Capítulo 24
Isabel se reclinó en el elegante sillón de la joyería más exclusiva de Puerto San Rafael. Las bolsas de diseñador que la rodeaban eran como un ejército de trofeos, cada una con un logotipo más prestigioso que el anterior. El vendedor, un hombre de mediana edad, no pudo evitar que sus ojos brillaran al ver semejante despliegue de poder adquisitivo.
-Señorita Allende–se inclinó con una sonrisa casi servil-, este es uno de nuestros modelos más exclusivos. Solo existe uno en toda la ciudad. ¿Le gustaría probárselo?
Isabel hizo un gesto despreocupado con la mano.
-No es necesario. Envuélvalo.
-Por supuesto. ¿Y qué le parece esta otra pieza?
-Mejor llévese ese, aquel, ese otro y… sí, también ese del final.
Su dedo señalaba sin dudar las piezas más costosas de la vitrina. El vendedor apenas podía contener su emoción, su sonrisa cada vez más amplia.
-Como usted diga. ¿Hay algo más que le interese? Con gusto se lo preparo todo.
En solo dos horas, la suma de sus compras alcanzó los veinte millones. Joyas y productos de belleza de las marcas más exclusivas se acumulaban a su alrededor hasta que, finalmente, la tarjeta dejó de responder.
Su teléfono vibró. Un número desconocido, pero ella sabía perfectamente quién era.
-¿De compras? -la voz de Sebastián sonaba tensa.
-Así es. ¿Ya cancelaste la tarjeta?
Los dientes de Sebastián rechinaron audiblemente.
-¿Tienes una idea de cuánto has gastado?
Isabel se miró las uñas con fingida indiferencia.
-La verdad es que ni fue tanto. ¿Cuánto fue?
La indignación de Sebastián era casi palpable a través del teléfono. “¿Ni fue tanto?“, pensó él. “Veinte millones en dos horas y dice que ni fue tanto. Si esto es ‘poco‘ para ella, ¿qué consideraría mucho? ¿Mil millones?”
-No me digas que lo que me diste no era sincero–el tono de Isabel era pura miel envenenada. -¿Sincero? -la palabra salió como un ladrido.
-¿Pues qué más? Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, pensé que por fin te había llegado el remordimiento.
Sebastián sintió que le iba a dar algo.
03:33
Capitulo 24
-¿Compensación para alguien como tú? -su voz temblaba de rabia-. Lo único que quiero es que reconsideres lo de la boda.
-¡Ni lo sueñes! Eso jamás va a pasar.
-¿Nunca? ¿Y aun así te atreves a gastar mi dinero así?
-Fui tu prometida por dos años y esta es la primera vez que gasto tu dinero -su voz destilaba sarcasmo-. ¿No me merezco aunque sea un pequeño gusto?
Isabel nunca había sido una santa. Dos años de relación merecían al menos esto, ¿no? Ella nunca lo habría pedido, pero si él lo ofrecía… bueno, sería una pena desperdiciar la oportunidad.
El silencio de Sebastián era ensordecedor.
-Entonces, ¿podrías volver a activar la tarjeta? -preguntó con dulzura.
-¿Lo haces a propósito?
Una risa cristalina escapó de sus labios.
-¿Cómo crees? Es solo que como nunca me has dado nada, ahora no me puedo contener.
-Como si alguna vez hubieras sido modesta -el desprecio goteaba de cada palabra.
-Ya tienes tu compensación. Ahora piénsale bien a lo nuestro… y a lo de Andrea.
La llamada se cortó abruptamente. Sebastián estaba seguro de que después de probar ese nivel de lujo, ella cedería para recuperar la tarjeta.
Isabel entró a su empresa como una reina, seguida por una procesión de carritos repletos de compras. Los ojos de Marina casi se salen de sus órbitas.
-¡Jefa! ¿Se sacó la lotería o qué?
Isabel colocó un carrito lleno de productos de belleza frente a su asistente.
-Prestaciones para todos. Esto es para el equipo.
La boca de Marina formó una ‘O‘ perfecta. Cada set de aquellos productos costaba más de diez mil pesos.
-Pero… pero…
-Uno para cada uno.
Los empleados presentes intercambiaron miradas de asombro. ¿Qué clase de estudio de diseño daba ese tipo de prestaciones?
-¡Gracias, jefa! -el grito de Marina resonó en la oficina, aunque no pudo evitar una punzada de preocupación por el gasto.
09.22
Capítulo 24
Había más de veinte personas en el estudio, pero el rostro de Isabel no mostraba ni un atisbo de remordimiento.
Apenas había regresado a su oficina cuando su celular sonó. Una llamada internacional. No había identificador, pero ese número… Las pupilas de Isabel se dilataron al reconocerlo.
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