Capítulo 187
Una sonrisa indulgente se dibujó en la comisura de los labios de Esteban mientras observaba a su hermana.
Mathieu, reclinándose en su silla, dejó escapar una risa burlona.
-Mira nada más, la pequeña Isa ya sabe cuidar a su hermano mayor. Parece que no perdí mi tiempo enseñándote.
Isabel le lanzó una mirada filosa, sus ojos brillando con desprecio.
-Mejor ocupate de tu comida.
Mathieu frunció el ceño, sorprendido por la mordacidad en su voz. “Esta niña tiene más espinas que una rosa“, pensó, observando cómo se transformaba en una pequeña fiera protectora.
Durante toda la velada, Isabel no permitió que ni una gota de alcohol tocara los labios de Esteban. Sin embargo, la ironía del destino quiso que ella misma sucumbiera al efecto del vino. Después de apenas dos copas, el mundo comenzó a difuminarse en los bordes de su
visión.
Cuando la fiesta llegó a su fin, Mathieu y Carlos se despidieron para ir a jugar fútbol. Isabel, con los ojos vidriosos y las mejillas sonrojadas, se giró hacia su hermano.
-Hermano–su voz salió dulce y quejumbrosa, teñida por el alcohol.
Esteban la atrapó justo cuando empezaba a tambalearse, el aroma dulzón del vino tinto
flotando entre ellos.
-¿No te sientes bien, pequeña? -preguntó con voz aterciopelada.
Isabel negó con la cabeza, hundiéndose más en su abrazo.
-Quiero ir a casa.
El alcohol le revolvía el estómago y le nublaba los pensamientos. Esteban tomó un abrigo de una silla cercana y la envolvió con cuidado, como si fuera una niña pequeña.
-Claro que sí, vamos a casa.
Algo en esa palabra, “casa“, le provocó una punzada inesperada en el pecho. La levantó en brazos con delicadeza.
Isabel se acurrucó contra su pecho, su voz saliendo en un murmullo insatisfecho.
-Eres un mentiroso… me prometiste que nos divertiríamos.
-¿Y qué te gustaría hacer, Isa?
-Algo divertido… quiero comer algo rico -protestó, aunque sus palabras se arrastraban perezosamente.
Capitulo 187
Una risa suave escapó de los labios de Esteban.
-Siempre tan inquieta.
El comentario solo logró que Isabel se revolviera en sus brazos, más indignada aún.
Afuera, el viento nocturno azotaba con fuerza, pero envuelta en el abrigo de su hermano y protegida por su calor, Isabel apenas lo notaba. Esteban la llevó hasta el auto, donde Lorenzo los esperaba.
-¿La señorita no aguantó el vino? -preguntó Lorenzo desde el espejo retrovisor, una sonrisa dibujándose en sus labios.
Esteban contempló el rostro sonrojado de su hermana, recordando el comentario de Mathieu. Una ternura especial suavizó su mirada.
-Mi pequeña ha crecido, ya sabe cuidar de los demás -murmuró, acariciando suavemente su cabello-. Aunque parece que dos copas de vino siguen siendo demasiado para ella.
Lorenzo ajustó el espejo, su expresión tornándose más seria.
-Los Bernard están como locos buscándote. Ya deben saber que cerramos el trato.
Una sonrisa cruel curvó los labios de Esteban.
-Perfecto. Que se desesperen. Así será más dulce su caída.
-Siguen investigando quién es el dueño de Bahía del Oro -añadió Lorenzo.
-Patético. Para ser la familia más poderosa de Puerto San Rafael, su incompetencia es… sorprendente.
Esteban volvió a ajustar el abrigo alrededor de Isabel, quien murmuraba algo ininteligible entre sueños.
Lorenzo guardó silencio un momento, pensativo.
-Marcelo aún no me ha contactado. Probablemente ni sospecha que estás detrás de todo
esto.
-Lo hará pronto.
La voz de Esteban destilaba certeza. Una vez que Marcelo contactara a Lorenzo, todo el plan se pondría en marcha. La familia Bernard se hundiría en el caos que ellos mismos habían creado.
Mientras tanto, Sebastián apenas había terminado su llamada con Ander cuando su teléfono volvió a sonar. Era Carmen, llamando desde el hospital. Su voz sonaba al borde de la histeria.
-¿Qué está haciendo tu familia, Sebastián? ¿De verdad van a dejar que Iris muera?
Sebastián frunció el ceño, la tensión acumulándose en su mandíbula.
Capítulo 187
-¿De qué estás hablando?
-¡Tu padre mandó diez hombres a vigilar la habitación de Iris! ¿Qué pretende hacer?
La desesperación en la voz de Carmen era palpable. Ver cómo trataban a Iris, que ya estaba tan delicada, le destrozaba el corazón.
-Sebastián, por favor, Iris no puede soportar más presión. Dile a tu padre que retire a esos hombres. ¿Qué está intentando hacer?
Iris se había desmayado de la impresión al ver a los hombres de Marcelo. Solo faltaban dos días para que le dieran el alta, y había estado ilusionada con mudarse al Chalet Eco del Bosque en Bahía del Oro. Pero ahora, la presencia amenazante de los guardias dejaba clara la intención de los Bernard: no estaban ahí para protegerla, sino para vigilarla.
Sebastián sintió que la cabeza le martilleaba. Su padre estaba jugando un juego peligroso.
-Yo me encargo.
-Sebastián -la voz de Carmen se volvió grave-, sé que tu familia no acepta tu relación con Iris, pero ¿cómo pueden ser tan crueles? Está enferma, necesita paz para recuperarse.