Capítulo 246
La luz tenue de la tarde se filtraba por las ventanas de la oficina mientras Sebastián sostenía el teléfono contra su oreja. Su mandíbula tensa y el constante golpeteo de sus dedos contra el escritorio revelaban su creciente impaciencia.
-¿Presionaste al hospital? -Su voz contenía apenas la furia que le burbujeaba por dentro.
Del otro lado de la línea, Daniela dejó escapar un resoplido de incredulidad.
-¿Te volviste loco o qué?
-¡Madre!
-Con todas las enfermedades que tiene esa mujer, ¿cuánto más puede vivir? ¿Para qué me molestaría en hacerle algo? -El veneno en la voz de Daniela era palpable.
Después de soltar aquella diatriba, Daniela colgó con tal fuerza que el golpe resonó en el oído de Sebastián. Él se quedó mirando el teléfono por un momento, el ceño profundamente fruncido mientras procesaba la conversación.
-No pudo haber sido ella -murmuró, más para sí mismo que para Carmen.
Carmen, que había estado observando toda la escena desde su asiento, se inclinó hacia adelante. La preocupación marcaba profundas líneas en su rostro.
-¿Entonces quién más?
Sus ojos se abrieron de golpe cuando la respuesta la golpeó como un rayo. Su rostro perdió
todo color.
-Tiene que ser Isabel -susurró con voz temblorosa-. ¿Quién más podría ser? Si fue capaz de atacar al Grupo Galindo…
Al escuchar el nombre de Isabel, el rostro de Sebastián se endureció como granito. Un músculo palpító en su mandíbula.
-Sebas, por favor -La voz de Carmen se quebró por la desesperación-. Tienes que salvar a Iris. ¿Hasta dónde piensa llegar Isabel? ¿No fue suficiente con lo que le hizo al Grupo? ¿De verdad quiere ver muerta a Iris?
Sebastián apretó los puños sobre el escritorio.
-Yo me encargaré de esto.
Carmen se hundió en su asiento, el peso de la conclusión aplastándola. Durante años había visto a Isabel como una simple chica de campo, sin educación ni refinamiento. Ahora esal misma “inútil” los tenía contra las cuerdas. El pensamiento la hizo palidecer aún más.
-Vuelve a casa -ordenó Sebastián.
-El hospital quiere dar de alta a Iris mañana por la mañana -Las palabras salieron
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entrecortadas de los labios temblorosos de Carmen-. Sebas, ella quiere que Iris muera.
-Lo sé.
Después de varios minutos, logró convencer a Carmen de marcharse. En cuanto la puerta se
cerró tras ella, Sebastián tomó su teléfono.
-¿Dónde viven Isabel y el señor Allende? -preguntó sin preámbulos.
-En una casa de madera en la ladera de la montaña -respondió José Alejandro.
“Digno del heredero de los Blanchet“, pensó Sebastián con amargura. “Siempre lo mejor, sin importar dónde“. La idea de Isabel creciendo en el seno de esa familia le revolvió el estómago. Mejor no mencionarle ese detalle a Carmen por ahora.
Se puso de pie y tomó su abrigo.
-Vamos.
José Alejandro lo miró con alarma.
—¿A dónde vamos? —”No irá a buscar a Isabel a esta hora, ¿verdad? Con el señor Allende ahí…
eso sería suicidio“.
Isabel dormitaba en su habitación, el alcohol de la tarde todavía nublando sus sentidos.
Esteban había salido después de recibir una llamada, y ella se había vuelto a hundir en un sueño profundo. Entre la bruma del sopor, creyó escuchar que alguien la llamaba desde afuera, pero estaba demasiado agotada para responder.
Mientras tanto, en el exterior de la casa, Sebastián y José Alejandro permanecían de pie en la
oscuridad.
-Señor, ¿no le parece que esto podría enfurecer al señor Allende? -susurró José Alejandro,
nervioso.
-¿Y qué sugieres que hagamos? -espetó Sebastián. ¿Tienes una mejor idea?
Si Isabel estaba detrás de lo ocurrido en el hospital, y era imposible contactarla por teléfono, no quedaban muchas opciones.
-ilsabel! -El grito de Sebastián rompió el silencio de la noche.
José Alejandro guardó silencio, con el presentimiento de que esta podría ser su última noche
con vida.
Después de tres minutos gritando sin obtener respuesta, la frustración de Sebastián alcanzó su punto máximo. Justo cuando se preparaba para gritar de nuevo, el rugido de un motor cortó el aire. Los faros de un automóvil iluminaron la escena como reflectores en un escenario.
Lorenzo bajó del vehículo y abrió la puerta trasera con una reverencia. La figura imponente de Esteban emergió de las sombras, seguido por Carlos. El aire pareció congelarse a su alrededor.
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Capítulo 246
Los ojos de Esteban, ya naturalmente impasibles, adquirieron un brillo mortífero al posarse
sobre Sebastián.
-¿Qué haces aquí? -Su voz destilaba hostilidad.
Sebastián permaneció inmóvil, estudiando a Esteban con intensidad. Su mirada se detuvo en las gotas de sangre que manchaban la bufanda de Esteban. En ese momento, su respiración se cortó como si una mano invisible le apretara la garganta.
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