Capítulo 210
Una sonrisa cruel se dibujó en los labios de Isabel mientras su voz destilaba veneno.
-¿Y todavía dices que no es nada importante?
El sarcasmo en sus palabras era como una daga afilada. Carmen sintió que le faltaba el aire, la rabia acumulándose en su pecho hasta casi ahogarla.
-Ya dime la verdad, ¿fuiste tú la que está causando todos estos problemas en el Grupo
Galindo?
No quería seguir con esta discusión. Cada palabra intercambiada con Isabel era como un trago de hiel. Ahora entendía que esa lengua afilada podía ser más letal que cualquier arma, digna de alguien que había aprendido a pelear sus batallas con palabras.
Isabel dejó escapar una risa seca.
-Averigualo tú solita.
Las manos de Carmen temblaban de furia.
–Tú…
-Ya córtale, ¿no? -la interrumpió Isabel con fastidio-. Ya no somos nada, deja de estarme llamando por cualquier cosa. Al final va a parecer que me extrañas demasiado.
Carmen sentía que la presión se le disparaba. Antes de que pudiera responder, el tono de llamada terminada resonó en su oído. Siempre era igual: cada intento de contactar a Isabel terminaba en una derrota amarga.
“¿De quién habrá aprendido a ser tan cortante?“, pensó con amargura.
En el estudio, Esteban llegó justo para ver a Isabel cojeando hacia el elevador. Sin dudarlo un segundo, se acercó a grandes zancadas y la levantó en brazos antes de que ella pudiera protestar.
Los suspiros ahogados de las empleadas llenaron la oficina. La escena parecía sacada de una de esas novelas románticas que tanto leían en sus descansos.
Isabel se aferró instintivamente al cuello de Esteban, aunque su orgullo la hizo protestar.
-¿Qué haces? Bájame, puedo caminar sola.
El clima en Puerto San Rafael había sido especialmente inclemente estos días, y ella lo estaba resintiendo más que nunca.
Esteban, ignorando sus protestas, la llevó hasta el elevador. Desde sus escritorios, las miradas curiosas los seguían.
Una de las diseñadoras más jóvenes se inclinó hacia Marina, sus ojos brillando con
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Capítulo 210
admiración.
-El hermano de la jefa está guapísimo. Y esa aura misteriosa que tiene… -susurró,
mordiéndose el labio.
Marina le lanzó una mirada de advertencia.
-Ni lo sueñes.
-¿Ni tantito puedo fantasear?
-Cuidadito -Marina negó con la cabeza, o la jefa te va a correr más rápido que
inmediatamente.
Ya en el auto, Esteban acomodó con cuidado una manta sobre las piernas de Isabel. Aunque la calefacción mantenía el interior a una temperatura agradable, los cambios de clima seguían afectándola.
-¿Por qué no me dices cuando te duele? -su voz era suave pero llevaba un tono de reproche.
Isabel desvió la mirada hacia la ventana.
-Ya me acostumbré.
Los ojos de Esteban se endurecieron mientras ajustaba la manta, pero su voz permaneció
controlada.
-¿Has seguido con la acupuntura?
El silencio de Isabel fue toda la respuesta que necesitaba.
-¿No has ido?
-Es que… me duele -murmuró ella, odiando lo vulnerable que sonaba su voz.
No era tanto el dolor de las agujas lo que la aterraba, sino los recuerdos que despertaban. Solo pensarlo hacía que su corazón se acelerara. Por eso los últimos dos inviernos en Puerto San Rafael habían sido una verdadera tortura.
Esteban se giró hacia Lorenzo.
-Llámale a Mathieu Lambert. Dile que traiga todo.
Isabel sintió que se le helaba la sangre.
-Esteban…
-Solo hazme caso, ¿sí? -su voz se suavizó, envolviendo a Isabel como una manta cálida.
Las inyecciones la aterraban. Cualquier tipo de aguja la transportaba instantáneamente a aquella habitación oscura, donde una de sus secuestradoras disfrutaba torturando a sus víctimas con jeringas.
Lorenzo realizó la llamada y luego recibió otro mensaje.
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-Señor, el señor Vázquez ya va en camino a Sierra de los Géisers.
Habían programado firmar el contrato ese día. La decisión de trasladarse a las aguas termales había sido repentina, pero cuando Esteban Allende cambiaba los planes, Ander Vázquez, como todos los demás, solo podía ajustarse.
Esteban asintió brevemente.
-Ve con Gonzalo a encontrarte con él.
-Como usted diga.
Cuando llegaron a Sierra de los Géisers, el sol de mediodía brillaba en lo alto. Al detenerse el auto, Esteban hizo ademán de cargarla nuevamente, pero Isabel le sujetó la mano.
-Puedo caminar sola.
Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de Esteban.
-¿Ah, sí? ¿Ya estás muy grandecita para que te cargue?
Isabel solo pudo exhalar un suspiro resignado.
-¿Entonces sí reconoces que ya creciste?
-Pues claro que crecí. Ya no ha de ser tan fácil cargarme.
La expresión aturdida de Isabel arrancó una risa suave de Esteban. Sin más discusión, la levantó en brazos y se encaminó con paso firme hacia la cabaña de madera.
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