Capítulo 254
El golpeteo en la puerta hizo que el corazón de Isabel diera un vuelco.
-¿Quién? -Su voz tembló ligeramente mientras apretaba la bufanda contra su pecho.
La respuesta llegó con esa voz grave y familiar que conocía tan bien.
-Soy yo.
El corazón de Isabel, que apenas comenzaba a recuperar su ritmo normal, volvió a acelerarse. Sus dedos se crisparon alrededor de la tela de la bufanda.
-¿Qué… qué pasa? -logró articular, tratando de mantener la calma.
Esteban se aclaró la garganta al otro lado de la puerta.
-Se descompuso la regadera de mi cuarto. Vine a bañarme.
Isabel se quedó paralizada, mirando la bufanda manchada entre sus manos temblorosas. El pánico se apoderó de ella.
-¡Espérate! Dame un segundo -exclamó mientras cojeaba de vuelta al baño, ignorando las punzadas de dolor en sus piernas.
Con movimientos frenéticos, escondió la bufanda y se aseguró de que no quedara ninguna evidencia a la vista. Solo entonces se atrevió a abrir la puerta.
La mirada penetrante de Esteban se detuvo en la bufanda que aún llevaba al cuello. Un destello de curiosidad cruzó por sus ojos oscuros.
-¿No que ya te ibas a dormir? ¿Por qué sigues con la bufanda puesta?
Isabel contuvo la respiración. “¿Es que no vamos a superar el tema de la bufanda esta noche?“, pensó con desesperación. La marca en su cuello era tan notoria que necesitaría esconderla por
al menos una semana.
Al ver que ella no respondía, Esteban dio un paso adelante, extendiendo la mano hacia la prenda, Isabel, ágil como siempre a pesar de su pequeña estatura, retrocedió de un salto.
Esteban arqueó una ceja, estudiándola con intensidad.
-¿Mmm?
-Es que tengo frío -murmuró ella, aferrándose a la única excusa que su mente aterrada podía
procesar.
-¿Con que frío, eh? -El tono de Esteban cambió sutilmente, una sonrisa enigmática jugando en sus labios. ¿Segura que no estás lastimada?
El aire se congeló en los pulmones de Isabel.
“¿Qué tanto recuerda?“, el pensamiento la golpeó como un rayo, Su cerebro parecía haberse
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desconectado por completo.
-¿Eh? No, para nada -balbuceó, aunque una duda inquietante comenzaba a crecer en su
interior.
“No, imposible“, se recordó a sí misma. “Siempre que toma, no recuerda nada al día siguiente. Y anoche, con el alcohol y las medicinas…”
-¿Segura que no? -insistió él, su voz teñida de algo que Isabel no se atrevía a interpretar.
-No, no… mejor me voy a dormir. Tú báñate tranquilo.
No podía seguir esta conversación. Si lo hacía, sentía que su corazón estallaría en mil pedazos. Isabel prácticamente huyó hacia la cama, enterrándose bajo las cobijas. La risa suave de Esteban llegó hasta sus oídos.
-No es bueno dormir así de tapada. Te puede hacer daño.
El sonido de sus pasos se alejó hacia el baño. Solo cuando escuchó el agua corriendo, Isabel se atrevió a asomar la cabeza.
“¿Voy a tener que usar bufanda toda la semana?“, se preguntó con angustia. “¿Cuánto tiempo podré soportar que Esteban me pregunte por ella todos los días?”
Una vez ya había sido suficiente para ponerla al borde del colapso nervioso. Y luego estaba Mathieu… Isabel reconocía que era un excelente médico, pero su capacidad para leer situaciones sociales dejaba mucho que desear. Entre más evidente era que no querías hablar de algo, más insistía en el tema.
Al recordar la marca violácea que había visto en el espejo, un gemido escapó de sus labios.
“¿Qué voy a hacer?“, pensó desesperada. “¿Le digo a Esteban que quiero regresar antes a Francia? ¿Que extraño a mamá y a Vane?”
No, imposible. Si volvía y su madre preguntaba… ¿qué le diría? No podía confesar que se había acostado con su propio hermano, aunque fuera adoptivo. ¿La echarían de la casa?
El dolor de cabeza amenazaba con partirle el cráneo en dos.
El chirrido de la puerta del baño la sacó de sus cavilaciones.
-Isa… ¿qué es esto?
-¿Eh?
Confundida, Isabel se asomó por debajo de las cobijas. Su mundo se detuvo cuando vio lo que Esteban sostenía entre sus manos: la bufanda manchada que ella había escondido.
Su mente se quedó en blanco.
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