Capítulo 239
El reloj marcaba las diez de la noche cuando Isabel emergió de su sopor alcohólico, con la boca seca como papel lija y un hambre voraz retorciéndole el estómago. La pesadez del alcohol se había disipado durante su largo sueño, dejando tras de sí solo un leve mareo y una sed insoportable.
La habitación estaba sumida en una penumbra acogedora, iluminada apenas por la luz tenue que se colaba desde el exterior. Isabel se incorporó lentamente, sus pies descalzos rozando la suave alfombra.
No había dado más que un par de pasos cuando la voz de Esteban, proveniente del balcón, la
detuvo en seco.
-Eliminalo.
Aunque apenas un susurro, aquellas palabras atravesaron el aire nocturno como una daga. Isabel sintió un escalofrío recorrer su espalda. El tono de Esteban destilaba una frialdad calculada, una amenaza velada que le recordó quién era realmente su hermano adoptivo.
“Los Allende siempre han sido peligrosos“, reflexionó Isabel, mientras un cosquilleo de inquietud le recorría la nuca. “Y Esteban, como heredero de los Blanchet, lleva esa amenaza en la sangre“.
El cristal de la puerta corrediza se deslizó con un siseo suave. La silueta de Esteban se recortó contra la luz nocturna antes de que sus miradas se encontraran en la penumbra. En un parpadeo, aquella frialdad letal se evaporó de sus ojos, transformándose en la calidez que reservaba exclusivamente para ella.
Isabel observó, fascinada, cómo su hermano se transformaba de depredador a protector en cuestión de segundos. El aura amenazante se disolvió como niebla bajo el sol.
Esteban se acercó con pasos silenciosos. Sus dedos, sorprendentemente gentiles para alguien que momentos antes había ordenado una ejecución, rozaron la mejilla de Isabel.
-¿Ya se te bajó la cruda?
Su mano se posó en la frente de Isabel, comprobando que la fiebre había cedido. Su voz ahora era tan suave como terciopelo.
Todavía aturdida, Isabel se dejó llevar por el instinto y rodeó con sus brazos la cintura de Esteban, buscando el calor familiar de su cuerpo.
-Hermano…
-¿Qué pasa, pequeña?
-Me estoy muriendo de sed… y de hambre -murmuró Isabel, hundiendo el rostro en su pecho.
El estómago le gruñía con fuerza. No había probado bocado desde la tarde, y la resaca solo empeoraba su estado.
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Capítulo 239
Esteban le revolvió el cabello con ternura.
-Vamos a que cenes algo.
-Quiero comer de ese caldo de res que hacen aquí… espinacas con tocino… ah, y el pato ent
salsa.
Una sonrisa suave se dibujó en los labios de Esteban.
-Como ordene la princesa.
“Nunca olvida lo que me gusta comer después de una borrachera“, pensó Isabel con una oleada
de cariño.
Esteban encendió las luces y buscó en el armario hasta encontrar una chaqueta gruesa. Con gestos protectores, ayudó a Isabel a ponérsela.
-Mañana va a nevar por estos rumbos.
Los ojos de Isabel se iluminaron como los de una niña.
-¿De verdad? ¡Qué padre!
Mientras Esteban se colocaba su largo abrigo negro, Isabel no pudo evitar quedarse mirándolo. La prenda acentuaba su aire enigmático, como si las sombras mismas fueran parte de su ser.
-¿Qué tanto me ves? -preguntó al notar su mirada fija.
Isabel sacudió la cabeza, saliendo de su trance.
-Nada, nada…
De pronto, algo captó su atención.
-¿Qué te pasó en el labio?
Sus dedos se alzaron instintivamente hacia la pequeña herida en la boca de Esteban, pero él le atrapó la muñeca en el aire.
-No seas inquieta.
-Qué raro… ¿quién te pudo hacer eso? -Los ojos de Isabel se entrecerraron con suspicacia-. ¿O andas con otra?
La expresión de Esteban se endureció como granito. Isabel sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Conocía perfectamente el origen de ese tipo de marcas.
“¿De verdad tiene a alguien más?“. El pensamiento le robó el aire de los pulmones.
Esteban le dio un golpecito juguetón en la frente.
-¿De dónde sacas esas ideas? No digas tonterías.
-¿Me equivoco? -La voz de Isabel tembló ligeramente.
Capitulo 239
Apenas terminó de formular la pregunta, ya se estaba arrepintiendo.
-Mejor vámonos a cenar.
Sin esperar respuesta, Isabel jaló a Esteban del brazo hacia la puerta. La verdad era que no quería escuchar su respuesta.
Esteban observó el cabello de Isabel, notando cómo sus hombros se habían tensado. En ese momento, ella sintió que algo se le atoraba en la garganta, y las lágrimas comenzaron a brotar sin control.
Con un suspiro de resignación, Esteban le levantó el rostro con delicadeza. Sus dedos atraparon las lágrimas justo cuando empezaban a caer.
Al encontrarse con aquellos ojos llenos de agua, sintió una punzada en su interior.
-¿Ahora por qué lloras, pequeña?
-¡Por nada! -protestó Isabel.
Las palabras salieron entrecortadas, traicionadas por su voz nasal. No se atrevía a confesar lo
que realmente sentía, aunque el nudo en su garganta amenazaba con ahogarla.