Capítulo 201
Mientras el caos de la noche anterior aún resonaba entre los Bernard y los Galindo, Isabel Allende disfrutó de un sueño profundo y reparador. La tranquilidad de su descanso
contrastaba con la agitación que había dejado a su paso.
La mañana llegó con el primer rayo de sol filtrándose por su ventana. Isabel se había levantado temprano, con la intención de dirigirse a su estudio, pero Esteban tenía otros planes. Sin previo aviso, la había encaminado al hospital.
Isabel jugueteó con un mechón de su cabello, un gesto que solo se permitía en presencia de su hermano.
-¿Por qué quiere verme Montserrat Llorente?
La pregunta quedó flotando en el aire del Mercedes mientras recordaba a la anciana. Aquella mujer que había ayudado a Esteban a llegar al hospital, la misma que la noche anterior había insistido en verla.
Los labios de Esteban se curvaron en una sonrisa enigmática.
-Probablemente porque le caíste bien.
Isabel alzó una ceja, escéptica.
-¿Nada más por eso? Pero si solo nos hemos visto dos veces -entrecerró los ojos con suspicacia-. ¿No tendrá algún nieto escondido
por ahí?
“Típico de las señoras mayores“, pensó. “En cuanto les agrada una muchacha, ya están planeando bodas.”
La risa profunda de Esteban llenó el auto. Con un movimiento suave, extendió su mano y le pellizcó la mejilla con ternura.
-¿De verdad crees que si ese fuera el motivo te habría traído?
Isabel guardó silencio, sus mejillas tiñéndose de un suave rosa. Por supuesto que no. Los recuerdos de sus años en Francia, cuando apenas tenía quince o dieciséis, inundaron su mente. Las familias más poderosas prácticamente habían sitiado la mansión Allende, todos desesperados por formar una alianza matrimonial con ella, Con los herederos directos fuera de su alcance, Isabel se había convertido en el objetivo principal.
Esteban los había rechazado a todos con la excusa de su corta edad. En ese entonces era válido, pero ahora…
Sus ojos se desviaron hacia el perfil de su hermano varias veces, estudiándolo con curiosidad.
El auto se detuvo con suavidad frente al hospital.
-Lorenzo te acompañará la voz de Esteban era firme pero gentil.
-Ah, claro.
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La presencia del chofer adicional cobraba sentido ahora Lorenzo descendió con elegancia y abrió la puerta para Isabel.
Ella se giró hacia Esteban, sus movimientos gráciles y naturales.
-Me voy entonces.
-Espera
La voz aterciopelada de Esteban la detuvo justo cuando se disponía a salir. Había algo en su tono, un matiz de deseo contenido que hizo que su corazón saltara
-¿Qué pasa?
En un movimiento fluido, Esteban la atrajo de vuelta al interior. Isabel quedó con la espalda contra la puerta, su respiración entrecortándose cuando la mano de él se acercó a su pecho.
Todo su cuerpo se tenso, incapaz de procesar lo que estaba sucediendo. El calor subió a sus mejillas en una oleada incontenible.
-Her… hermano… -su voz salió entrecortada, apenas un susurro.
Su corazón martilleaba contra sus costillas mientras los dedos largos y elegantes de Esteban se movían con precisión, abrochando un botón suelto de su blusa.
“Ah… era eso.”
Esteban inspeccionó el botón con ojo crítico, su ceño frunciéndose levemente.
-El ojal está cediendo. No vuelvas a usar esta blusa.
El rubor en las mejillas de Isabel se intensificó. Con movimientos deliberados, Esteban se quitó su propia bufanda de cachemira y la envolvió alrededor del cuello de ella, acomodándola para cubrir estratégicamente la zona del botón. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con el rostro adorablemente sonrojado de su hermana.
Su expresión se endureció.
-¿Por qué te sonrojas?
-Yo… es que…
“¡Por Dios!” Con ese movimiento tan repentino, su mente había volado en una dirección completamente diferente.
Una chispa de diversión iluminó los ojos de Esteban al comprender.
-¿Qué pensaste que iba a hacerte, Isabel?
El rubor se extendió hasta su cuello.
-Ya, déjalo así.
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Capitulo 201
Intentó girarse para salir, pero la mano de Esteban se cerró alrededor de su muñeca. Con un tirón suave pero firme, la atrajo contra su pecho.
-Hermano, tú…
La risa grave de Esteban vibró contra su oído.
-Parece que mi pequeña Isabel ya creció. Hasta sabe avergonzarse.
-Ya, por favor…
Un pellizco juguetón en su mejilla.
-Anda, dime qué pensaste que iba a hacerte.
-No sé, ni me preguntes.
Jamás admitiría el pensamiento que había cruzado por su mente en ese momento. Algunas cosas era mejor que Esteban nunca las supiera.
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