardaespaldas estratégicamente ubicados.
David se inclinó hacia Ander, susurrando:
-¿Viste lo que traen en el cinturón?
-¿De qué hablas?
–
“¿Armas?”
Ahora entendía por qué Sebastián había tenido problemas con Esteban. ¿Quién se atrevería a desafiar a alguien así? El hecho de que no hubiera respondido con violencia ya demostraba una paciencia extraordinaria.