Capítulo 22
Isabel mantenía su postura inflexible, cada palabra que salía de su boca era un cuchillo afilado destinado a herir. La frustración de Sebastián se manifestaba en las caladas furiosas que daba a su cigarrillo, el humo formando espirales tensas en el aire.
-¿Entonces qué propones? -La irritación teñía cada sílaba.
En su mente, ya le había dado todo lo que podía darle. Todos los beneficios habían sido para ella. Lo único que pedía ahora era que Iris regresara.
Isabel se irguió en su asiento, su voz cortante como el hielo.
-Lo del matrimonio ni lo menciones. Lo nuestro se acabó, punto.
-¿Qué…? -La incredulidad y la rabia se mezclaron en su rostro. ¿Con qué derecho…?
-Y sobre Iris, olvídalo -lo interrumpió ella, sus labios curvándose en una sonrisa sarcástica-. Si tantas influencias tienes, ¿por qué no vas tú mismo a convencerla de que regrese? ¿O es que el gran Sebastián Bernard necesita de mí para algo tan simple?
El sarcasmo en su voz era como ácido. Incluso Sebastián, acostumbrado a sus dardos verbales, sintió la punzada. Si el asunto pudiera resolverse con dinero o influencias, ¿por qué perdería el tiempo con ella?
La realidad era más complicada. Ya había intentado contactar a Iris directamente, solo para ser rechazado. Y el hombre que la protegía le impedía cualquier acercamiento.
La frustración oscurecía el rostro de Sebastián como una nube de tormenta.
-¿Algo más? -Isabel arqueó una ceja-. Si no, llévame a Torre Orion.
Era lo justo, considerando que él había mandado a llevarse su auto.
-¿Para qué vas allá? -La miró por el retrovisor-. ¿Buscando trabajo por si acaso?
-Eso no te incumbe.
El tono desafiante hizo que Sebastián apretara el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
“Esta mujer… con ese carácter tan rebelde que dan ganas de…”
El timbre del celular cortó sus pensamientos. Al ver el nombre de Iris en la pantalla, dudó un momento antes de contestar.
-Iris, ¿ya despertaste?
-Sebas… me siento muy mal -la voz al otro lado sonaba débil, quebradiza.
Sebastián miró instintivamente a Isabel. La impaciencia hacia ella se mezclaba con una preocupación palpable por Iris.
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-Tranquila, llama al doctor -su voz se suavizó notablemente.
-Ya vino… -un débil murmullo-. Dice que es normal con mi condición.
-¿Te recetó algo nuevo?
-No, dice que ya tomo demasiadas medicinas.
El pensamiento de todas las pastillas que Iris tenía que tomar cada media hora hacía que el estómago de Sebastián se retorciera de preocupación.
-Voy para allá ahora mismo.
-Si estás ocupado, no te molestes…
Sebastián volvió a mirar a Isabel.
-No es molestia.
Isabel puso los ojos en blanco tan dramáticamente que casi podía escucharse. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona que solo avivó la ira de Sebastián.
-Toma un taxi -espetó él, su paciencia agotada.
-Hace un momento dijiste que no la verías más, ¿no? -el veneno goteaba de cada palabra-. Y mírate ahora, corriendo a su lado con una simple llamada.
El rostro de Sebastián se ensombreció mientras le extendía una tarjeta.
-Toma, para el taxi.
Isabel tomó la tarjeta y la guardó en su bolso, pero no hizo ademán de moverse.
-Tú me trajiste, tú me llevas -declaró con firmeza-. Hace frío y, después de todo, yo no te rogué que me subieras a tu coche.
Se instaló un duelo de voluntades. Sebastián no arrancaba, Isabel no bajaba. Finalmente, con una jaqueca amenazando con partirle la cabeza, Sebastián cedió y condujo hacia Torre Orion.
Antes de que Isabel bajara, no pudo evitar una última advertencia:
-Piénsalo bien. Si la familia Galindo pierde, te van a cerrar todas las puertas.
Isabel alzó una ceja, sus ojos brillando peligrosamente.
-Iris es la protegida de los Galindo. ¿No deberías ser tú quien se preocupe por las consecuencias?
-Yo veré qué hago, pero tú también pagarás por cualquier pérdida.
Una risa sarcástica escapó de los labios de Isabel.
-Mejor corre al hospital. ¡Quién sabe si no es la última vez que nos vemos!
La insinuación sobre la salud de Iris hizo que Sebastián sintiera que le hervía la sangre.
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Capitulo 22
-Tú…
La furia le trepaba por la garganta, amenazando con ahogarlo. Decidió marcharse antes de que la rabia lo consumiera por completo.
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