Capítulo 23
Sebastián arrancó el auto con tanta furia que los neumáticos chirriaron contra el asfalto. Isabel lo observó alejarse mientras una sonrisa calculadora se dibujaba en sus labios. Frente a ella se alzaba la fachada de cristal y mármol del centro comercial más exclusivo de Puerto San Rafael.
Sacó su teléfono y marcó un número.
-Marina, retrasa la reunión dos horas.
-Como diga, jefa.
Las próximas dos horas fueron un torbellino de lujo desenfrenado. Isabel se movía entre las tiendas más exclusivas como una fuerza de la naturaleza, acumulando bolsas de diseñador y cajas de joyería sin parpadear ante los precios astronómicos.
Mientras tanto, Sebastián acababa de llegar al hospital cuando su teléfono comenzó a vibrar sin cesar. Al revisar las notificaciones, sus ojos se abrieron con incredulidad ante los montos estratosféricos.
Una risa amarga escapó de sus labios.
“Y todavía dice que no le importa. Apenas le doy la tarjeta y ya está vaciando todas las tiendas de lujo“, pensó con desprecio. “¿Tan desesperada está desde que los Galindo le bloquearon sus tarjetas?”
José Alejandro se acercó con paso discreto.
-¿Ya dejó el auto de la señorita Isabel, verdad?
-Sí, señor.
Sebastián se detuvo a medio camino hacia la habitación de Iris, una idea maliciosa formándose en su mente.
-Está buscando trabajo. Asegúrate de que ninguna empresa la contrate.
La sorpresa se reflejó en el rostro de José Alejandro.
-¿La señorita Allende sigue firme en cancelar la boda?
La mandíbula de Sebastián se tensó visiblemente. Aunque le dolía en el orgullo admitirlo, había sido Isabel quien envió a Paulina para iniciar los trámites de cancelación. El gran Sebastián Bernard… había sido dejado.
-Ya veremos cuánto le dura el orgullo -escupió las palabras-. Una semana será suficiente para que entienda su realidad.
“Sin los Galindo y sin mí, no durará ni un mes en Puerto San Rafael“, pensó con satisfacción vengativa.
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Capitulo 23
Al entrar en la habitación de Iris, encontró a Carmen junto a la cama. La mujer se acercó inmediatamente, la preocupación grabada en sus facciones.
-Sebas, ¿hay noticias de la doctora Marín?
Sebastián inhaló profundamente.
-Estoy trabajando en eso, no te preocupes.
La expresión de Carmen se ensombreció al entender que no había avances.
-La doctora Marín es la mejor amiga de Isabel, ¿no? ¿Crees que tenga algo que ver con que se haya ido del país?
El silencio de Sebastián fue respuesta suficiente. No era una posibilidad, era un hecho.
Desde la cama, Iris lo miraba con ojos húmedos. Esa mirada dolida solo aumentaba su resentimiento hacia Isabel. Especialmente sabiendo el delicado estado de salud de Iris, ¿cómo podía Isabel seguir causando problemas?
Su teléfono no dejaba de vibrar. Las notificaciones de compras seguían llegando una tras otra, cada vez con montos más elevados. Lo que empezó en miles ahora se contaba por millones.
“¿En qué está gastando tanto? ¿Hasta dónde piensa llegar con esta demostración de vanidad?“, se preguntaba con irritación creciente.
-¿Sebas? ¿Me estás escuchando?
La voz quebradiza de Iris lo trajo de vuelta al presente.
-¿Entonces es verdad? ¿La doctora Marín es realmente la mejor amiga de Isabel?
Sebastián asintió en silencio.
Iris y Carmen intercambiaron miradas de preocupación.
-No puede ser -Carmen apretó los puños-. ¿Cómo puede ser tan cruel? ¿Mandar a su propia amiga lejos solo para perjudicar a Iris?
Los ojos de Iris se llenaron de lágrimas, su voz apenas un susurro.
-Parece que sigue creyendo que yo fui la responsable de aquello. Si no, ¿por qué me trataría así?
La mención de ese incidente del pasado ensombreció los rostros de todos los presentes. Antes de que Sebastián pudiera responder, su teléfono vibró nuevamente.
Más notificaciones de compras. La suma total ya rozaba los diez millones de pesos.
“Esta mujer… ¿realmente cree que puede hacer lo que quiera sin consecuencias?”
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