Capítulo 200
Iris jugueteó nerviosamente con un mechón de su cabello mientras procesaba la pregunta.
-¿Los Blanchet? ¿Te refieres a los de Paris?
-Si la voz de Sebastián sonaba tensa, contenida.
-No, no los conozco. ¿Por qué la pregunta?
Un suspiro escapó de sus labios. “¿El heredero de los Blanchet? ¿Cómo podría conocerlos?” La frustración se filtró en sus pensamientos mientras recordaba sus días en París. “Cuánto intenté acercarme a ellos, pero nunca se dio la oportunidad.”
Sebastián tamborileó los dedos sobre el volante de su Mercedes, el ceño fruncido en señal de duda.
-¿Segura que no los conoces?
-No, ya te dije que no.
-¿De verdad?
La irritación comenzó a filtrarse en la voz de Iris.
-Por supuesto que es verdad. ¿Qué te pasa? ¿A qué viene todo este interrogatorio?
“Los Blanchet…” Sus dedos se enredaron con más fuerza en su cabello. “Sería maravilloso conocerlos.” La amargura se instaló en su garganta mientras recordaba sus días en París. Todas las familias de la alta sociedad morían por emparentar con ellos, pero ella nunca logró ni siquiera acercarse.
Sebastián aflojó el nudo de su corbata antes de hablar:
-Es que la familia Bernard tiene un proyecto muy importante con ellos.
-Ah, ya veo -Iris bajó la mirada, fingiendo pesar-. Lo siento, no puedo ayudarte.
“Así que eso quería, que le ayudara con los Blanchet.” La decepción en su voz era palpable.
-No te preocupes.
A Iris poco le importaban los negocios de los Bernard. Sus dedos se crisparon sobre la sábana del hospital mientras preguntaba:
-¿Vendrás mañana por mí?
Su corazón latía con fuerza. Necesitaba que fuera él personalmente. Los hombres de Marcelo seguían apostados afuera como buitres, y temía que intentaran impedirle salir.
El silencio de Sebastián cayó como una losa. El peso de lo que debía decir le oprimía el pecho.
-¿Sebas? -la ansiedad comenzó a trepar por la garganta de Iris-. ¿Qué pasa?
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El cambio era evidente. Antes, él siempre respondía al instante a cualquier cosa que ella dijera. Algo andaba mal.
Sebastián inhaló profundamente antes de hablar:
-Iris… creo que no vas a poder salir mañana.
-¿Qué?
La palabra salió como un jadeo estrangulado. Su cuerpo se tensó por completo, el aire abandonando sus pulmones. “¿No poder salir? ¿Qué significa esto?” El pánico comenzó a instalarse en su pecho. “¿Es cosa de los Galindo? ¿O de Isabel?”
-No, Sebas, no me hagas esto -su voz temblaba-. Me lo prometiste, dijiste que saldría mañana.
Todo estaba arreglado. ¿Por qué ahora? La apuesta con Isabel… ¡un millón de pesos! Solo necesitaba mudarse a Bahía del Oro mañana para ganarle ese millón a Isabel. ¿Por qué justo ahora?
Sebastián se pasó una mano por el rostro, agotado.
-Lo siento muchísimo, Iris. Es que… las cosas en Bahía del Oro se complicaron.
-¿Se complicaron? ¿Qué quieres decir con eso?
-El dueño se niega a vender.
El silencio que siguió fue denso, pesado.
-Entonces… -la voz de Iris sonaba hueca-. El Chalet Eco del Bosque… nunca lo compraste, ¿verdad?
Todo había sido mentira. Sus promesas sobre su recuperación allí… palabras vacías. El aire se volvió espeso, difícil de respirar.
Sebastián se quedó mudo, incapaz de formar una respuesta.
-¿Y mi alta? -La voz de Iris era apenas un susurro-. ¿Todavía puedo salir?
Sebastián jugueteó nerviosamente con su reloj mientras buscaba las palabras correctas.
-Sí… podemos ver si la familia Galindo tiene algún lugar apropiado para tu recuperación.
-¿La familia Galindo? -La incredulidad tiñó cada sílaba.
“¿Acaso él no tiene ninguna propiedad a su nombre?” La cabeza le daba vueltas. Primero le había prometido que saldría pasado mañana. Luego adelantó la fecha para mañana. Y ahora… ahora tendría que conformarse con una propiedad de los Galindo.
-Iris… -Sebastián apretó la mandíbula-. Mejor no nos veamos estos días. Dejémoslo así.
Colgó abruptamente, como si huyera de la situación.
Iris se quedó paralizada, el teléfono aún pegado a su oreja. La desesperanza la paralizó por
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completo.
Carmen la encontró así cuando regresó. La habitación estaba sumida en penumbras, iluminada apenas por la luz del pasillo.
-Mi niña, ¿qué tienes? ¿Por qué sigues despierta?
Iris levantó la mirada hacia su madre adoptiva, el dolor grabado en cada línea de su rostro.
-Mamá… Sebas dice que mejor no nos veamos estos días.
El rostro de Carmen se endureció por un instante antes de suavizarse en una expresión conciliadora.
-No te preocupes, mi amor. ¿No ves que la familia Bernard está metida en un negocio importante? Debe estar ocupadísimo.
-No, mamá… no es solo eso -Iris se abrazó a sí misma-. Ni siquiera compró el Chalet.
Una semana. Había pasado una semana entera y él no había movido un solo dedo por ella.
Carmen se tensó visiblemente.
-¿Cómo que no lo compró? ¿No habían dicho que ya estaba listo? ¿Que hasta iban a cambiar las cortinas por unas que te gustaran?
Iris se quedó en silencio, las palabras atoradas en su garganta.
Sí, eso habían dicho. Que ya estaba comprado. Que cambiarían las cortinas por unas de su gusto.
“Entonces… ¿qué estaba tratando de decirme realmente?”
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